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| Nº 654 - 20 de junio de 2005 |
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'Garganta profunda' El sr. Mark Felt, que entonces era el número dos del FBI, acaba de confesar ahoEra que fue él la Garganta Profunda que desató el escándalo Watergate. Lo ha hecho a impulso de sus hijos para sacar un dinero con esta exclusiva periodística que, de haber callado, se la hubieran llevado Woodward y Bernstein, una vez fallecido el señor Felt, que tiene ya más de noventa años. Pues bien, en 1995, Pilar Gómez de Enterría y yo publicamos un libro en la editorial Península (Cartas abiertas a un lector de periódicos acorralado por la información) y en él puede leerse lo siguiente: «Como toda religión o movimiento patriótico, el nuevo periodismo del escándalo, que ellos llaman 'de investigación" -altar donde se inmola a los malvados de este mundo en honor de la siempre insaciable diosa de la transparencia-, había de tener sus héroes y su mito. Puesto que el mito no podía ser otro que el débil David venciendo al todopoderoso Goliat, los héroes habían de aparentar ser poca cosa: dos jóvenes periodistas tan inexpertos como insobornables. Pero las piedras que alimentaban la honda de David encerraban, tras su débil aspecto, muchos megatones. Oppenheimer y su equipo necesitaron mucha ciencia y mucho dinero para conseguir meter la capacidad explosiva del primer ingenio atómico en una, en apariencia, casi inocente bomba convencional. El Washington Post también. El Watergate no sólo llevó a la fama a los dos jóvenes periodistas (Woodward y Bernstein) que lo instruyeron y al Washington Post que lo lideró, sino que se convirtió en el paradigma de un nuevo periodismo, donde el milagro del éxito podía producirse sin esperar a que funcionara el escalafón. Napoleón decía que en cada mochila de un soldado francés hay un bastón de mariscal. Dell mismo modo, un Watergate puede aparecer cualquier mañana sobre no importa qué mesa de redacción. Basta con ser osado y agresivo, es decir, un buen profesional. No soy quien para echar por tierra la calidad de los 277 artículos que escribió la famosa pareja desde el 17 de junio de 1972 hasta el 7 de agosto de 1974, día en que, por fin, el Post pudo titular en primera página: "Nixon dirnite", pero una ración de desmitificación nunca viene mal. Para empezar, los dos periodistas no descubrieron nada por sí mismos, sino que contaban con un informante de alto nivel, el famoso Garganta Profunda (GP). Woodward y Bernstein demostraron, sin duda, gran habilidad para montar el puzzle, un rompecabezas complicado, pero sus exégetas pretenden hacernos creer que se trataba de dos grandes jugadores de ajedrez. Dos genios. No era el caso. Ni Capablanca ni Fisher tampoco eran Kasparov, se trataba de buenos constructores, pero el diseño del mecano les venía dado por el FBI. En efecto, puede suponerse sin demasiado riesgo de equivocación que GP era un alto funcionario del FBI. Mes y medio antes de estallar el escándalo murió Edgar Hoover, que había sido director de] FBI durante cuarenta a in os. E, aparato del FBI próximo a Hoover creyó que Nixon elegiría al sucesor entre ellos, pero se equivocaron. Nombró a Patrick Gray, que nunca había trabajado en el FBI. Ésa fue la cerilla que encendió la hoguera donde se había de abrasar Nixon, ayudado en su camino hacia la pira por sus incontables torpezas, marrullerías y mentiras. Así que en el origen del Watergate había un nombramiento y una conspiración. ¿Cómo no sentirse tentado por el paralelismo o la coincidencia entre aquél y otros escándalos más cercanos en el espacio y en el tiempo? Fuera cual fuera el resultado, GP era un traidor y un delincuente. El hecho parece ilustrar el muy citado principio de que la democracia avanza a impulso de los depravados, pero ni un ejemplo, ni mil, son capaces de sostener una teoría. Tengo para mí que quienes con tanto énfasis defienden y exhiben la teoría según la cual la democracia se construye a golpe de canalladas, lo hacen pro domo sua. En todo caso, es una teoría intranquilizadora que en el límite llevaría a una conclusión decepcionante. La democracia más avanzada sería aquella que se hubiera encontrado en su camino un mayor número de sinvergüenzas». Hasta aquí lo escrito entonces, pero no trato, al reproducirlo ahora, de ponerme una medalla o repetir aquello de "ya lo dije yo", sino que lo hago como recordatorio de que milagros sólo se producen con cuentagotas y en Lourdes. Vamos, que no es oro todo lo que reluce. Eso del periodismo de investigación sí es periodismo, pero de investigación, Poco o nada. ¿Alguien puede creerse, por ejemplo, que a Roldán le descubrieron el pastel algunos avispados periodistas? Al público le interesa el descubrimiento de un escándalo, pero también el revés de la trama. Vale decir: conocer quiénes son los chivatos, sus delitos y sus oscuros intereses. Un verdadero escándalo, capaz no sólo de influir, sino de variar el recorrido de la historia a favor de sonadas dimisiones, procesamientos u otras desmesuras, exige la confluencia de varios agentes y, al menos, uno de ellos ha de ser la prensa. Sin embargo, ésta no es capaz ella sola de llevar adelante con éxito el intento, necesita de poderosos apoyos externos. El objeto del escándalo no es vender más periódicos o tener más audiencia, éstos son objetivos secundarios; el fin principal es la eliminación política de una persona o de un grupo de personas. Cuanto más fuerte o protegida sea la posición del objetivo, mayores han de ser los apoyos externos que precisa la prensa y más contundentes las denuncias. El mejor alimento para un buen escándalo es la traición. Quien traiciona conoce bien al traicionado y puede aportar datos y detalles imposibles de conseguir de otra manera. Una segunda ingesta, casi tan buena como la anterior en esta dieta del escándalo, es un servicio de información. Si tal servicio es privado sus informaciones son obtenidas mediante la comisión de un delito, pero si el servicio es público, el delito es aún mayor. Los estrategas del escándalo se encuentran, sin embargo, ante una dificultad no despreciable: administrar una información que es producto de uno o varios delitos sin que ocurran dos cosas: a) que los propios periodistas se vean involucrados en la comisión de esos delitos, lo que les podría llevar a la cárcel; y b) que la fuente no se seque al verse denunciada por sus actividades delictivas. El bálsamo que alivia cualquier temor de que ocurra alguno de estos dos males se llama "secreto profesional", es decir, el derecho a no declarar las fuentes de las que se nutre la información. ¿Aun a sabiendas de que se han cometido delitos graves y aun a riesgo de que se sigan cometiendo? ¿No es el periodista un encubridor? Los tratadistas no se ponen de acuerdo sobre las respuestas correctas a estas inocentes preguntas, pero en la práctica, aquí y hasta ahora, ese buriadero del secreto profesional (ya se ve, la transparencia esconde en su génesis la defensa del secreto) ha sido más que suficiente. 0, dicho de otra forma, los periodistas del escándalo exigen transparencia al mundo mundial, pero ellos no toman ni una píldora de esa medicina. ¿Por qué Nixon, que se presentaba a la reelección, tenía tanto interés en saber lo que se cocía en el cuartel general que los demócratas tenían montado dentro del edificio Watergate en Washington? Nadie lo ha aclarado, pero la hipótesis más razonable y más manejada no deja de ser inquietante: en 1960 Kennedy le ganó a Nixon la Presidencia por un puñado de votos y, según muchos analistas objetivos, con trampas (como lo de Bush en Florida en el año 2000). Según este supuesto, lo único que pretendería Nixon era que los demócratas no le repitieran la jugada doce años después. |