Nº 508 - 13 de mayo de 2002

La política en su corralito

A pesar del solapamiento de los discursos políticos que emiten los partidos mayoritarios, y que se aprecia en toda Europa, pese a su general deriva centrista, destinada a atrapar votos de todos lados, contradiciendo también sus relatos moderados que, huyendo de rechazos, componen y exponen ante el electorado, los partidos siguen respondiendo a intereses parciales y no sólo al interés general al que deben atenerse cuando gobiernan. Aunque a menudo esté oculta, la componente ideológica late en su seno y esa ideología es el reflejo, por muy atenuado que éste aparezca, de unos intereses sociales sin los cuales la política sería una ficción y las urnas un trámite intrascendente.

Presentar articulados y viables esos intereses sociales es la labor principal del discurso político, el alma de cualquier programa electoral que pueda llamarse tal. Acudir ante el electorado combinando intereses generales con parciales es la obligación de los partidos en una democracia como la europea, definida, precisamente, como democracia de partidos.

Pero en el campo político, en el cual intervienen directamente los partidos, influyen, y cada vez más, otros poderes, grupos articulados en torno a intereses de tipo ideológico, de influencia social o directamente económicos. ¿Hasta qué punto estos poderes han invadido el campo político? ¿En qué nivel se encuentra la autonomía de los partidos a la hora de tomar decisiones políticas?

La autonomía es, precisamente, la capacidad que tiene un partido para tomar decisiones con independencia de los poderes sociales. Se tiene algo más que la sensación de que ésta, la autonomía partidaria, está en el más bajo nivel de su historia. A ello están contribuyendo de forma decisiva los grandes grupos mediáticos surgidos al calor de las nuevas tecnologías y de la privatización de las televisiones. la paralela privatización de las grandes empresas públicas, creadas tras la Segunda Guerra Mundial, no ha hecho sino incrementar la influencia de los nuevos poderes privados sobre el espacio público en el que se asienta la política. El caso de Telefónica en España es paradigmático, pero no es el único.

El sistema de control y de gobierno imperante en las grandes sociedades anónimas, que permite ejercer un poder inmenso a un grupo reducido de personas sin que ni siquiera los propietarios del capital, dispersos, puedan tocar pelota, componen un sistema oligárquico sin precedentes. No hace falta ser un apocalíptico para pensar que esta concentración de poder social en tan pocas y decisivas manos puede llegar a ser tan asfixiante como para poner en riesgo la supervivencia de la democracia.

En efecto, la dependencia mediático‑social de los partidos políticos coloca a éstos en el peor de los escenarios posibles. Reducidos al marketíng, lo cual les impone un lenguaje publicitario, influyendo de paso en los contenidos y la trivialidad de sus discursos, los partidos políticos se mueven en un coto cerrado y autista, en un corralito cada vez más estrecho, sin posibilidades reales de cambiar las reglas de¡ juego en el que actúan los verdaderamente poderosos, los que unen el dinero al control de la comunicación. No es de extrañar que, como. consecuencia, el discurso político se haya vuelto timorato, por constreñido. Algunos partidos son hoy directamente el brazo político de algún imperio, tal es el caso de Berlusconi, o se dedican a construirlo desde el Gobierno, el mejor ejemplo es el PP español.

La trivialización de la política no es algo que se quede en las palabras, trasciende a la propia acción, que deviene escaparatista, muchas veces en estado puro. Acciones de Gobierno, a menudo costosas, no tienen otro fin que el escaparate mismo sin que sus contenidos aparezcan por ningún lado. El museo Gugenheim de Bilbao es una buena muestra, pero en Madrid existe un edificio que representa magníficamente la quintaesencia del escaparatismo. En la Moncloa, muy cerca del arco triunfa¡ que conmemora el aplastamiento de la democracia a manos del totalitarismo (precisamente es el lugar en el cual, en noviembre de, 1936, los soldados republicanos y las Brigadas Internacionales le pararon los pies a las tropas franquistas), existe una torre sin utilidad alguna (el faro de la Moncloa), cuyo único fuste es el que soporta el plato circular que la corona. Esta costosa construcción la levantó la sola voluntad exhibicionista de un Alcalde (Agustín Rodríguez Sahagún), sin que estuviera prevista ninguna utilidad o uso. Se hizo tan sólo para que se viera.

