|
Sin
retórica
Escribo
este texto el día 1 de mayo, fiesta del Trabajo, que conmemora
una maEtanza de obreros en Chicago. En este día, los sindicatos
convocan a la población a una manifestación. La de esta
mañana en Madrid, que se ha visto deslucida por el mal tiempo,
se ha centrado, como era de esperar, en los atentados del pasado 11 de
marzo, en los que murieron asesinados casi doscientos trabajadores. Por
primera vez en ocho años, la manifestación se desarrolla
con un Gobierno socialista recién constituido, cuyos primeros pasos
han sido acogidos por los sindicatos con esperanza. Atrás quedan
los desencuentros entre el anterior Gobierno socialista de Felipe González
y es de esperar que aquellos acontecimientos no se repitan. Los líderes,
Méndez y Fidalgo, han recordado hoy la huelga general que los sindicatos
convocaron con éxito en toda España en contra del Decretazo
que el PP hubo de retirar tras aquella masiva movilización. Probablemente
tengan razón los sindicatos cuando aseguran que la huelga fue `el
principio del fin" del aznarato.
También es buen momento, a veinticinco años de aprobada
la Constitución, en cuyo texto se anunciaba la ley Orgánica
que recibió el nombre de Estatuto de los Trabajadores, para hacer
un balance. Un balance que no sólo afecta a la sociedad española,
sino al conjunto de la europea. Una Unión Europea que, precisamente,
en este día primero de mayo se ha visto ampliada significativamente
con la entrada de diez nuevos países, la mayor parte pertenecientes
a la órbita de lo que fue la Unión Soviética.
En estos cinco lustros las cosas han cambiado mucho, especialmente en
el mundo laboral, y tengo para mi que ello no es independiente de la caída
del muro berlinés. En efecto, el Estado del Bienestar, santo y
seña de la Europa Libre, construido tras la tragedia de la II Guerra
Mundial, ha hecho aguas, especialmente en ese campo, el del Derecho Laboral.
De los contratos laborales garantistas de antaño se ha pasado,
sin prisas y sin pausas, a contratos que hogaño poco se diferencian
de cualquier contrato civil o mercantil. Como consecuencia, la inseguridad
en el empleo forma parte hoy de la vida cotidiana europea y, muy espe
cialmente, en España, donde los contratos nuevos que se firman
son efímeros en una mayoría aplastante (por encima del 80%).
Los efectos perversos que provoca esta situación resultan abundantes,
pero es difícil imaginar medidas políticas viables que cambien
de verdad esa tendencia. Al fin y al cabo, son los empresarios quienes
tienen la sartén por el mango y más en un mundo globalizado
en el cual la "deslocalización" de las empresas es la
norma. En Singapur, en Corea, en China o en Marruecos, la fuerza sindical
y la normativa legal son perfecta y penosamente descriptibles.
Este proceso de degradación laboral ha estado precedido o acompañado
por relevantes cambios empresariales. Citaré dos: la dispersión
de las plantas productivas y la privatización zación de
las empresas públicas. La capacidad de resistencia, la fuerza para
presionar de los sindicatos están correlacionadas positivamente
con el tamaño de las plantas productivas. Eso lo sabe cualquiera
y, más que nadie, los empresarios. Las nuevas tecnologías
han permitido dos prácticas evidentes: por un lado, dividir o despiezar
el proceso productivo y, por otro, reducir mano de obra, con el consiguiente
aumento de la productividad por hora trabajada.
Otros factores son reducir el tamaño de las plantas, imposibilitando,
por ejemplo, la celebración de asambleas masivas sobre el terreno,
y la sustitución de trabajo por máquinas cada vez más
sofisticadas. La privatización de las antiguas empresas públicas,
cuya mayor parte operaba en régimen de monopolio (por ejemplo,
Telefónica o Tabacalera), ha representado otro gran varapalo para
el movimiento sindical, que tenía en ellas una fuerte presencia
y una notable fuerza disuasoria.
-Coincidirá conmigo en que no está escrito en las estrellas
-le dije, hace unos años, a un conocido empresario- que las empresas
públicas han de funcionar peor que las privadas. ¿Cuáles
son, a tu juicio -continué- los factores que las diferencian?
-Un factor es obvio -contestó-, los empresarios públicos
no se juegan su propio dinero. El otro son los sindicatos, que se han
apoderado de las empresas públicas.
No entraré a valorar esa respuesta, pero parece obvio que las empresas
públicas que han sobrevivido (las de servicios, como las sanitarias,
transportes, comunicaciones, etc.) son hoy el refugio sindical más
relevante. De hecho, basta con leer los periódicos para comprobar
que las huelgas que aparecen en ellos apenas responden al concepto clásico:
paro contra el patrono para que reparta con los trabajadores sus beneficios.
Las huelgas hoy son de otro tipo. Básicamente, huelgas defensivas
a favor del mantenimiento de puestos de trabajo y, sobre todo, huelgas
en los servicios públicos. Conflictos, estos últimos, donde
el usuario es el verdadero elemento de presión, el ariete que se
usa contra la Administración para que mejore las condiciones de
trabajo.
Esta situación ha llevado a un de bate en el cual los sindicatos
pueden tener las de perder. Me refiero, claro está, a la posible
división entre el servicio público (por ejemplo, la sanidad
universal) y la gestión de ese servicio. Lo primero puede seguir
siendo público, asegurando así el derecho de los ciudadanos,
pero la gestión concreta de, por ejemplo, un hospital, no tendría,
bajo esta óptica, por qué ser pública. Vale decir,
ejercida directamente por la Administración.
El retroceso laboral en la "vieja Europa" propicia una pregunta
inquietante: ¿qué futuro le espera al sindicalismo europeo?
Tengo para mí que los sindicatos, aunque hayan perdido capacidad
de intervención en el terreno empresarial, el más añoso
de los campos en los cuales actúan, no la han perdido, sino, quizá,
lo contrario, en el campo social y, por lo tanto, los sindicatos mantienen
su presencia en el juego político. Aunque su influencia no sea
inmediata, sí que son capaces de movilizar a millones de ciudadanos
y son las conciencias de éstos las que acaban por dirimir las contiendas
electorales. En este sentido, la independencia de los partidos que hoy
pregonan, por ejemplo, los sindicatos españoles, les ha dotado,
paradójicamente, de mayor crédito cívico del que
tenían en tiempos pasados, cuando eran considerados 'correas de
transmisión" partidarias.
Los sindicatos, sin embargo, siguen sin resolver un problema que en estos
tiempos de "global ización" se ha convertido en clave,
me refiero a la coordinación sindical a nivel supra-nacional. El
dumping social está detrás no sólo de las
deslocalizaciones, también del arma que esgrimen los empresarios
contra el derecho laboral vía competitividad. Mientras el capital
es hoy internacionalista, el sindicalismo encuentra muros insalvables
a la hora de operar globalmente, careciendo así de un arma que
se ha convertido en decisiva.
|