Nº 518
22/7/2002

MARRUECOS PUEDE DEJARNOS SIN GAS

Por Eulogio López

Los analistas tienen la misma costumbre que el conjunto de los economistas: equivocarse todos juntos, al mismo tiempo y en la misma dirección. Por ejemplo, Totalfina, la multinacional francesa del petróleo, quiere ampliar su red en España. Deducción: Santander Central Hispano va a vender su participación (20%) en Cepsa a los franceses, que definitivamente se asentarán en nuestro país. Los periódicos se hacen eco de tal conclusión, lo ponen en boca de los susodichos analistas... y si yerran siempre podrán atribuirlo a un rumor de mercado. Además, quien dice que va a llover acaba ineludiblemente por tener razón.

Volvamos atrás en el tiempo. Carlos Pérez de Bricio, presidente de Cepsa, durante la víspera de la Junta General de Accionistas de la petrolera, advertía lo siguiente: El Medgaz (proyecto de gasoducto que unirá Argelia con Almería sin pasar por Marruecos) “es estratégico para Europa”. Dejó implícito lo que los presidentes de grandes empresas están obligados a eludir de cargo: el Medgaz es estratégico precisamente porque no pasa por Marruecos.

Ahora bien, el Medgaz es un proyecto, sólo eso. En él están implicados Totalfina, BP. Gaz de France, Endesa y Snam, pero en el mejor de los casos no estará en funcionamiento hasta el año 2006. Cuando Pérez de Bricio pronunciaba estas palabras, los marroquíes no habían invadido el islote del Perejil, ni España había ordenado la actuación del Ejército. Ahora, esas palabras se vuelven especialmente pertinentes.

El gas es el combustible clave del futuro próximo. Para traerlo a España hay dos posibilidades: el gasoducto Magreb-Europa, que parte de la localidad argelina de Hass R’Mel y, tras recorrer más de 500 kilómetros por territorio marroquí, alcanza el Estrecho de Gibraltar, o los buques metaneros que transportan el gas licuado desde cualquier lugar del mundo hasta los puertos españoles para regasificarlo. Naturalmente, las plantas de regasificación actualmente en funcionamiento no dan abasto para las necesidades actuales y, por supuesto, no pueden proporcionar el combustible necesario para la treintena de centrales de ciclo combinado que están programadas.

A esto, justamente a esto, se refería Pérez de Bricio. La cuestión es: si las relaciones entre España y Marruecos se deterioran aún más, y todo podría suceder, ¿qué impide a los marroquíes cortarnos el suministro de gas, lo que nos abocaría a algo muy parecido al bloqueo energético? Gas Natural, la empresa clave en todo este entramado, es la más afectada por el deterioro de relaciones.

Jurídicamente, todo está de nuestra parte, Gas Natural es el propietario del tubo y de las estaciones de compresión. El gas es argelino, un país que siempre se ha llevado como el perro y el gato con Marruecos. Hasta ahí todo bien, pero en una situación de enfrentamiento armado o de guerra fría, ¿qué valor tienen los contratos? Todo podría ocurrir.

Diversificar las fuentes de energía necesaria se convierte así en una cuestión no sólo económica, sino también política. Ahora bien, el suministro energético no sólo depende de los yacimientos y de gasoductos y oleoductos, sino de las empresas del sector. Y así volvemos a Cepsa y a los analistas.

La verdad es que el porvenir de Cepsa no depende de Cepsa, sino de su hermana en el grupo industrial SCH, es decir, de Unión Fenosa. La compañía eléctrica está muy endeudada. A la fuerza, porque la estrategia diseñada por el fallecido Victoriano Reinoso implicaba precisamente eso: endeudarse para crecer en el segmento del gas, con fortísimas inversiones en Egipto. Fenosa, por decirlo en pocos trazos, está obligada a crecer. Es, además, una empresa deseada, porque ha demostrado su capacidad de generación de recursos. Emilio Botín no deja de recibir ofertas por ella. Por ejemplo, de los italianos de ENEL.

Al mismo tiempo, Cepsa vive en un delicado equilibrio accionarial. Bajo gestión española, los franceses disponen del 45% del capital, por un 20% del SCH y un, atención, 5% de Fenosa. ¿Qué pasaría si el SCH vendiera Fenosa? Pues pasaría algo terrible: pasaría que ese 5% rompería el equilibrio de la segunda petrolera española.

