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| Nº 584 - 5 de enero de 2004 |
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Se atribuye a Napoleón Bonaparte una frase aplicable a cualquier imperio: "Las bayonetas sirven para muchas cosas, pero no para sentarse encima de ellas". Nadie duda de que Bonaparte fue uno de los militares más dotados de la Historia, pero también fue un hombre ilustrado y un político de gran talento. Si hubiera tenido la posibilidad de hacerlo, el Gran Corso le hubiera desaconsejado a Bush que se metiera en el avispero iraquí, al menos, en la forma de ocupacíón militar en que el Presidente norteamericano lo ha hecho. Y se lo hubiera desaconsejado, muy probablemente, debido a la experiencia que él mismo había tenido en España. El antiguo régimen, representado por Carlos IV, estaba dando las últimas boqueadas al inicio del siglo XIX. Las ideas ilustradas habían dado paso en España a las liberales y el cambio de régimen se hubiera producido más fácilmente si, en lugar de ocupar el país, Napoleón hubiera apoyado a los liberales españoles, pero Bonaparte, para desgracia propia y ajena, tenía demasiadas ideas bonapartistas. En el momento más álgido de la guerra que siguió al levantamiento popular del 2 de mayo de 1808, el ejército "ocupante" tenía colocados en España a casi medio millón de soldados... y perdió la guerra. Napoleón, igual que ahora Bush, tras hacer prisionera a la familia reinante, se presentó ante los españoles como "regenerador". Convenció a su hermano José, entonces rey de Nápoles, que se resistía a ello, para que ocupara el trono en Madrid y en julio de 1808 "otorgó" a los españoles una Constitución, la Constitución de Bayona. José Bonaparte, que tenía buena cabeza y notable experiencia, prometió la integridad territorial de España, intentó poner en marcha reformas muy necesarias y se rodeó de españoles (los `afrancesados") que comulgaban con las ideas revolucionarias. Sin embargo, la si tuación bélica hizo que José dependiera, en exceso, del ejército de su hermano y de sus generales. Las cosas le fueron mal desde el principio (batalla de Bailén) y, pese a que la contraofensiva, dirigida por el propio Emperador ("Napoleón en Chamartín"), tuvo éxito, los franceses y sus aliados españoles, que no fueron pocos, nunca consiguieron estabilizarse ni militar ni politicamente. Las guerrillas (de poco le valieron a los franceses motejar de "terroristas" a los guerrilleros de Mina, de Merino o del Empecinado) y el ejército inglés, que operaba desde Portugal, acabaron por expulsar de España al ejército imperial, que ya se había metido en otra aventura fatal: la invasión de Rusia. El principio dell fin del imperio había comenzado. Nadie dudará de que las ideas políticas que traía Napoleón eran mejores para los españoles que los absolutistas y, visto lo que ocurrio después, hasta el Empecinado hubiera preferido al rey José en lugar de Fernando VII. Sin embargo, muchos liberales combatieron con todas sus fuerzas al "ocupante" a la vez que conseguían sacar adelante la primera Constitución española (Cádiz, 1812), que era mucho más avanzada que la otorgada en Bayona por Napoleón. Hay tantas semejanzas entre la España de entonces y el Iraq de ahora que incitan a sacar alguna "enseñanza" histórica. Primera: la aventura napoleónica desató una guerra de una crueldad sin límites, ejercida con saña por ambos bandos, que devastó el país, dejándolo exánime para muchos años. Segunda: los ¡/afrancesados", que apoyaron de buena fe al rey José, si es que volvieron a España tras el exilio, nunca recuperaron su influencia. Tercera: las guerras civiles entre liberales y absolutistas, que asolaron España durante más de medio siglo, tuvieron su origen y metodología en el frente anti-francés al que pertenecieron, patrióticamente juntos, reaccionarios y liberales. Fue la guerra contra los franceses la que permitió la supervivencia política y mil itar de hombres e ideas propios del antiguo régimen. Pero en este juego de paralelisnio~ hay, al menos, una diferencia significativa: la resistencia antifrancesa se preocupó, en plena guerra, de parir una Constitución, cosa que no se ve por ningún lado en el Iraq actual, plagado de banderías y de movimientos religiosos sin ningún interés por la democracia. El empecinado, por Fernnado Fdz. de Trocóniz |