Nº 518
227/2002

Gabriel Cisneros, secretario general del Grupo Parlamentario Popular

“EL DEBATE HA CONSOLIDADO A ZAPATERO EN SU PARTIDO”

Satisfecho por el resultado del reciente Debate sobre el Estado de la Nación, no tiene reparos en alabar la intervención de José Luis Rodríguez Zapatero. Tampoco oculta su disgusto ante algunos “excesos” de ciertos diputados, a quienes exige que echen mano del código deontológico antes de subir a la tribuna. Gabriel Cisneros, uno de los padres de la Constitución, es tajante ante el conflicto suscitado por el ultimátum del Parlamento vasco: “el ámbito vasco de decisión no cabe en la Constitución”.

Por Esther Jaén

—¿Cuál es su balance del reciente Debate sobre el Estado de la Nación?       

—Ha sido un buen debate de contraste de ideas, en el que ha habido materias, tanto en el incidente con Marruecos como en la desdichada resolución del Parlamento vasco, en las que se han puesto de manifiesto coincidencias sustanciales entre las dos grandes fuerzas políticas. Ése es el primer elemento a subrayar. El segundo y más llamativo ha sido la muy buena intervención, desde el punto de vista formal, que hizo José Luis Rodríguez Zapatero. No recuerdo sus propuestas con concreción, pero es innegable que hizo un debate con estilo y galanura parlamentaria. Yo creí advertir, en algunas de sus agudezas, la sabia inspiración de Alfredo Pérez Rubalcaba.

—¿Cree que Zapatero se ha consolidado como líder y jefe de la oposición?

—Ese juicio corresponde a la familia socialista. Lo veremos en las semanas próximas en el tratamiento de los medios más afines al PSOE. Pero yo diría que sí, que el debate ha supuesto una consolidación de Zapatero en su partido.

—¿Ganó el debate Zapatero?

—Esto no es Operación Triunfo, ni se puede leer en clave de vencedores y vencidos. El presidente del Gobierno ha llegado al ecuador de su segunda legislatura, ha concluido las tareas de la presidencia europea y ha realizado una remodelación de su gabinete muy amplia. Y, en esas circunstancias, aborda un segundo tramo de legislatura con una agenda apretadísima. Me pareció injusto y sorprendente el reproche de Zapatero de que éste era un debate de investidura. Si lo que quiso decir es que Aznar hizo muchas propuestas, eso es un elogio.

—Quizá se refería a que Aznar dedicó más tiempo a hablar de lo que hará en el futuro que a pasar cuentas de la gestión realizada, que es de lo que se trata…

—Afortunadamente, tenemos un régimen parlamentario muy vivo. Cada sesión es una rendición de cuentas permanente. Nuestra democracia es de cristal. Zapatero puede solemnizar esa rendición de cuentas, pero qué duda cabe que, desde el punto de vista del Gobierno, era el momento adecuado para el relanzamiento de una nueva etapa, con los nuevos bríos que representan los cambios en el Gobierno.

—¿Cuál fue la peor cara del debate?

—Algunos excesos retóricos, que empiezan a ser alarmantes: que algunos integrantes del Grupo Mixto quieran, a base de violencia verbal e injurias, tener protagonismo. Es intolerable que el representante de ERC, Joan Puigcercós, comparase a Aznar con el golpista Tejero, o que Begoña Lasagabaster, de EA, asegurase que el Gobierno pueda indignarse o entristecerse porque haya una tregua. Fue una intervención miserable. Y no es un problema de reglamento de la Cámara, sino de deontología…

—La reforma laboral y el 20-J fueron una constante en todo el debate. ¿Cree que esa huelga general ha sido el momento más delicado que ha atravesado el Gobierno?

—Probablemente sí, pero es obvio que la valoración de la gravedad de esa huelga está en función de la valoración que se haga del seguimiento de esa huelga general. Y esa valoración se ha convertido en el propio elemento polémico. Yo creo que fue una importante huelga parcial, pero no una huelga general. Pero no vamos a desenterrar ese largísimo debate... (sonríe). En cualquier caso, la reforma laboral se va a tramitar como proyecto de ley. Si algún grupo quiere hacer suyas las propuestas sindicales, está en su derecho, pero no se puede contraponer la democracia parlamentaria a una democracia asamblearia contada por el número de transeúntes en una manifestación.

—¿Ha sido el debate el escenario de la reconciliación de CiU y el PP?

—Esas relaciones están mucho más condicionadas por el escenario autonómico que se avecina. En este período de sesiones, el PP sólo ha votado en solitario en un 2% de los casos. En cuanto al modelo de sociedad, hay muchas coincidencias entre CiU y el PP. Pero, naturalmente, si nos plantean la pretensión de que Cataluña esté directamente representada en la UNESCO, no vamos a coincidir. Son las diferencias de modelo de Estado las que nos oponen. Y creo que también oponen a CiU y al PSOE. Eso forma parte de la historia de España. Hace muchos años, alguien le dijo a Cambó que no se podía jugar a ser Bismark en Madrid y Bolívar en Cataluña. Y ese reproche sigue operando. Lo suelen formular desde las filas del PSC.

—El discurso del portavoz del grupo catalán estuvo plagado de guiños para la reconciliación…

—Y he visto que eso se le ha recriminado en la prensa catalana. Creo que es un hombre de talante dialogante y que, incluso cuando quiere discrepar, le traiciona su bonhomía. Pero es el horizonte electoral el que rige nuestras relaciones ahora mismo. Nos vamos a enfrentar en unas elecciones catalanas dentro de diez meses…

—Y parece que ustedes quieren jugar fuerte enviando a Piqué como candidato…

—Si finalmente se manda a Piqué es porque se tiene confianza en su buena sintonía con las clases medias y la burguesía catalana.

