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Nº 590 - 16 de febrero de 2004
Economistas

Escuchar o leer a cualquiera de los pertenecientes al Grupo de los "Economistas Oficiales" (GEO), es decir, a aquéllos que, como tales, salen en las televisiones, en las radios (menos), escriben en la prensa o en los libros, me resulta cada vez más insoportable por repetitivo y por pesado.

Hay excepciones (por ejemplo, Joaquín Estefanía), pero son escasas y poco audibles. En general, los GEO responden a dos categorías: a) los del "sube y baja" y b) los "gases nobles". Los primeros dedican sus horas a glosar la coyuntura, ya sea bursátil, ya macroeconómica, y sus discursos se reducen, en general, a la penosa elaboración de lo obvio. los segundos son "gases nobles", pues sus comportamientos pueden compararse al de esos gases, llamados Unobles", porque su resistencia a reaccionar en presencia de otros elementos químicos recordó a los científicos que los descubrieron la altanería de los viejos señores de horca y cuchillo siempre dispuestos a "sostenella y no enmendalla". En España, y durante los últimos 40 años, la composición del GEO ha variado muy escasamente y, a la vez, han tenido una influencia decisiva sobre la política económica, mostrando una enorme capacidad de supervivencia en los avatares políticos y un notable camaleonismo teórico, habiendo sido, las mismas personas, capaces de encabezar sucesivamente un keynesianismo tardío en la etapa terminal del franquismo y el neoliberalismo triste que entre ellos impera desde hace años.

Para ellos, la solución de cualesquiera problemas siempre está en el mercado y si los resultados contradicen sus perfectas teorías, la culpa no radica en la teoría, sino en la práctica, que no aplica las dosis masivas y adecuadas de ese bálsamo de Fierabrás, de ese ungüento amarillo que todo lo sana: el mercado. Trabajan, además, como una mafia que infiltra a sus miembros en partidos y medios de comunicación con una eficiencia elocuente.

La simpleza de sus recetas no proviene de la ausencia de talento (en general, lo tienen) sino de la ideología dogmática que profesan y extienden. Constituyen así una religión laica, cuyos mandamientos se encierran en dos: más mercado y menos Estado. En una sociedad así construida sólo sobreviven quienes mejor se adaptan al medio, principio y fin de[ darwinismo social. Los GEO se olvidan, claro está, de la igualdad de oportunidades, para ellos ese principio elemental de justicia social está de sobra. Entre otras razones, porque cuesta muy caro. Escuelas, hospitales, servicios sociales, prestaciones por paro, jubilaciones y un largo etcétera no son sino el refugio de los incompetentes.

Estos ideólogos trabajan por objetivos. Citaré dos casos: el suelo y los horarios comerciales.

La subida del precio de las viviendas se produce -dicen ellosporque la oferta de suelo es escasa.
Si hubiera suficiente suelo calificado de urbanizable en manos privadas, se construirían casas en cantidad tal como para hacer bajar los precios. Estamos pues, ante un argumento inatacable, de una sencillez apabullante. Persiguiendo esta utopía, nada inocente, se cambió radicalmente la ley de¡ suelo, desterrando a las tinieblas exteriores la v[ej . a cultura del planeamiento y facilitando la recalificación de todo el suelo, menos aquél que, por razones muy poderosas, no udiera ser considerado urbano. Siguiendo estas ideas, el Ayuntamiento de Madrid recalificó en su Plan General, prácticamente, todo el término municipal. Los precios, en lugar de bajar, se dispararon hacia arriba, metiendo en el bolsillo de grandes y pequeños especuladores una media anual de 8.000 millones de euros (el 10% del PIB regional) sólo en concepto de "plusvalías". Un auténtico atraco, pero los "gases nobles" no se inmutan y siguen diciendo lo mismo que decían antes del desastre: más recalificación, más madera.

Algo parecido ocurre con los horarios comerciales. Su liberalización total es la utopia sostenida y perseguida por los sedicentes economistas, siendo, a la vez, el verdadero caballo de batalla de las grandes superficies comerciales. "En defensa del consumidoC, claro está, que según esta opinión, desea poder ir de

excursión en familia hacia los grandes centros comerciales, mañana, tarde y noche... preferentemente los domingos. Como es lógico, los pequeños comercios ven en ese 1iberalismo horario" una grave amenaza para su supervivencia. De ser ciertos estos temores, el efecto destructivo no afectaría sólo a los comerciantes, sino a la vida de las ciudades que depende en no corta medida de esa diversidad comercial. Pero el tejido urbano y, en general, la ciudad parecen importar poco a los GEO.

Los intereses que están detrás del negocio del suelo o al frente de las grandes superficies son evidentes y dado que esos intereses económicos coinciden con las posiciones ideológicas descritas más arriba, podría llegarse a la fácil conclusión de que los segundos, los economistas oficiales, están al servicio de los primeros. Sin embargo, es preciso desconfiar de las correlaciones sencillas y simples. Los mecanismos suelen ser más complejos, aunque siga siendo cierto que "el ser social determina la conciencia". Lo interesante sería describir y analizar cómo se "cletermina" esa conciencia a partir de la posición social. Si la clase social, por ejemplo, determinara el sentido del voto político o las posiciones ideológicas, sobraría cualquier análisis demoscópico, aunque en España las encuestas de tipo electoral siempre trabajan "a favor de

obra", es decir, que responden a los ntereses electorales del medio de comunicación que paga estas encuestas. La inexistencia de algún instituto demoscópico independiente del Gobierno o de los medios es uno de los déficits (uno más) que soporta la Democracia española.

¿A través de qué mecanismos económicos o mentales los intereses de especuladores o grandes superficies se trasladan a los "economistas oficiales"? No es tarea fácil la de seguir ese itinerario, pues muchos de estos economistas ni trabajan en esos sectores ni reciben -que yo sepa- dinero a cambio de las posiciones ideológicas que con tanta perseverancia defienden.

La ideología, como visión interesada del mundo, sigue teniendo una fuerza imponente. Ya lo escribió Keynes hace muchos años: "Los hombres prácticos, que se creen exentos por completo de cualquier influencia intelectual, son, generalmente, esclavos de algún economista vivo o difunto".

Estos economistas, los CEO, como tantos ideólogos neo-liberales, no parece que hayan leído al fundador de su ciencia, al muy liberal Adam Smith, que dejó escrito lo siguiente: "Por más egoísta que quiera suponerse al hombre, sin duda hay algunos elementos en su naturaleza que lo llevan a interesarse por el destino de los demás".

0 citando a Emilio Lledó, "en este dominio de solidaridad que tiene como meta la justicia -que no es sino una forma secularizada y universal izada de la amistad- o la siempre lejana y posible igualdad no puede, paradójicamente, alimentarse del pensamiento único. Entre las muchas incoherencias del lenguaje pervertido, en buena parte, por la cólera de los imbéciles, el grotescamente llamado pensamiento único es una de las perlas más falsas que luce la corona de la vaciedad política. No es posible progresar desde algo que sea único".

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