Por otro lado, la misma existencia de esos nuevos imperios mediáticos ataca la política, no sólo controlando el transfert a través del cual circulan, forzosamente, los discursos, también ponen en peligro la libertad de expresión. Veamos: si alguien edita un periódico que se vende bien, ese negocio le da autonomía para que la información que suministra sólo se atenga a los criterios profesionales de quienes fabrican el periódico, una independencia imprescindible si se quiere publicar cualquier cosa sin censuras ni autocensuras. Cuando dicho periódico es una pieza más del complejo edificio, mediático‑financiero, de un imperio, los intereses allí involucrados son de tal calibre que difícilmente puede mantenerse la autonomía profesional, pues el ejercicio de la independencia informativa sólo se sostiene si va acompañada de la autonomía económica. Al no existir ésta, la independencia informativa no es que esté amenazada es que se ve, ipso facto, recortada. No estamos tan sólo ante un, caso de oligopolio, estamos ante una democracia disminuida.'

la regla según la cual la política no interviene en el campo privado sin derecho de reciprocidad coloca a la política no sólo en inferioridad respecto a los poderes sociales, también la vuelve estéril. En estas condiciones, a la acción política se le puede colocar el anuncio de los viejos carteles taurinos: la política actúa "con el permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide". Lo intentaré ilustrar con un ejemplo: el caso BBVA.

Cuando saltó el escándalo de los fondos de pensiones en dinero negro, que estaban en paraísos fiscales a nombre de algunos consejeros de ese banco, el debate se redujo inmediatamente al espacio de las responsabilidades políticas, es decir, las de los gobiernos. Bien el de¡ PP, como parece obvio, bien el del PSOE, lo que consiste en la repetición de la consabida consigna según la cual Felipe González es el responsable de todos los males de la Patria. Metidos los políticos en el corralito de las responsabilidades políticas, las prácticas perversas de los poderosos se dejan en manos de los jueces, sin que el debate político se ocupe de estas prácticas desde el punto de vista jurídico (para cambiar las leyes si ello fuera preciso) y tampoco desde el ético: ¿cómo es posible que estas personas, autores de tales prácticas o sus pares sigan liderando el discurso sobre moderación salarial o contra el sistema público de pensiones? ¿No existe nadie en la izquierda capaz de suscitar un debate que apunte al fondo de la cuestión?

El fondo no es otro que la existencia de una verdadera casta oligárquica que se hace multimillonaria cada año y que no da cuenta de sus actos más que ante Dios y ante la Historia. Por otro lado, el dinero que ganan los bancos (y los especuladores de suelo, y hasta los industriales) no les toca en la lotería, sino que lo amasan manejando nuestro dinero y nosotros, a través de nuestros representantes políticos, ¿no tenemos nada que decir? ¿No es posible, por ejemplo, una nueva ley de sociedades anónimas que dificulte o impida la oligarquización?

Entre ser apocalípticos o ser integrados (para usar los términos dicotómicos de Umberto Eco) cabe siempre algún‑término medio, por ejemplo: tomarse radicalmente en serio la democracia. Lo cual, en Europa, al menos por ahora, significa tomarse en serio a los partidos políticos, incluida su ‑cada vez más aleve‑ democracia interna y, sobre todo, su cada día más estrecho campo de juego.

Quienes apostaron en Europa por la total privatización de las, empresas públicas, ¿cómo es posible que no previeran los efectos perversos de tal decisión? Predicando el objetivo de la eficiencia competitiva, en horas veinticuatro pasó de las musas públicas al teatro privado una tal cantidad de poder social como para aplastar al más pintado. Acabaron, desde luego, con una buena parte de¡ poder‑sindical que era, supongo, uno de los primeros fines eficientes, pero machacaron, a la vez, muchas más cosas. Por ejemplo, el viejo Derecho Laboral, sin que hasta ahora haya sido sustituido por otro más acorde con los tiempos en los que vivimos.

La inseguridad en el empleo, los contratos efímeros, una creciente población marginada y, por lo tanto, aculturizada son las primeras y visibles consecuencias. Si a eso se une la oleada ideológica y política contra los impuestos, algunos de los cuales, además, sólo pagan como es debido los asalariados, estamos ante un horizonte desolador. Desolador y socialmente peligroso. Sin mecanismos de redistribución es bien sabido que la mano invisible del mercado conduce inexorablemente a un reparto de la renta crecientemente desigual, asintomáticamente insoportable.

La evolución de la socialdemocracia en los últimos años, especialmente en el Reino Unido y Alemania, pero también en España, resulta a estos efectos altamente significativa. Se aceptaron sus tesis reformistas como el enfermo acepta la vacuna ante la amenaza de la viruela, pero desaparecido de la faz de la tierra el virus que la provocaba (el comunismo) se diría que los poderosos están dispuestos a prescindir del invento de Jenner por inútil.

Claro que sobrevive la protesta, una expresión siempre desarticulada y, como tal, ineficaz, pero en ella late la desazón por lo injusto, la semilla del rechazo global. Desazón y semilla que los demagogos saben bien cómo regar y cosechar.

Al inicio de los años treinta, en medio de la crisis, los poderosos y sus lebreles políticos y económicos sostenían que la prosperidad estaba a la vuelta de la esquina, pero, al doblarla, con lo que se encontraron fue con el monstruo de los totalitarismos homicidas. Ni de lejos la situación es ahora parecida a aquélla, pero el discurso antes satisfecho y bienpensante sigue siendo el mismo.

Hemeroteca
Esta semana
Lista La trinchera de papel