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| Nº 622 - 1 de noviembre de 2004 |
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Religión, la asignatura pendiente La irrupción del fundamentalismo islámico con su deriva terrorista obliga, obvio es recordarlo, a retomar una reflexión que ya se plantearon en su día los revolucionarios liberales acerca del papel de la religión en la cosa pública, y esta vez a nivel planetario. Desde hace algún tiempo, me etretengo en apuntar en unos cuadernos algunos comentarios sobre los "eventos consuetudinarios" que aparecen en los periódicos, Me tomo la libertad de reproducir aquí dos de ellos a propósito de un par de hechos luctuosos: uno ocurrido en Medio Oriente y otro, más cerca, en Leganés. Son éstos: 1. Una mujer palestina de veintiún años y de clase media, que tenía dos hijos pequeños, se inmoló ayer en un acto terrorista, llevándose por delante a cuatro personas. Dejó un vídeo grabado en el cual aparece, con una cinta en el pelo, sosteniendo un fusil y rodeada de parafernalia de Hamas, la organización terrorista a la que pertenecía Rini al Reyashi, que así se llamaba la muchacha. "Sólo Dios sabe cuánto amo a mis hijos" (de tres años el niño y de dieciocho meses la niña). "Desde que yo tenía trece años he soñado con convertirme en mártir", se le oye decir en la grabación. La terrorista, después de pasar por uno de los tornos de control instalados en el polígono de Erez, alegó que tenía una prótesis metálica en una pierna, la cual haría saltar los detectores de metales, como en efeto ocurrió. Entonces, los militares israelíes llamaron a una mujer soldado para que la cacheara. Mientras ésta llegaba, Rim al Reyashi simuló un desfallecimiento y, cuando los soldados se acercaron para socorrerla, hizo explosionar el artefacto que llevaba atado a su cintura. El líder "espiritual" de Hamas, un viejo repugnante llamado Ahmed Yasín, declaró lo siguiente: "Hemos usado por primera vez una mujer ante lis dificultades que at rontan ahora los hombres". Este acto terrorista resulta especialmente dramático por la condición de quien lo ha perpetrado: joven, mujer y madre de dos críos. Pero más allá de estas circunstancias, el acto, una vez más, resulta incomprensible al colocarse en las antípodas de cualquier planteamiento racional. La pretenciosa razón, que procura entender y explicar cualquier acción humana, queda en evidencia ante comportamientos como el descrito más arriba, dejándonos en manos de la rabia y del desprecio o de ambos. En un intento vano por explicar hechos como éste, se suele recurrir a una palabra: desesperación. Lo cual equivale a no decir nada, pues, por ejemplo, quienes lanzaron los aviones contra las Torres Gemelas de Nueva York llevaban una vida tan clandestina como regalada, lo mismo que su jefe, el multimillonario saudí Bin Laden. Desesperación no es la suya, sino la que provocan en sus víctimas. Ellos son, simplemente, unos asesinos fanáticos y religiosos, pues solo una religión es capaz de prometer el paraíso a los mártires. Como nadie ha salido de la tumba para desmentirlo, los administradores del Altísimo pueden seguir fanatizando a sus fieles. Pero ellos, los administradores, nunca se suicidan, lo cual demuestra que no son tan necios. Son manipuladores, eso sí. La violencia política no la ha inentado el fundamentalismo islámico, pero las raíces religiosas de éste son las que impulsan sus procedirnientos suicidas. Una prueba de ello está en que entre, los muchos actos terroristas producidos, por ejemplo, en Latinoaniérica, no se contabiliza ningún suicidio y lo mismo ocurre, con el terrorismo de ETA. Matan todo lo que pueden, pero no se, inmolan. Quizá buscan un imposible paraiso sobre la tierra, pero no se ftan del que pueda esperarles en el cielo 2. Siete musulmanes implicados en los atentados del 11 de marzo, rodeados por la policía en su piso de Zarzaquemada (Leganés) deciden suicidarse con los explosivos que, allí almacenaban, eso