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| Nº 578 - 17 de noviembre de 2003 |
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La
agenda política
Se denomina "agenda política" al conjunto de temas políticos que son abordados en el foro público. En España y en la práctica, dado el ninguneo al que los medios de comunicación someten al Parlamento, la agenda política se reduce al conjunto de temas que aparecen en los periódicos, de los que se habla en las radios o se ven las televisiones. Quede claro que de esos temas prefijados hablan todos los que tienen voz mediática, pero no se les permite salirse del guión, de la agenda previamente marcada. La primera pregunta que este asunto suscita es obvia: ¿Quién decide de qué se ha de hablar, quién marca la agenda? La ventaja del Gobierno respecto a la agenda política consiste en que los medios acogen sin rechistar cualquier iniciativa suya por trivial que ésta sea. Con críticas o no, pero la acogen. En los últimos tiempos, el Gobierno de Aznar ha decidido que, aparte del sempiterno tema vasco, la mayor parte de sus iniciativas sean legislativas. Así, en el último periodo de sesiones, desde mediados de septiembre hasta la Navidad de 2003, el Gobierno está decidido a que se aprueben, aproximadamente, 50 leyes. Un manoseo legislativo sin precedentes, una incontinencia insoportable. Siguiendo la perversa idea latina según la cual cualquier problema se arregla cambiando o inventándose una ley, el Gobierno de Aznar está dispuesto a que los editores del Aranzadi se hagan de oro y poco parece importarles dejar hecha unos zorros la legislación española. El código Pena[, por ejemplo, que fue aprobado por consenso, creo que en 1995, ha sido retocado, por arriba y por abajo, no se sabe cuántas veces. ¿Para qué? Para hacer que se hace, para dar sensación de estar al loro de la inseguridad ciudadana, aunque a estas alturas todos debiéramos saber que, en general, no hay leyes penales buenas o malas. Las hay que se hacen cumplir y las hay que no se cumplen. Y estas últimas son pésimas. Si un estudio empírico estuviera dispuesto a analizar la agenda política española de los últimos 25 años, no creo que pudiera desmentir lo que voy a escribir a continuación: el 90% de la agenda lo eligen los tres siguientes agentes: los medios, el Gobierno... y los vascos. El 10% restante se lo reparten los demás agentes políticos y sociales, reservando un porcentaje (quizá el 5%) al azar. Vale decir, a catástrofes u otros sucesos inesperados, como la boda de¡ Príncipe Felipe. Tan apabullante modelo, tan injusto reparto de las iniciativas públicas, esta censura tiene efectos perversos sin cuento, pues, como resulta obvio, si un problerim social o político no está en la agenda, o, hablando con mayor precisión, si ese problema es censurado por los dueños de la agenda, jamás se abordará. Pondré dos ejemplos muy sencillos: la inestabilidad laboral y el precio del suelo. Son dos temas sobre los cuales los sindicatos y la oposición hablan frecuentemente... pero sin que consigan hacerlos figurar en la agenda, Se quedan en meras declaraciones de parte, recogidas en los medios, en el mejor de los casos, de forma aséptica, sin ningún ánimo de debate o polémica. Los medios de comunicación, lejos de ser testigos y narradores de la realidad social y política, hace ya muchas lunas que son "el medio y el mensaje", vale decir el seleccionador de lo que interesa y quien elimina lo que no interesa. ¿Y qué interesa a los medios? Pues lo morboso, lo dramático, lo que es capaz de suscitar o provocar algún enfrentamiento, Lo que tiene cara se prefiere a lo que sólo contiene ideas. Y, sobre todo, lo que no toca los intereses directos e indirectos que cada medio defiende. Por ejemplo, los citados temas, trabajo y suelo, están en la Constitución, precisamente en los artículos 35 y 47 de la misma, y tanto las políticas concretas como la realidad social contradicen de forma flagrante y escandalosa el mandato constitucional, mas, si uno se entretiene en analizar los contenidos de artículos, crónicas, declaraciones y debates que están apareciendo en torno a la Constitución, cuyo 25 aniversario se conmemora el próximo diciembre, podrá comprobar que la masa de lo escrito o comentado tiene dos componentes principales, casi únicos: la retórica más empalagosa (el presidente del Senado, en mi opinión, batió el récord el pasado 31 de octubre con su discurso-buñuelo conmemorativo) e lbarretxe con su aventura independentista. Y ésa es otra, los vascos como tercer agente marcador de agenda. Es evidente que la política vasca (claro que llamar a eso política es bastante piadoso) tiene en su seno muchos de los componentes que se les exige a la "noticia", a saber: Dramatismo: la muerte siempre es dramática. Enfrentamiento: la confrontación y la tensión se han convertido en consustanciales a la vida pública en Euskadi; y rostros: los de Arzalluz, los lehendakaris y los presidentes españoles de turno. A través de estas normas periodísticas, reduccionistas per se, que dictan lo que es noticia y lo que no lo es, los vascos han conseguido estar permanentemente en el candelero mediático español durante más de 25 años, marcando paquete e impidiendo que se hable de otras cosas. Como la gente mal educada, se las han arreglado para meter baza en la conversación de los demás, quitándole la palabra a todo dios. Además, discutir con nacionalistas, se llamen Sabi no Arana o Xabier Arzalluz o respondan a los nombres de Donoso Cortés, Menéndez Pelayo o Aznar, es algo imposible, Ia piel contra la piedra". Es una pesadez y una pérdida de tiempo. No se atienen a razones sino a convicciones. No conocen la Historia sino el Mito. El resultado a la vista está: una escalada insoportable y el hartazgo. El 90% de los españoles está, literalmente, hasta los huevos del "tema" y daríamos algo para que nos dejaran en paz y se fueran con la música a otra parte. Pero no caerá esa breva, porque a los contendientes les va la marcha y les va muy bien. A los unos con su desaforado intento de atraer a su buchaca los 200.000 votos de la legalmente desaparecida Batasuna y a los otros, a los del PP, porque la rebatiña les resulta rentable electoralmente. Hay menos asesinatos, es cierto, porque, entre otras cosas, las Torres Gemelas no sólo se cayeron encima de las pobres gentes neoyorquinas que allí estaban trabajando en la mañana del 11 de septiembre, también se derrumbaron encima de ETA. Y es precisamente porque a ETA, esa impresión da, le quedan pocos telediarios, por lo que los nacionalistas vascos han decidido darle la vuelta a la frase de Clausewitz y "seguir la guerra por otros medios", pero no conviene engañarse, Aznar y los suyos están encantados con el "debate", que está destinado a tapar cualquier otro, al menos hasta el próximo marzo. Todos disfrazados de Andrés Torrejón, que, pese a su apellido, era el alcalde de Móstoles en 1808, gritando: ¡"La patria está en peligro, españoles, acudid a salvarla"! Permítaseme plantear una pregunta que encierra una ucronía: ¿qué hubiera pasado si, durante los últimos 25 años, los medios de comunicación se hubieran negado a tratar el asunto vasco? La respuesta tiene una parte obvia: que hubiéramos hablado de otra cosa. Y otra parte especulativa: que, por un lado, quizá, ETA no hubiera durado tanto tiempo y, por otro, ya se habría producido alguna alternancia en el Gobierno vasco. Y la alternancia, ya se sabe, es muestra de buena salud democrática. |