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| Nº 618 - 4 de octubre de 2004 |
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La solución final Con ocasión de la vuelta al cole se han escuchado, una vez más, voces cargadas de razón que protestan de, la cantidad de telebasura que nos endilgan las televisiones generalistas, es decir, las gratuitas. Aunque de gratuitas tengan poco, pues las públicas tienen déficits millonarios que pagamos entre todos y las privadas nos atufan con ristras interminables de anuncios (spots) que son, además, ilegales por su duración. A estas quejas se han sumado desde el presidente del Gobierno hasta el Defensor del Pueblo, haciendo especial hincapié en la defensa de los espectadores infantiles. Pero nadie se atreve siquiera a recordar que las televisiones privadas son concesiones administrativas que los poderes públicos pueden revocar. En todo caso, a estas operadoras les es exigible, como a todo el mundo, que cumplan la ley, que, desde luego, ignoran en variados aspectos, como es el caso antes citado de la publicidad La hipótesis según la cual "servicio público que se privatiza, servicio que se deteriora" ha quedado, a menudo contrastada afirmativamente por la realidad. Y la televisiór no es una excepción. Los servicios de atención al cliente, por ejemplo, en la telefonía privatizada se han convertido en una broma cara y de mal gusto, pero no acaba ahí el desastre. En el Reino Unido la privatización de los ferrocarriles, antaño ejemplares, solo ha traído retrasos y accidentes, pero la realidad -es bien sabido- no hace cambiar un ápice la posición de los ideólogos. En este caso, la de los ideólogos neoliberales o neocons, para quienes da toda privatización y la consiguiente desregularización son avances civilizatorios en un mundo que no cesa de pedir a gritos "menos Estado y más sociedad". El pluralismo informativo, el gran argumento que se esgrimió para la creación de las televisiones privadas, no ha aumentado, aunque sí lo ha hecho el sectarismo, pero nadie podrá negar que la calidad de los productos televisivos no ha hecho sino deteriorarse, precisamente a partir de la aparición de las televisiones privadas y de sus carreras en pos de la audiencia. Un proceso de aculturizacion cuya asíntota va camino del menos infinito. Aunque en
España las cotas de miseria y de mal gusto han llegado más
lejos que en otros países europeos, bastaría darse una vuelta
por Italia, Francia o Alemania para comprobar que aquellas televisiones
son hoy bastantes peores que cuando allí existía el tan
maltratado monopolio estatal. ¿Y qué decir de la variedad
de la oferta? Paradójicamente, la oferta de programas, en lugar
de diversificarse, esta hoy más concentrada que nunca. En cada
franja horaria, todas las televisiones ofrecen lo mismo. Con distintas
caras, pero lo mismo. En el colmo de la uniformidad, hasta los cortes
publicitarios se sueltan en los mismos minutos, de suerte que el espectador
no pueda huir de ellos dándole al botón del mando a distancia.
Todo un ejemplo de pluralismo y diversidad. Hace pocos días, un conocido y apreciado escritor, Jesús Ferrero, aseguraba en un coloquio: "Este pozo no tiene fondo y lo peor esta por ¡legar. Es lamentable comprobar que la televisión que ven hoy los españoles es Peor que la que veían bajo el franquismo". Ponía Ferrero el ejemplo de un programa en el que se había dado un paso más, proponiendo a uno de esos invitados a sueldo ejercicios escatológicos indescriptibies, describiendo así la regresión impuesta hacia la infancia del "caca, culo, pis". No quiero entrar a discutir si la tetevisión de Franco era o no menos mala que la actual, pero en lo que se refiere a los programas llamados de entretenimiento, estoy por asegurar que Ferrero tiene razón. El morbo se ha comido cualquier otra curiosidad. Un morbo que, en lo relativo a los programas del famoseo, bebe de dos fuentes inagotables: la tentación universal del mirar a través edel ojo de la cerradura para ver cómo se desnuda la vecina (o el vecino) y otra, mas sutil, que proviene de la posición en que estos programas colocan al espectador. En los programas dedicados a ehibir las miserias de sus protagonistas, éstos, al ser atacados y al defenderse, colocan al espectador en la posición de juez implacable. Un dios que ve con infinito desprecio a tales criaturas y, al verlas, se, sabe mejor, se siente por encima de aquellas actitudes, de semejantes revolcones en el fango. Quienes aparecen en la pantalla no son pan, el espectador personas de carne y hueso, sino personajes, cuyo destino sólo le sirve para alimentar el desprecio contra la humanidad allí degradada. De ahí se deriva la alta audiencia de estos programas que, por otro lado, casi nadie confiesa contemplar. Sesudos periodistas y comunicóogos nos hablan de la necesidad de autocontrol, negándose a cualquier imperativo legal que -son sus palabras`pondría en riesgo la libertad de expresión", como si ese derecho, y sólo ése, estuviera por encima de todos los demás. Pero deí autocotrol los españoles no sabemos mucho, quizá por la simple razón de que por estos lares no ha existido nunca. El único control al que están dispuestos a someterse las operadoras de televisión es el control de audiencias. Su gran argumento, c0mo era de esperar, es, también él, escatológico: "Un millón de moscas no pueden equivocarse: comamos mierda". Pero la cosa no tiene vuelta de ho¡a, pues nadie desea n¡ esta dispuesto a plantear una vuelta atrás volviendo al monopolio estatal, ni tampoco los poderes públicos se ven con fuerzas o con ganas para hacer cumplir la ley y, mucho menos, revocar concesiones. Ante este panorama, solo se vislumbran dos salidas. Una, la revolucionaría, que consiste en dejar las cosas conio están y de vez en cuando lanzar alguna jeremiada retórica y dos: ir al bolsillo, subvecionando con dinero público la sustitución de estos programas. Claro que, a nivel familiar, hay otra solución: hacerse cliente de la plataforma de pago, donde, mal que bien, uno puede elegir programas más variados. En esto, la privatización del otrora servicio público de televisión no es una excepción: conduce a la dualización. Un servicio de rnayor calidad para quienes están dispuestos a pagarlo y basura para el resto. Y si esto es grave, fácil resulta imaginar lo que ocurrirá cuando llegue la privatización de la Sanidad, que es, no lo dudemos, el próximo objetivo. Mas, sin salirnos de la televisión, tendremos ocasión de discutir o, con más precisión, veremos discutir proximamente el destino de RTVE y ya se apuntan buenas maneras neoliberales. ¿Cuáles? Me atreveré, a expresar, a este propósito, los irgumentos del pensamiento único: a) La televisión pública no ha de competir con las privadas, sino que debe limitarse a dar productos de calidad, tengan o no audiencia, b) para ello la dimensión actual delente es excesiva. Admitamos un déficit limitado y abandonemos el mercado, incluida, claro está, la publicidad. El argumento se lis trae, por sibilino, pero si miramos detrás de la trama, nos encontraremos, como siempre, con estos ideólogos trabajando a favor de obra, en este caso, el piquete publicitario que quieren entregar a los suyos, pero también hay otra intención: que no se ponga a prueba la viabilidad de, una televisión entretenida y decente, con unos programas informativos donde prime, por fin, la objetividad. Habrá de reconocerse, en todo caso, que el monstruoso déficit acumulado por RTVE juega a favor de soluciones como la anunciada. No tengo la menor duda de que la decisión de provocar un déflcit de tal calibre no buscaba sino esta solución definitiva. |