Nº 634 - 31 de enero de 2005

 

Maurras en Madrid

En la parte alta de La Castellana y perpendicular a ella existe en Madrid una calle que lleva el nombre de Carlos Maurras. El Pleno del ayuntamiento madrileño bautizo esta vía urbana hace ahora más de cincuenta años, el 21 de octubre de 1953. ¿Quién fue este Carlos, qué méritos había aportado para que la ciudad le honrara dando su nombre a una calle?

En realidad, el patronímico encierra un cierto y, como se vera, sospechoso disfraz. El nombre de esta persona era en realidad Charles. Charles Maurras, fundador de la liga denominacla L'Action Francaise, probablemente, el pensador político de la extrema derecha francesa más destacado del siglo XX. Monárquico, nacionalista furibundo, antidernócrati virulento, antisemita convencido. Su obra y sus periódicos, sobre lodo L'Action Francaise, tuvieron una influencia decisiva en la derecha francesa desde el affaire Dreyfus.

"Entre los lectores de L'Action Francaise -escribía Maurras tras la llegada de los nazis al poder en Alemania- no había uno sólo que no supiera que el enemigo número uno de su país era Alemania... Después de Hitler, ¿qué sabe? Que por delante de Hitler, en otro plano, hay otro enemigo: la República democrática francesa".

En enero de 1939, cuando los nazis ya se habían merendado Austria y Checoslovaquia, Maurras era así de explícito: "Nuestra política nacional esta siendo asaltada en el Palais-Bourbon (sede del Parlamento) por los asalariados de Moscú, por los aliados internacionales de la banda del judío Blum, por todos los ex-franceses disidentes y desertores. Las grandes democracias, apoyadas por la judería, desean llevar al matadero a unos cuantos millones de hombres. Ésa es la verdad". No es de extrañar, pues, que Maurras apoyara a Pétain tras la derrota de 1940.

Aunque las relaciones de Maurras con el Gobierno de Vichy y especialmente con el primer ministro colaboracionista, Pierre Laval, fueron tormentosas, tras la Liberación, el Tribunal de Lyon lo condenó a cadena perpetua el 25 de enero de 1945. Quizá el fiscal, que pedía para él la pena de muerte, había 1eído lo que Maurras escribió en 1909 , a propósito del fusilamiento en Barcelona de Ferrer Guardia tras la Semana Trágica: "«Ferrer representa sólo una opinión», se dice, pero esa opinión ha matado. Una opinión responsable de las muertes en mayor medida que la de los autores materiales «Ferrer es un intelectual», se insiste, pero los hombres de pensamiento no tienen ningún privilegio respecto a cualquier muerte ¿Por qué no han de sufrir las consecuencias de sus actos?"

Enfermo Maurras fue puesto en libertad provisional por recomendación médica en marzo de 1952. En noviembre de ese año murió en Tours. Una de las últimas cartas que escribió iba dirigida a un admirador
suyo, llamado Oliveira Salazar.

Apenas un año después de su fallecimiento el Ayuntamiento de Madrid le dedicaba una calle recién
construida en un barrio que, poco después, iba a ser conocido como "Corea" a causa de la cantidad de norteamericanos que en él fueron a instalarse, (los primeros acuerdos hispano-norteamerica nos se alcanzaron precisamente en ese, año de 1953).

Maurras era más reaccionario que don Marcelino Menéndez y Pelayo y, desde luego más agresivo, argumento que podría explicar la decisión del ayuntamiento franquista de Madrid. Sin embargo, (los hechos desaconsejaban tal honor: 1) Maurras fue condenado por la Iglesia en 1920, y su publicación (L'Action Francaise) incluida en el índice de Lecturas Prohibidas; 2) Las autoridades francesas salidas de la Resistencia le habían juzgado y condenado por colaboracionista.

Lo primero podía ser obviado, pero lo segundo, no. Una decisión tal podía provocar una protesta formal de la IV República francesa ante el Gobierno de Franco. Un Gobierno, el de Frarim cuya actitud, tras la Li
beración de Francia, no había sido precisamente gallarda. En efecto, Pierre Laval, el primer ministro de Pétain, tras huir a Sigmaringen con las tropas alemanas en retirada, se había refugiado en España. El nuevo gobierno francés, con De Gaulle a la cabeza, reclamo la extraclición. Franco no resistió; colocó a Laval en un avión que lo llevó hasta Viena y allí lo entregó. Laval fue juzgado y condenado a muerte. Días antes de la ejecución, el condenado se enveneno, pero, casi moribundo, fue atado a una silla y fusilado.

¿Qué ganas podía tener el Gobierno de Franco de reabrir un posible contencioso con Francia a cuenta de Maurras? ¿Quién propuso el nombre? ¿Pensaron que traduciéndolo (Carlos por Charles) pasaría desapercibido?

Ahora, tantos años después, quizá es llegado el momento de, equilibrar el callejero madrileño en lo tocante a próceres franceses y, puesto que se trataría de rescatar alguno de la otra orilla -con más precisión: de la orilla de la democracia"-, puede escogerse entre un amplio plantel, pero si se desea algún nornbre relacionado con España, dos acuden inmediatamente a la memoria. Uno es André Malraux. "Mi francés preferido era André Malraux verdadero idealista y hombre de gran coraje..." escribió Herbest Mathews en el New York Times. El otro es Albert Camus.

En 1882 nació en Bikadem (Argelia) Catherine Sintés Cardona, hija y nieta de menorquines emigrados al Sahel. Pobre hasta la miseria, cuando su padre murió en 1907, su madre se trasladó con sus hijos -entre ellos Catherine- a Belcourt, un barrio de Argel. Allí se caso Catherine con Lucien Auguste Camus, un obrero salido de un orfelinato. El 7 de noviembre de 1913 Catherine dio a luz en una granja a ocho kilómetros de Mondori, cerca de la frontera con Túnez, a su segundo hijo, al que pusieron de nombre Albert.

Albert Camus, obvio es decirlo, fue un "hombre hecho a sí mismo" y se hizo muy bien. Resistente contra los ocupantes nazis, fundó el periódico Combat y se sintió escritor desde muy joven. Sus novelas (La peste, El extranjero... ) y sus obras dramáticas (Calígula, Los justos ... ) le valieron el Premio Nobel, pero, sobre todo, Cirnus fue un pensador comprometido con su tiempo. Un demócrata radical y un ejemplo moral. Quizá por eso sufrió el acoso de tirios y troyanos, de la derecha francesa y del PCF. También de sus pares, especialmente de Jean Paul Sartre, que siempre fue un revolucionario de salón.

Tras su trágica muerte, cuanto rnás avanza el tiempo más se agrancla su figura literaria y civil, rnientras que la de quienes lo combatieron se achica como si los años fueran jíbaros dedicados a reducir aquellas cabezas de chorlito.

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