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| Nº 610 - 5 de julio de 2004 |
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Medios y datos Los medios de comunicación son grandes consumidores de, estadísticas, pero no siempre las usan correctamente, así que no está de más que demos un breve repaso al asunto. Se conoce con el nombre genérico de "estadísticas" a un conjunto de datos mínimamente organizado. La estadística descriptiva se ocupa de la prescritación y el análisis rigurosos de esa información cuantitativa. Las medias, las varianzas, los coeficientes de variación ... y una multitud de medidas e indicadores forma parte de esa estadística descriptiva. Al periodista que maneja datos economicos, demográficos, sociológicos, antropológicos, incluso biológicos, le resulta un instrumento útil a la estadística descriptiva, aunque no le vendría nada mal conocer también algunos rudimentos de demografía. Así se evitaría, por ejemplo, el uso tan frecuente de anglicismos como el de expectativa de vida, por esperanza de vida, o algo más grave como citando se emplea la palabra fertilidad por fecundidad. Fertilidad es la capacidad fisiológica de una mujer para tener hijos, mientras fecundidad se refiere al número de hijos que tiene, efectiva mente, esa mujer. La confusión proviene de la trampa que tienden los falsos amigos a los malos traductores. En este caso concreto, la traducción correcta de la palabra inglesa fertility es fecundidad y la de fecondity es fertilidad. Pero no se trata aquí de poner en evidencia errores lingüísticos, sino cuantitativos. Vayamos a ello, comenzando con las medias aritméticas y las tasas brutas. A estas alturas del siglo, casi todo el mundo es consciente de que las medias aritméticas se comportan de forma semejante a aquéllas con las que las mujeres se cubren sus piernas... que ocultan más que enseñan. A ello se refiere un chascarrillo popular que dice: "La estadística es aquella ciencia que, habiéndote comido tú un pollo y yo ninguno, nos dice que hemos comido la mitad cada uno". Bastaría con aclarar que a esa media (el medio pollo) corresponde un coeficiente de variación del 100% para que la "estadística" aclare cómo se ventilaron el susodicho pollo los dos amigos del cuento. Pero vayamos un poquito más allá. Si, por ejemplo, quisiéramos informar sobre cómo ha variado la mortalidad en España en los últimos cuarenta años, podemos tener la tentación de utilizar un índice sencillo, simplemente dividiendo, para los años de referencia (1963 y 2003) el número de fallecidos en ambos años por las poblaciones correspondientes (se suele tomar la población en el punto medio del año, es decir, el 1 de julio). Pues bien, si eso hiciéramos, nos encontraríamos con dos cifras muy parejas (en torno al 8 por mil), de donde podríamos concluir diciendo que la mortalidad en España apenas ha variado durante los últimos cuarenta años. Craso error, pues la mortalidad ha bajado y muy notablemente, colocándose nuestro país entre los más privilegiados del mundo. A este índice que acabo de describir se le conoce como tasa bruta de mortalidad y es preciso andar con cuidado si queremos usarlo. En efecto, la tasa bruta de mortalidad no es otra cosa que una media ponderada de las tasas de mortalidad por edad en cuya media los coeficientes de ponderación son las proporciones, los pesos, que en la población total tienen las poblaciones de cada edad. Si las ponderaciones (los pesos) de las edades más avanzadas crecen con el tiempo (cosa que en España viene ocurriendo de forma notable), entonces el peso de las tasas de mortalidad de las edades avanzadas, en esa media ponderada que es la tasa bruta, es cada vez mayor. Dicho con otras palabras: la tasa bruta de mortalidad recoge en su seno dos fenómenos: a) mortalidad y b) estructura por edades. De ahí la ambigüedad de la tasa bruta, de ahí su ineficiencia como índice comparativo. Todos estos defectos de la tasa bruti se deben al hecho bien conocido de que las probabilidades de muerte crecen, a partir de una etapa temprana de la vida, de forma exponencial con la edad. A mi juicio, el periodismo actual español trata los datos con mucho más rigor que en el pasado, entre otras razones, porque la formación profesional de los periodistas es cada vez mejor y, también, porque las instituciones estadísticas, por ejemplo, Eurostat, se preocupan hoy de presentar los datos mascados y preanalizados, cosa que antaño no pasaba. Esto no ocurre, sin embargo, cuando son las propias instituciones estadísticas quienes se hacen ellas mismas