sí, cantando salmos y gritando "Alá es grande". La explosión destrozó el edificio y mató a un policía, dejando a varios más heridos. Me pregunto cómo estos asesinos, enloquecidos y creyentes, tienen una fe tal como para creerse que el más allá les será propicio, hasta el punto de hacerse volar por los aires antes de rendirse y sobrevivir. La fe, desde luego, mueve montañas... aunque sea a base de dinamita. La terminología religiosa que usan tarados no puede obviarse sin más trámite alegando que "el islam es otra cosa". Como (,ti cualquiera de las religiones monoteístas, el prohibi---na nunca está en "el libro", sitio en sus adininistradores y éstos, en el Caso del isla[]], Sol] denlasiados y dernasiado variopintos. Adernás, muchos de sus clérigos aspiran al poder político. Cuando se admitió e incluso se aplaudió que Irán se convirtiera en una "república islámica" se propició un regimen nefasto y exportable. El islamismo político tiene siempre una componente fundamentalista, vale decir, en su ideario está la salvación de la sociedad, una salvación impuesta desde las mezquitas. Es ahí donde reside el cáncer que puede llevarnos a todos a la ruina. Un cáncer que, cualesquiera que sean sus expresiones concretas, desde Al Qaeda hasta los ayatolás y mulás, contiene una componente básica: su odio a la democracia. El laicismo se ha convertido, así, en una necesidad mundial. Las religiones, cuando superan los límites de la privacidad para convertirse en movimientos políticos, encierran un grave riesgo para la convivencia y para la democracia. "El liberalismo es pecado", aseguraban los integristas españoles no hace tanto tiempo. Falange Española proponía caminar, muy en serio, "Por el imperio hacia Dios" Los islamistas no piensan otra cosa. Gregorio Peces-Barba asegura que la Constitución española consagra la laicidad del Estado, aunque no se, puede negar que la Carta Magna cita a la iglesia católica por su nombre. En cualquier caso, habrá de reconocerse que muchos laicos, cuando les ha tocado gobernar, no han rnostrado demasiadas reticencias a la hora de asistir a misas y procesiones y no lo han hecho a título particular, sino en calidad de representantes institucionales. Me atreveré a decir que con ello han dado un pésimo ejemplo hacia quienes, profesando otras religiones (pongamos el islam), quieran el mismo trato. Cuando en abril de 1979 se celebraron las primeras elecciones municipales desde la guerra civil, Enrique Tierno Galván fue elegido alcalde de Madrid. El Viejo Profesor había escrito tiempo atrás un opúsculo titulado Porqué soy agnósfluo. Pues bien, sobre la mesa presidencial de la sala donde se reúne el Pleno, había un enorme crucifijo y Tierno lo mantuvo allí, aunque en la sesión en la que fue elegido alcalde se creyó obligado a dar una explicación: "El Crucificado nos acompañará como símbolo de paz y de amor entre los hombres", dijo. No dudo que Cristo representa la paz y la hermandad de las que está llena su doctrina, pero es algo más. Es el símbolo de una religión, el cristianismo, que tiene hoy diversas ramas, y es ahí donde la cosa falla, en la mezcla, nada laica, del Estado con la religión. Con la llegada a la Alcaldía de Álvarez del Manzano (PP), las cosas se desmadraron y no hubo plegaria, misa o procesión a las que el alcalde no asistiera cubierto con los arreos propios de su cargo. Algo parecido y más grave ocurrió tras el triunfo de Aznar: la iglesia católica se dispuso a recobrar "el terreno perdido" y lo hizo sin complejos, abriendo, por ejemplo, un agrio y emponzoñado debate acerca de la asignatura de Religión. Las religiones, cuando se mezclan con la cosa pública, propenden, ya lo he dicho, a salvarnos el alma y para ello no hay cosa mejor que trasladar al Código Penl las pautas de conducta de sus libros. Entre la lapidación de las adúlteras en Nigería y la penalización del divorcio o el aborto solo hay diferencias de, matiz y de pena, pero el impulso represor tiene idéntica raíz. |