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| Nº 536 - 23 de diciembre de 2002 |
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¿Como va a quedar el patio? "¿Qué sería de este corral nublado?" Valle Inclán Quienes sostienen, tan serios, que no existe izquierda ni derecha, que todas las políticas y los políticos son iguales, son unos interesados, unos necios o ambas cosas a la vez. Para demostrarlo bastaría con mirar con una mínima atención por la ventana y ver cómo está el patio, comparándolo con el pasado. La política fiscal, la de suelo, la educativa, la sanitaria, la judicial... ejercidas con fe durante el aznarato, han cambiado el paisaje social y en poco tiempo. Pero no para ahí la cosa: los poderosos son más poderosos, pero también son "otros poderoso?, sobre todo, aquellos encargados de contarnos la película, los que manejan los medios de comunicación. Los creadores (o anestesistas) de la opinión pública no son los que eran y, lo que resulta más relevante aún, han cambiado de metodología, han destruido los códigos de conducta con los que trabajaban (los que se atenían a alguna deontología, pues los otros han seguido con el mismo sistema, el de la manipulación). Visto a ras de tierra, desde el punto de vista de un periodista sin cargo, aquél que se trabaja la noticia, la cosa no puede ser más decepcionante. Para empezar, su estabilidad en el empleo es más efímera, pero tampoco sabe si la noticia que ha obtenido tendrá cabida en el medio, pues ignora a quién pertenece ese medio. Se puede encontrar con que el poderoso al que cazó en un renuncio es uno de los accionistas del imperio para el que él busca información. Antaño, el periodista sabía que a los grandes anunciantes había que tratarlos con mimo, pero ahora los intereses cruzados son más abundantes y complejos y no en el sentido matemático del término (número complejo: aquel que tiene una parte real y otra imaginaria) sino en el de las novelas negras en las cuales los intereses reales se ocultan detrás de alguna trama. Por otro lado, los intereses políticos se han hecho más explícitos y se han invertido. Se han hecho más explícitos, pues del tono ideológico que con mayor o menor énfasis todo medio tiene en su línea editorial se ha pasado a claras posiciones partidistas que hasta un recién nacido sabría detectar. Por otro lado, se han invertido los papeles, pues los medios ya no están al servicio de éste o de aquel partido, sino que son ellos, los medios, quienes dirigen el cotarro y son los partidos los que, en gran medida, están a sus órdenes, transformados en actores gregarios de una farsa sin fin. La pérdida de la objetividad y el pisoteo del mandato constitucional ('todos los ciudadanos tienen derecho a una información veraz") son el resultado. Es verdad que las televisiones públicas están a la cabeza de este engendro, pero ello no exonera de responsabilidad a los medios privados. Un mundo que carece de espejo, un entramado que no admite el análisis, que no se deja retratar: un inmenso poder sin control y sin freno. Naturalmente, hay excepciones qué se reducen, en mi opinión, a dos: 1) los grandes líderes de audiencia radiofónica, cuyo status, por suerte, es intocable y 2) las columnas de opinión que, aquí y allá, acogen todavía algunos diarios. La cosa comenzó en 1993 cuando Aznar perdió contra pronóstico las elecciones generales. Convencido de haberlas perdido a causa 'de los editores' (los señores Polanco y Asensio a la cabeza), Aznar y su cúpula dirigente dijeron: 'nunca más' y se montaron -o les montaron un entramado mediático‑judicial que no dio en tierra con la democracia de milagro (Ansón dixit). Tres años más tarde, en 1996, al fin triunfadores, se pusieron a repartirse el pastel y a destruir a sus adversarios convertidos en enemigos mortales. Usando a las empresas privatizadas en su propio beneficio, crearon un imperio mediático a la vez que intentaron eliminar al enemigo, metiendo en prisión la competencia mediática y política (Polanco y González) y comprando Antena 3 (Asensio). Para llegar allí, entre 1993 y 1996, el entramado hubo de montarse a base de promesas en pesetas y también en poder. la promesa económica resultó más fácil de .cumplir y bastaría con una investigación como es debido para de mostrar que los principales actores de aquella trama se han hecho, simplemente, multimillonarios. Donde la cosa ha resultado ser más complicada es en la parte del poder. En efecto, crear u n imperio mediático con plataforma digital incluida, perdiendo dinero a chorro abierto, en tomo a una empresa (Telefónica) que compite (es un decir) en el mercado de las telecomunicaciones resultó un desastre económico, pero fue posible hacerlo, como bien se ha visto. Mantenerlo sine die ya resulta más complicado, y entregarlo, además, para que lo maneje a su antojo Pedro José Ramírez, por muchos favores que se le debieran, resultó inasumible. Y esto es lo que ha pasado. las alegrías con las que arrancaron las plataformas digitales (no sólo en España) se tornaron pronto en crujir de dientes cuando se comprobó que la demanda no daba para tanto y menos para dos ofertas en un solo país. Así que alguien debió de pensar que era mejor la paz y la fusión que una guerra sin cuartel que destruiría a ambas plataformas. Ello dejaba fuera de juego al individuo en cuestión, a Pedro José Ramírez, el palo del pajar que dirigió la trama mediático‑judicial en los gloriosos años del anti‑felipismo. Este señor, defraudado y dolido, volvió entonces por donde solía, desenterró el hacha de guerra y con ella unos viejos papeles (que en el mentidero de Madrid los conocía, en forma de rumor, hasta el Tato) para arremeter contra el señor Alierta, presidente actual de Telefónica y ex presidente de Tabacalera. Pensó, seguramente, que la amenaza chantajista bastaría, como parece que fue el caso de Juan Villalonga, pero esta vez la criada le salió respondona y no sólo le enseñó los dientes sino que le pegó una buena dentellada. le quitó la publicidad a su periódico y lo echó, con todo su cortejo, de Onda Cero los espectadores de tan singular combate sólo esperan el final para poder asistir a uno o varios funerales de lujo. la batalla, en efecto, no deja de tener su morbazo, pero por encima y por debajo de estas luchas cortesanas, que nos retrotraen a Felipe II con Escobedo y Pérez o a. Franco con López Rodó y Fraga (el ministro de Franco que se lanzó contra el Opus Dei, Matesa.en mano), es preciso preguntarse de nuevo cómo está el patio mediático desde la óptica que más importa,. la del derecho a una información veraz, la de la libertad de expresión. Nadie lo escribe, pero todos lo admiten: el panorama es desolador. la ley de bronce (la moneda mala expulsa a la buena) se ha impuesto arrasadoramente y la competencia entre los medios no se coloca en el campo de la mejor información, sino que se organiza en bandas. La película de Martin Scorsese, Gangs en Nueva York, ilustrará, cuando se estrene, sobre el caso. La autonomía profesional de los periodistas ha regresado a los años 50. Y así va a quedar cuando Aznar se nos vaya. |