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| Nº 646 - 25 de abril de 2005 |
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Meapilas "Tendríamos que ser más generosos con la muerte y no apurar tanto los amargos y degradantes posos de la vida". Francisco de Quevedo "Porque
la vida, si falta el valor de morir, se convierte en servidumbre".
Desgraciado asunto que viene afectando al hospital Severo Ochoa (Leganés) y Ec'u'yo final -lo veremos- se alargará en el tiempo, tuvo su inicio y causa en una denuncia anónima contra los médicos ocupados de cuidados paliativos en ese hospital. En el procedimiento jurídico y político abierto, choca sobremanera el hecho de que nadie parece interesado en que se investigue la autoría M citado anónimo, cuando -a mi juicio- eso debiera ser un objetivo primordial, si se quiere llegar a conocer la verdad. Y conocer también las caras, los pensamientos y los procedimientos -a todas luces ¡legalesutilizados por los denunciantes. No hace falta ser un Sherlock Holmes para deducir que éstos, los denunciantes, o están en el interior del Hospital o tienen en él informadores privilegiados. Por lo tanto, no parece que una investigación que los descubra sea especialmente ardua. En cualquier caso, tampoco es arriesgado suponer que la denuncia, aunque pueda responder, además, a una vendetta profesional, tomó su impulso en una ideología integrista de carácter religioso. Recuerdo a este propósito la bronca que nos montó, en la Comunidad de Madrid, una parte de la derecha cuando creamos la que fue en España (creo que no me falla la memoria) la primera unidad hospitalaria de cuidados paliativos, dedicada al tratamiento de enfermos terminales, para los cuales los procedimientos curativos son ya inútiles y lo único que la medicina puede hacer por ellos es evitarles el dolor -con frecuencia terrible- que acompaña a la fase final de muchas enfermedades. Estamos, desgraciadamente, lejos de admitir unánimemente que es obligación de los médicos evitarnos el dolor inútil, es decir, el dolor que no conduce a la curación, y esa falta de unanimidad proviene del integrismo religioso. Porque no estamos aquí ante unos casos de eutanasia sino ante la mera sedación, es decir, la reducción del sufrimiento mediante fármacos. Cualquier persona colocada en una situación irreversible que conduce a una muerte segura --¿y quién está libre de ello?elegiría para sí y para los suyos los sedantes y no el dolor. A no ser, claro está, que esa persona piense que el dolor atrae rá sobre sí algún milagro, vale decir, la intervención divina a favor de su salud. Pero no es el 'milagro' lo que esperan los integristas religiosos, sino otra cosa: la redención. Ya Agustín de Hipona, bajo la influencia de Platón, a diferencia de quienes acentúan la dimensión creacionista de la religión (por ejemplo, Tomás de Aquino) defendía el redentorismo ("Hemos venido a este mundo a sufrir' exaltando el sacrificio de Cristo como sentido de la Historia y de la vida de los individuos. Bias Pascal, en una famosa dis cusión con Montaigne, exaltaba, en la línea de San Agustín, el sufrimiento como el sentido mismo de la vida frente a la 'molicie' de Montaigne, para quien el sufrimiento era un sinsentido. Es esta ideología la que está detrás de todos estos movimientos pro-vida que con tanto entusiasmo defendió el ya difunto Papa Juan Pablo II y también alienta el Presidente Bush. Ya se ve que todos estos argumentos conducen a Roma: quien acorta la vida propia o la de otros por compasión atenta contra la comunidad y contra el urden establecido. Mas no nos debemos engañar, en la práctica estas denuncias y estas posiciones encierran una gran hipocresía acerca de la vida del prójimo y de la vida en general. Son los que niegan a la Ciencia la posibilidad de investigar sobre células madre o no quieren el control de la natalidad si no es por los 'métodos naturales' del doctor Ogino. Los que se oponen al uso del condón para atajar el sida. No hay nada nuevo en todo esto: empapelaron a Galileo y persiguieron a Darwin y en ello siguen, en el creacionismo bíblico y contra el