Nº 650 - 23 de mayo de 2005

 

Impostores

En los días anteriores a éste en el que escribo, han aparecido dos noticias acerca de imposturas sonadas y he concluido la lectura de una novela, Vieja escuela, de Tobías Wolf (Alfaguara), que también gira en torno a otra impostura, que recibe el nombre de plagio.

la primera noticia se refiere a Enrique Marco, presidente dimisionario de la Amical de Mauthausen y he recordado, al leerla, cuando el año pasado se realizó en el Congreso de los Diputados un emocionante acto de recuerdo y desagravio a los muertos y a los maltratados en los campos de exterminio nazis. Marco habló allí y su discurso me pareció impecable. Es más, nos emocionó a todos, aunque su voz no tembló ni un momento Muchos disimulamos nuestras lágrimas, pero "Marco nunca lloraba", ha recordado ahora Pilar Molins, una histórica de la Amical de Mauthausen.

Esta impostura de Marco, desde luego, se las trae y el daño que ha hecho a la memoria de los que sí vivieron y murieron deportados no es pequeño, pero, más allá de las mentiras, uno se pregunta cómo es posible vivir con esa carga, aunque, como ha escrito a este propósito Vargas Llosa, "todo esto lleva a reflexionar sobre lo delgada que es la frontera entre la ficción y la vida y los préstamos e intercambios que llevan a cabo desde tiempos inmemoriales la literatura y la historia. Enrique Marco tiene los pies firmemente asentados en ambas disciplinas y será muy difícil que alguien consiga separar lo que en su biografía corresponde a cada uno de esos árn_

bitos. Como en las mejores novelas, él se las arregló para fundirlos en su propia vida de manera inextricable. Él mismo es una ficción, pero no de papel, sino de carne y hueso".

En cualquier caso, insisto, vivir en clandestinidad con uno mismo y con los más próximos (su mujer y sus hijos) es arruinar la vida propia. Cosa distinta es morir, aceptar y representar la impostura hasta el final. Una, ya vieja, película de Roberto Rosellini, El general Della Rovere, lo relataba con maestría.

Un pequeño delincuente de guante blanco (interpretado Vittorio de Sica) es detenido por los nazis durante la ocupación de Italia y él se deja cooptar para ser encerrado en las celdas de los condenados a muerte, a fin de, en esos momentos decisivos, cuando las defensas se aflojan, obtener información y dársela a los alemanes. El falso Della Rovere (el nombre era el de un militar que existió realmente) charla con los condenados a muerte y éstos confían en él, pero en la madrugada siguiente se deja matar junto a sus compañeros de calabozo, dándoles ánimos y gritando ante el pelotón de fusilamiento: "¡Viva Italia!". El impostor se subió al escenario para representar su noble papel y es por no traicionarlo por lo que se niega a bajar de allí y continúa la representación hasta la muerte.

Hasta qué punto el falso general Della Rovere y Enrique Marco eran ellos mismos o eran sus personajes no es fácil saberlo. En cualquier caso, Marco, descubierto por el historiador Benito Bermejo, no tardó ni un minuto en reconocer sus mentiras "por una buena causa", dijo. Lo cual hace más trágica su vida, al mostrar que había vivido en la mentira pero sin creérsela.

Yo creo que todos tenemos algo de histriones, de mentirosos o de impostores, lo que ocurre es que la maoría también tenemos límites morales, o quizá es la vergüenza de ser descubiertos los que nos frena. Ese no fue el caso del protagonista de la novela de Tobías Wolf (libro excelente, por cierto), quien copia el relato que una chica había publicado cinco años antes, lo presenta a un concurso colegial y lo gana. El premio consistía en una entrevista privada con Ernest Hemingway. Descubierto, el muchacho es expulsado del centro. Pero la anunciada llegada del autor de Adiós a las armas al colegio no provoca sólo la expulsión del protagonista (la novela, aparentemente, es autobiográfica), también lleva a la dimisión del decano y no a causa del plagio del alumno. Resulta que el decano había participado -al igual que Hemingway- como camillero en Italia durante la I Guerra Mundial y cuando le preguntaron si allí había conocido al escritor, sin decirlo abiertamente, había dejado entrever que sí, que había conocido a Hemingway. Es la anunciada visita de Hemingway, el temor a quedar en evidencia, lo que le fuerza a huir de allí. Luego, Hemingway, aquejado ya de los males físicos y psicológicos que le llevarían al suicidio, no aparece.
alemanes. El falso Della Rovere (el nombre era el de un militar que existió realmente) charla con los condenados a muerte y éstos confían en él, pero en la madrugada siguiente se deja matar junto a sus compañeros de calabozo, dándoles ánimos y gritando ante el pelotón de fusilamiento: "¡Viva Italia!". El impostor se subió al escenario para representar su noble papel y es por no traicionarlo por lo que se niega a bajar de allí y continúa la representación hasta la muerte.