un lío. Y esto es lo que está ocurriendo en España acerca, nada menos, que de la población, que es una estadística básica en cualquier tierra de garbanzos. Lo intentaré explicar con brevedad. Hace algunos años, el INE tomó una decisión tan correcta como arriesgada: la de utilizar los padrones municipales para construir un registro de población (padrón continuo) a nivel nacional. La idea, como digo, es buena y puede llegar a ser utilísima Pero la realidad es siempre más compleja que la teoría y así ha ocurrido en este caso. El padrón municipal es un documento público que reside en cada ayuntamiento y, tradicionalmente, se sabía que estaba si sistemática mente "hinchado" ¿Por qué? No porque los municipios quieran presumir de ser, demográficamente, más grandes de lo que son, sino por algo menos sentimental. Resulta que una parte de los ingresos municipales provienen del Estado y se reparten en función de la población de derecho de cada municipio. Así las cosas, desde larga data, los ayuntamientos dan de alta en su padrón a quien lo solicita, pero se resisten como gato panza arriba a dar de baja a los vecinos cuando éstos se trasladan a vivir a otro lugar. El INE pensó que con los métodos informáticos modernos podía detectar las dobles cuentas (personas inscritas en dos o más padrones municipales) y eliminar así el problema... Pero por las razones que sea, las cosas no han funcionado como se pensaba o sólo han funcionado en parte. Resultado: durante los últimos años, cada pocos meses, aparecía en los medios que la población española (con una fecundidad de las más bajas del mundo) crecía como la espuma. Ni siquiera el censo del año 2001 fue capaz de parar la marea, pues no se hizo ex novo, sino que se apoyó en el padrón continuo preexistente. Para mayor confusión, estos crecimientos se han intentado explicar -puesto que los nacimientos y las defunciones están bien contabilizados- a través de la única vía de escape que quedaba: la inmigración. Es bien cierto que durante los últimos años la inmigración ha sido muy notable en España, pero las estadísticas directas de inmigración que suministra el Ministerio M Interior y las indirectas de la Seguridad Social, de la EPA y otras son todo menos coherentes. Estamos hoy, por lo tanto, ante una enorme confusión que no proviene, es preciso decirlo de los medios de comunicación, pero que éstos, al hacerse eco acrítico de los dispersos e incoherentes datos demográficos oficiales no hacen sino acrecentar. Si los medios de comunicación, en lugar de tragarse todo lo que les echan, realizaran un análisis crítico de esos datos, le harían un gran favor al país. Un país, el nuestro, que en este momento no puede decir con una certeza razonable cuántos somos. De esta confusión, debo aclararlo, no tienen la culpa los inmigrantes sin papeles, que sí representan un problema estadístico, pero no es hoy el problema principal. Yo, para comenzar, me conformaría con saber cuántos vivimos con los papeles en regia, porque no lo sabemos. El manejo de las estadísticas exige rigor, pero la estadística, en singuiar, es otra cosa. La estadística se ocupa de las probabilidades y forma parte de las matemáticas, de la teoría de la medida, en concreto, aquella que se mueve entre el cero y el uno, límites mínimo y máximo de cualquier probabilidad. La estadística está ligada al concepto de azar (aleatorio) y, por lo tinto, trata, entre otras cosas, de acotar lo que va a ocurrir en el futuro. La primera definición de probabilidad se le atribuye a Laplace y dice que la probabilidad de un suceso es igual al cociente entre los casos favorables y los casos posibles. Resulta obvio que esta definición se refiere a hechos pasados; en otras palabras, Laplace nos habla de una frecuencia observada. Claro que podemos suponer que si el suceso ocurrió con esa frecuencia en el pasado, también así debiera ocurrir en el futuro, lo cual es mucho suponer. Debo aclarar, en cualquier caso, que la definición laplaciana ya no es útil en la estadística moderna. Los procesos aleatorios solían y suelen ilustrarse con ejemplos sencillos (dados o monedas tiradas al aire, ruletas de casino, etc.). Si a uno de ustedes se le preguntara qué pro~ habilidad tiene de salir cara, tirando al aire un euro, contestaría sin dudar que esa probabilidad es un medio, es decir, el 50%. Pues bien, los modernos ordenadores permiten hoy experimentos de este tipo en cantidades verdaderamente apabullantes... y ¡oh sorpresa! la frecuencia no se estabiliza en el 50%) cara y en el 50% cruz. Pero ésa es otra historia. |