Nº 656 - 4 de julio de 2005

 

Adelantar acontecimientos

A estas alturas, cualquier lector de periódicos, escuchante de radio o contemplador de televisión sabe que en la prensa española de hoy (en el sentido que le doy aquí, la palabra prensa abarca al conjunto de los medios de comunicación) la opinión se ha comido ya buena parte de la información, hasta tal punto que, a menudo, se dedican a publicar más las opiniones sobre los hechos que a desmenuzar y hacer llegar esos hechos al público. Tales prácticas a lo que, de verdad, conducen es a la confusión. Por otra parte, la prensa parece, a menudo, mucho más preocupada por "adelantar acontecimientos", más interesada en decirnos lo que va a ocurrir mañana que en contarnos, fiel y claramente, lo que ya ha sucedido.

Este adelanto de acontecimientos alcanza su expresión más patológica en la publicación de encuestas electorales, incluidas aquellas que se hacen a pie de urna el mismo día de los comicios. Estas sedicentes predicciones, influyan o no en los resultados finales, se equivocan con una contumacia apabullante. La última vez, por ahora, ha tenido lugar con ocasión de las elecciones gallegas. Lo más curioso del caso es que, salvo excepciones, todas estas encuestas se equivocan en la misma dirección y casi en la misma cuantía. ¿Por qué? Por una razón muy sencilla: porque antes de hacer públicos los resultados de sus sondeos, estos institutos se consultan entre ellos y prefieren equivocarse todos juntos a errar cada uno por su lado.

Ya se sabe, mal de muchos, epidemia.

Después de cada uno de los patinazos, como este gallego, los institutos demoscópicos entran, como los osos, en estado de hibernación y se pasan una temporada instalados en el "no sabe, no contesta". Pero pronto renacen, cual ave fénix, y siguen en lo suyo como si tal cosa... y aquí, primero paz y después gloria.

Por otro lado, estas empresas viven, en su mayoría, como las lapas, pegadas a la roca de algún medio de comunicación, habiéndose convertido, de facto, en un apéndice del mismo. No es de extrañar, por lo tanto, que los resultados de las encuestas arrimen el ascua a la sardina ideológico-política del medio al que sirven. El resultado es el mangoneo y con él la indefensión del usuario, que jamás puede reclamar acerca del engaño, si éste se produce. Es un juego, pero es un juego trucado.

las encuestas telefónicas -y éstas lo son- salen, desde luego, más baratas, pero añaden inconvenientes al proceso de recogida de la información. Para empezar, no todo el! mundo tiene un teléfono fijo en su casa y no existe, que yo sepa, un listín de teléfonos móviles. Por otro lado, rehusar contestar le resulta más fácil a la persona seleccionada que si tuviera que verse las caras con un entrevistador.

Además, ya se sabe que buena parte de los españoles se atiene a la vieja conseja según la cual "al que quiere saber, poco y al revés". En estas condiciones, si se solicita a un ciudadano que desvele el secreto de su voto, la tentación de engañar se acrecienta. Esto lo saben bien quienes se dedican a este negocio, por eso no publican casi nunca los datos directamente obtenidos, sino que éstos se cocinan mediante criterios opináticos, normalmente basados en el recuerdo de voto. ¿A quién votó usted en las anteriores elecciones?, suele ser la pregunta. Corno se conoce el resultado de las elecciones anteriores, se sabe en cuánto están engañando los encuestados al contestar esa pregunta, y el analista (llamémosle así) pretende, a partir de ahí, "sacar, de mentira, verdad", pero no dice nunca cómo lo hace, con lo cual se le hurtan al usuario las tripas del manejo.

A estas alturas del relato ya se habrá entendido hasta qué punto estamos ante un asunto tan dudoso como espeso.

Se atribuye a Tomás de Aquino la siguiente afirmación: "Contra hechos no caben argumentos". Pero la prensa nunca se ha sentido aludida por esta sentencia, tan sensata, del Aquinate. Y ya que estamos en presencia de un teólogo que pretendió demostrar la existencia de Dios con la sola ayuda de la lógica aristotélica, veamos qué les parece a ustedes una encuesta con la siguiente pregunta: ¿Cree usted que Dios existe o que no existe? Las respuestas tendrían, sin duda, un interés sociológico, pero nada nos dirían acerca de la existencia o la no existencia de Dios. En cualquier caso, es fácil imaginar el titular periodístico, a toda plana, a que darían lugar los resultados de esta hipotética encuesta: "Dios existe".

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