evolucionismo. Cada mañana se asoman al balcón para ver cómo el sol, en efecto, se mueve, porque sus rudas testas no acaban de creerse que la tierra dé vueltas. En el fondo de su corazón ven en la ciencia una perversa intervención contra los designios del Altísimo. "Si Dios hubiera querido que el Manzanares fuese navegable, lo habría creado más caudaloso" fue la conclusión de un informe solicitado por la Corona a un grupo de clérigos, cuando Carlos III se planteaba hacer navegable el citado río desde Madrid a Aranjuez. Para ellos, los comportamientos de la naturaleza no son sino la expresión de[ mandato divino y cualquier intervención humana que pretenda domeñarla es, al menos, peligrosa. Estamos ante una derecha 'meapilas' que, por suerte, es minoritaria en esa parte de¡ espectro político, pero cuya capacidad de presión sigue siendo desmesurada, y no sólo en España. Pero lo malo no es que piensen lo que piensan, lo atosigante es que quieren imponer -y a menudo imponen- sus particulares códigos de conducta a toda la sociedad a través del Estado. El hecho de que estos movimientos reaccionarios hayan rebrotado con fuerza durante el pontificado que acaba de finalizar no responde, desde luego, a una casualidad, sino que tiene causa en él. Claro que esta doctrina es una broma, comparada con la del fundamentalismo islamista, que pretende trasladar, al pie de la letra, el Corán a los códigos civil y penal. Pero es una plaga que no se limita al ámbito religioso, pues los totalitarismos de toda laya que emponzoñaron el siglo XX y que, bajo diferentes pelajes, aún sobreviven en el siglo XXI, han respondido a esa misma ideología 'redentora'. Por eso el marxismo-leninismo masacró a millones de víctimas con el objetivo de imponer el paraíso proletario sobre la Tierra y lo mismo, a más pequeña escala, predica y ejecuta Fidel Castro en pro de su Revolución. Todos ellos dejaron, y dejan, a la altura del betún a las religiones antiguas con sus sacrificios humanos. "Es preciso que algunos hombres mueran para que el pueblo sobreviva" (el pueblo, la revolución, la nación, la religión, la raza.... tanto da), pero quienes predican y practican estos sacrificios nunca dan un paso al frente para presentarse voluntarios a la cárcel, a la pira o al pelotón de fusilamiento. El caudillismo latinoamericano, el más rancio nacionalismo y el estalinismo se dieron cita en mala hora en una hermosa isla del Caribe y se encarnaron en un abogado de origen jesuítico llamado Fidel Castro. "Quien escribió que ningún hombre es una isla no conocía a Fidel Castro. Para entender su forma de pensar bastan tres libros: El Príncipe de Maquiavelo, Los ejercicios espirituales de Loyola y El Padrino de Puzzo", eso dijo de él un viejo compañero de Castro, naturalmente, en el exilio. Pues bien, apenas hace cuatro días, un grupo de sedicentes intelectuales se ha dirigido a la opinión pública española para defender al dictador caribeño, acosado, según ellos, por el bloqueo norteamericano (un bloqueo, por otro lado, inexistente). En dicho manifiesto no hay un gramo de piedad para las víctimas de Castro. Ni para los fusilados (como el general Ochoa y el coronel La Guardia, por hablar de los más notables y fidelistas) ni para los prisioneros políticos ni para el hambre y la necesidad que sufren los cubanos que permanecen en la isla. Si, además, uno firma debajo del Premio Nobel José Saramago, miel sobre hojuelas, ya hemos tenido que soportar aquí -¡y de qué modo!- algún premio nobel gallego como para ahora tener que hacerlo con otro importado. Lo peor de este asunto es que en la izquierda sólo se critica a estos 'abajo firmantes' sotto voce, en privado, como si la capa de Bush, con la que pretenden cubrirse, ocultara sus miserias pro-totalitarias. Un demócrata puede y debe criticar a Bush (millones de norteamericanos lo hacen) pero eso no le obliga a postrarse ante ningún becerro totalitario, lleve o no lleve barba. Lo mínimo que cabe esperar de un intelectual es su capacidad crítica... claro que hay precedentes espantosos, como el de Sartre, cuyo centenario se conmemora en estos días. |