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| Nº 626 - 28 de noviembre de 2004 |
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Sherlock Holmes en Carabanchel El modelo social europeo, lambién conocido con el nombre optimista de EstaEdo del bienestar, se basaba en un Eslado económicamente fuerte, capaz de sostener nuevos derechos como los de la educación y la sanidad universales, las pensiones y el subsidio de paro, aparte de subvenir a Iodos aquellos descolgados del sistema general. Un Estado fuerte exige, claro está, una participación pública elevada respecto al PIB de cada año, lo cual implica altos impuestos. Aunque nadie lo haya explicitado, la verdadera madre del cordero ha sido siempre esa nueva concepción política que elevó a la categoría de derechos individuales el acceso a los servicios básicos antes citados, pero el ataque que los conservadores europeos vienen librando (con éxito) contra el modelo europeo nunca ha sido ni será frontal (contra los derechos), sino por los flancos: sostenibilidad (por ejemplo, de las pensiones) e impuestos. Por seguir con el ejemplo, las pensiones, entendidas como el derecho a no perder estatus económico una vez jubilados, se consideran insostenibles en el sistema actual de reparto (se paga a los pensionistas con el dinero clucaportan los ocupados), porque el envejecimiento de la población y la mayor supervivencia hacen, y lo harán más visibie en el futuro, que el número de pensionistas por cada cien cotizantes sea ya allo. La solución: olvidarse del estatus anterior a la jubilación, reducir drásticarnente el abanico de las pensiones y propiciar que los pensionistas con sueldos previos altos o medios se busquen la vida a través de los fondos privados de pensiones. La solución olvida, interesadamente, que el problema del envejecimiento (como el de la dependencia) no es un asunto financiero, sino demográfico. Pero dejemos eso. El flanco más débil de esta ciudadela construida después de la II Guerra Mundial en previsión de males mayores ("la amenaza comunista") está en los impuestos y por una razón bien sencilla: a nadie le gusta pagarlos. Incluso aquellos que están dispuestos a aplaudir el sedicente Estado del bienestar suelen mirar para otro lado, por ejemplo, cuando un economista tan solvente como Ronald Reagan predicaba que la bajada de impuestos implica mayores ingresos, que es como la multiplicación de los panes y los peces, pero sin jesucristo de por medio. Así las cosas, nos encontramos con un discurso ganador, consistente en anunciar, permanenternenle, que se van a bijar los impueslos, se cumpla o no la promesa electoral, después de ganar los comicios. Así ocurrió en España a partir de 1996, cuando el PP incrementó los indirectos como si éstos no fueran impuestos. La discusión
en torno a impireslos directos, que se considerin más progresivos
que los indirectos, que se pagan al comprar, puede ser teóricamente
clarificadora, pero, en la práctica, la recaudación de los
d¡rectos, por ejemplo, el IRPF, no responde a la teoría.
Las tiritas con tipos crecientes no son nada fáciles de cobrar,
pues no es lo mismo -sigamos con el ejemplo- cobrarle a un asalariado
que a otras personas, como profesionales liberales, comerciantes, igricultores
o, en general, empresarios. No se trata sólo del posible fraude,
sino de formas legales para eludir el pago de las que los asalariados
no disponen. Alberto Ruiz-Gallardón, elegido alcalde de Madrid por mayoría absoluta en la primavera de 2003, anunció la creación de un impuesto sobre las viviendas vacías, cosa que el PSOE venía defendiendo. El impuesto no se llegó a concretar porque tuvo, una vez más, problemas con la cúpula del PP, que vio en ello una contradcción para su discurso anti-impositivo. Pues bien, así las cosas, el gobierno del ayuntamiento madrileño decidió en 2003 eliminar unas bonificaciones en el IBI (Impuesto sobre Bienes Inmuebles) que se habían concedido en la etapa de Álvarez del Manzano. El equipo municipal argumentó entonces que las bonificaciones provocaban que edificios, incluso del mismo bloque, pagasen un IBI distinto". A la hora de pagar sin bonificaciones (2004), los ediles del PSOE han reaccionado con contundencia ante lo que ellos califican de "subida brutal". En efecto, los trípticos que estos concejales han repartido por Madrid se intitulan "Gallardón sube brutalmente el IBI". En cada uno de esos trípticos se reproduce el recibo de un piso de Carabanchel que con el mismo valor catastral e idéntico tipo impositivo pagó, en 2003, 117,77 euros y este año (2004) tendrá que pagar 211,40, un aumento del 79,50%, diferencia que proviene, exclusivamente, de la eliminación de las citadas bonificaciones. Tras ser tomado por los ediles socialistas como prueba de la infámia, el recibo fue rastreado por el concejal de Hacienda, que lleva el ilustre nombre comunero de Juan Bravo (doblemente bravo, por lo tanto) y resultó que el piso en cuestión mide, según el catastro, 178 metros cuadrados, lo cual dejó, ipso facto, en entredicho, y a la vez, la bonificación anterior y el argumento según el cual se trataba de una "vivienda tipo". Mas los socialistas no se arredraron y contestaron que la vivienda no mide 178 metros sino 95, pero Bravo tampoco se arrugó, volvió sobre el catastro e informó que "la vivienda es un dúplex y, si en algún momento fue dividida en dos y revendida, eso nunca se notificó, lo cual sería ilegal". Pero dejemos a los ediles, cual Sherlock Holmes, con la lupa en la mano, investigando por Carabanchel y vayamos un poco más allá. Debo advertir, en cualquier caso, que yo fui concejal de Hacienda y que, luego, recibí, como don Quiote, una lluvia de palos (diciembre de 1983) a cuenta de un recargo del 3%. Un currículum, el mío, que me convierte, quizá, en gato escaldado cuando oigo protestar por causa de los impuestos. Pero, sea ni¡ caso el que sea, no creo que nadie pueda sostener seriamente que los ¡nipuestos municipales en España ni en Madrid- sein especialmente alos, y no deja de resultar extraño que sea ahora la izquierda quien levante bandera contra el IBI que, además, es un impuesto directo, Que la derecha prometa bajar los impuestos y luego los suba puede ser calificado de impostura, pero que la izquierda se apunte a este bombardeo contra los impuestos resulta, como mínimo, una confusa contradicción. El ejemplo, por irrelevante que pueda parecer, evidencia, a mi juicio, dos características de la política novísima. En primer lugar, que, de tanto trabajar cara a la prensa, los políticos han mimetizado sus métodos con los de los medios de comunicación; vamos, que se expresan ya como si fueran periodistas y propenden a dar noticias y no ideas. Y, ya se sabe, sólo es noticia aquello que resulta extraordinario, sorprendente, llamativo, dramático: que "un hombre muerda a un perro" y no viceversa. Pero ya lo dejó escrito Diderot: "El gusto por lo extraordinario es característico de la mediocridad". La segunda cuestión es, a mi parecer, aún más grave: se olvidan principios y se entierran ideas con tal de apuntarse un tanto, por efímero que sea, aunque ello signifique, como en este caso, cambiarse de trinchera. Pero no me hagan demasiado caso, pues yo soy un antiguo y quizá la novísima política no consista en convencer al prójimo con argumentos, ni siquiera en ganar las elecciones, sino en alcanzar la gloria, la de verse en una foto, eso sí, publicada en algún periódico. |