Hasta qué punto el falso general Della Rovere y Enrique Marco eran ellos mismos o eran sus personajes no es fácil saberlo. En cualquier caso, Marco, descubierto por el historiador Benito Bermejo, no tardó ni un minuto en reconocer sus mentiras "por una buena causa", dijo. Lo cual hace más trágica su vida, al mostrar que había vivido en la mentira pero sin creérsela.

Yo creo que todos tenemos algo de histriones, de mentirosos o de impostores, lo que ocurre es que la maoría también tenemos límites morales, o quizá es la vergüenza de ser descubiertos los que nos frena. Ese no fue el caso del protagonista de la novela de Tobías Wolf (libro excelente, por cierto), quien copia el relato que una chica había publicado cinco años antes, lo presenta a un concurso colegial y lo gana. El premio consistía en una entrevista privada con Ernest Hemingway. Descubierto, el muchacho es expulsado del centro. Pero la anunciada llegada del autor de Adiós a las armas al colegio no provoca sólo la expulsión dell rotagonista (la novela, aparente ente, es autobiográfica), también lleva a la dimisión del decano y no a causa del plagio del alumno. Resulta que el decano había participado -al igual que Hemingway- como camillero en Italia durante la I Guerra Mundial y cuando le preguntaron si allí había conocido al escritor, sin decirlo abiertamente, había dejado entrever que sí, que había conocido a Hemingway. Es la anunciada visita de Hemingway, el temor a quedar en evidencia, lo que le fuerza a huir de allí. Luego, Hemingway, aquejado ya de los males físicos y psicológicos que le llevarían al suicidio, no aparece.

E. último caso que voy a comentar es más vulgar, pero no menos novelesco. Se trata de un hombre llamado Manuel Rozas, nacido en Magallón (Zaragoza) el 6 de septiembre de 1923, que en 1959 se despidió en Barcelona de su familia (esposa y tres hijos) diciendo que salía un momento a la calle para hacer un recado y no volvió a aparecer jamás.

El 15 de julio de 2004, en la calle Alcalde Sáinz de Baranda de Madrid, ---aambulancia recogió a un hombre de unos ochenta años tendido en el suelo y sin conocimiento, lo llevó a un hospital y los médicos comprobaron que su estado era de coma profundo. Dos días más tarde, moría sin que nadie preguntara por él ni reclamara su cadáver, pero, según comprobó la policía, el 16 de julio de 2004, un día después de su desvanecimiento en la calle, una mujer había denunciado la desaparición de un hombre llamado Luis F. R., nacido en Murtas (Granada), con DNI nº 42.601.603. la mujer con quien vivía desde 1969 y su hijastra reconocieron, sin ningún género de dudas, el cadáver del hombre y aportaron su carnet de identidad, certificados de nacimiento, bautismo y penales, amén de cartillas y certificados M Ejército y de la Legión. La Poi icía comprobó que todos los do- umentos estaban parcialmente falsificados, pero con la parte buena de la documentación los investigadores acabaron por encontrar a unos familiares de¡ verdadero Luis F. R., quienes aseguraron que Luis había emigrado a la Argentina en 1961 y allí había fallecido en 1979. Poco antes de emigrar, el verdadero Luis F.R, había sufrido una estafa y, a todas luces, quien lo engañó también había decidido suplantarlo. La policía tenía el cadáver M suplantador, pero ¿quién era en realidad el muerto?

Los investigadores consiguieron, al fin, identificarlo como Manuel Rozas (su esposa y dos de sus tres hijos habían fallecido) y localizar a uno de los descendientes, pero ni la familia primigenia ni la mujer con la que convivia desde 1969 fueron capaces de explicar qué vida había sido la del hombre que un día de 1959 se fue 'a comprar tabaco", para reaparecer, diez años después, convertido en Luis F.R., mientras el verdadero Luis vivía en Argentina, donde diez años después moriría.

Son, éstas, historias bien distintas, pero en toda impostura late el mismo impulso, el de vivir otra vida. Una vida que no le pertenece al impostor. Ha de ser un impulso poderoso, pues el impostor sale de sí mismo para encarnarse en otro, en un fantasma (también en el sentido popular que se suele dar a esa palabra). Es también una huida y el caso de Manuel Rozas lo pone en evidencia-, pero esa huida puede tener por objeto pasar por otro en busca del anonimato (Rozas) o pasar por otro para hacerse publicidad a sí mismo (Marco) o, simplemente, para pasar por otro, tan sólo parcialmente, robándole una obra o un uniforme (Della Rovere).

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