—Precisamente el espectro de votantes de CiU…

—(Ríe) Ése es el problema de CiU, no el mío.

—Tras un largo período de bronca parlamentaria, PP y PSOE se pusieron de acuerdo en la defensa de la Constitución y el Estatuto vasco frente a intentos de sobrepasarlos…

—Los traspasos pendientes son temas susceptibles de discusión. Lo que no es de recibo es que se haga en forma de ultimátum, con un plazo señalado, amenazando con asumir las competencias de forma unilateral al expirar ese plazo… Lo que no tiene cabida en ningún caso en nuestra Constitución es un ámbito vasco de decisión. La decisión soberana corresponde a todo el pueblo español, no a un fragmento de él.

—¿Le ha dado el Parlamento vasco una patada a la Constitución?

—Sí. Y no se puede apoyar una reivindicación soberanista en la propia Constitución, como hizo Anasagasti. Es cierto que la disposición adicional del Estatuto de Guernica dice que ese texto no supone la renuncia a sus derechos históricos. Pero es que el derecho de secesión jamás ha figurado entre los derechos históricos del pueblo vasco.

—El Parlamento vasco da un ultimátum, Anasgasti pide un plazo de 90 días y todo eso coincide con un período de baja actividad de ETA. ¿No le parecen demasiadas casualidades?

—Lo de los 90 días de Anasagasti no me gustó nada. Fue una terminología militarizada, también con aire de ultimátum. Pero ahí no hay más respuesta que dar que la que dio el propio Aznar: frente a los plazos de distensión, pidió lealtad constitucional cotidiana.

—El Parlamento vasco unió voluntades de PP y PSOE y el incidente del  islote Perejil las de toda la Cámara (salvo ERC)…

—Bueno, parece que IU está arrepentida de haber suscrito la propuesta de resolución conjunta, porque entiende que no se han agotado todas las vías diplomáticas. El problema es que sí se habían agotado. Eso quedó claro en la conversación entre los ministros de Asuntos Exteriores. El presidente del Gobierno tomó la decisión de intervenir militarmente cuando fue consciente de que la vía diplomática estaba agotada y que el asunto se iba a pudrir.

—¿Hay que dar por rotas las relaciones España-Marruecos?

—Hay que ser prudentes, porque los acontecimientos se suceden con mucha rapidez, pero en estos momentos, la situación es más que delicada. En cualquier caso, la magnitud de nuestras relaciones es tal que no cabe esperar más que la cordura se imponga. Todo nos condena al entendimiento, pero hay que recordar que Marruecos retiró a su embajador y seguimos sin saber por qué.

—¿Debería regresar a Rabat el embajador español para recomponer esas relaciones o más bien la pelota está en el tejado marroquí?

—El futuro del embajador estará en función de la evolución de la crisis. España ha actuado como debía: no se han aceptado los hechos consumados, ni se ha dado por buena la acción de fuerza de Marruecos. Pero aclarado eso, nadie en España quiere abundar en la crisis, sino volver a la normalidad. En cualquier caso, la pelota está, sin duda, en el tejado de Marruecos.

—¿Con los recientes cambios, Aznar ha hecho un Gobierno más fuerte para preparar su sucesión?

—Ha hecho un Gobierno más fuerte, porque pesos pesados, como Javier Arenas, vuelven al Gobierno. Además, se rectifica una decisión que el tiempo acreditó como errónea: la disociación entre la vicepresidencia política y el Ministerio de la Presidencia. Si ese ministerio es una pieza débil, obliga a una intervención excesiva del propio presidente del Gobierno.

—Por cierto, Álvarez-Cascos ha sido muy crítico con el doble papel de Arenas, en el Gobierno y en el partido…

—Pues no habrá puesto como ejemplo su etapa como vicepresidente y secretario general…

—Precisamente alega que él convirtió en coordinador con plenos poderes a Acebes, para eludir esa situación excesiva…

—Pues yo creo recordar que no cedió todo el poder a Acebes… hubo un conflicto, incluso, con el Gobierno asturiano y no tengo conciencia de que Acebes tuviese una gran intervención en esa crisis. Yo estaba en Génova entonces.

—¿Cree usted que ambos cargos son compatibles?

—Si Arenas hubiera desempeñado otra cartera, no. Pero en una cartera especializada, como la de Administraciones Públicas, pienso que puede ser compatible, aunque no descarto que esa decisión se pueda revisar en el futuro, si el tiempo demuestra que existe una dificultad funcional. En cualquier caso, las críticas de Cascos me parecen un exceso. Ni un partido político en un régimen pluralista es un movimiento, ni hay por qué evocar etapas pasadas.

—¿Se ha convertido Álvarez-Cascos en el Pepito Grillo del PP?

—Creo que tiene tanta legitimidad biográfica en este partido para decir las cosas que dice, que nadie puede cuestionarle ese derecho.

—¿El sucesor de Aznar saldrá de este Gobierno?

—Si estuviera Jaime Mayor Oreja, lo daría por seguro, pero como no lo está…voy a hacer esa salvedad. Creo que la troika Rato, Mayor Oreja, Rajoy sigue siendo la más razonable. Y si tuviera que ampliarla, quizá añadiría a Arenas.

—¿Y se decidirá quién es el afortunado en maitines?

—Las opiniones aportadas en maitines serán determinantes a la hora de elaborar la propuesta del presidente, como ocurre en todos los partidos democráticos.

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