Cepsa no constituye tan sólo un competidor que avala la libre concurrencia en el sector petrolero frente a Repsol-Gas Natural: es, además, una pieza clave para la diversificación y aseguramiento del suministro energético, especialmente en un momento en el que las empresas de carburantes, sobre todo las gasistas, se convierten en eléctricas y las eléctricas producen energía a partir del gas.

Las empresas energéticas no son simples sociedades anónimas: constituyen piezas básicas de la diplomacia y de la política, auténticos elementos geoestratégicos.

Es algo que los franceses tienen muy claro. Ellos no permitirían que un español comprara Totalfina, a pesar de ser la empresa más escandalosa de toda Europa. Y, por la misma razón geoestratégica, han paralizado la liberalización energética de toda la Unión Europea. Hace muchos años que los galos optaron por la autarquía energética, es decir, por la energía nuclear. Por eso, y bajo la excusa del famoso servicio público francés, construyeron centrales nucleares, muchas de ellas al lado mismo de los Pirineos, mire usted por dónde. Por todo ello, Francia no puede ser chantajeada por Marruecos. España sí.

LA SENSACIÓN DE CRISIS Y EL BUEN GOBIERNO

L o de la bolsa no es una crisis temporal. Es una crisis estructural, el fin de una era de especulación, aunque supongo que no de la especulación.

Ni las malas prácticas contables, ni el miedo al terrorismo internacional o al choque de civilizaciones, ni la crisis iberoamericana pueden dar razón de lo que está ocurriendo. Se acabó aquello de que todo lo que baja sube y todo lo que sube baja. A lo mejor la Bolsa, todas las bolsas, bajan y se quedan donde están: abajo.

La crisis de la Nueva Economía ya ha culminado. Se ha limpiado el ambiente enrarecido, pero es que ahora no son los valores tecnológicos los que se despeñan, sino todo el mercado en su conjunto. Por tanto, hay que buscar la razón en otro sitio, más lejano y más profundo.

La gente ya no confía en Alan Greenspan, y sospecha que el presidente de la Reserva Federal les miente cuando habla de recuperación económica. No, la razón de la desconfianza en la Bolsa tiene que estar en otro lado.

Durante los años noventa, el mercado secundario no ha dejado de crecer. Hoy en día, ese mercado, netamente especulativo y alejado de la economía real, se ha hecho con el control de las bolsas. En Wall Street representa más del 99% de la contratación, en Madrid, cerca del 98%. ¿Por qué había de funcionar un mercado que funciona como un casino y que cada día que pasa tiene menos que ver con las empresas cuyas acciones negocia?

Y la verdad es que sólo el fisco puede contener esta burbuja especulativa. En todo Occidente, se empieza a hacer patente la necesidad de castigar al especulador, no por afán recaudatorio, sino para que los mercados financieros no estallen. Porque esos mercados son los soportes de los fondos de inversión y de pensiones, es decir, los soportes del ahorro mundial.

Además, los clásicos de los mercados afirman que la Bolsa está avisando de una crisis más profunda. Una crisis de la que sólo se podría salir con una reducción de gastos, con austeridad. Se acabaron los tiempos de los grandes negocios. Ahora hay que apretarse el cinturón sin renunciar a la inversión.

Sin embargo, el proyecto del Gobierno Aznar para elaborar una normativa sobre buen gobierno de las empresas necesariamente ha de ser más modesto. Eso sí, hay algunas cuestiones claras. La primera, que hay que acabar con las discriminaciones de los pequeños accionistas. Casos como el de Dragados o el de Vallehermoso han puesto la cuestión al rojo vivo: no puede ser que la compra de una participación de control genere la discriminación del pequeño inversor. Lo malo es que éste es uno de esos problemas en el que todos conocen la solución pero nadie se atreve a ponerle el cascabel al gato: que las compras impliquen una oferta sobre el 100 por 100 del capital. Sólo hay que definir cuándo una participación es de control. Legalmente resulta muy complejo. En la práctica, todo el mundo sabe cuándo una participación, sea del 5%, o del 15 o del 20, supone la conquista de una compañía. Para eso está la CNMV. Al menos, serviría para algo. 

La otra tentación es la de la transparencia en las remuneraciones de consejeros y ejecutivos. Respecto a los primeros, ya se han conseguido algunos avances. El Código Olivencia ha casi forzado a los grandes bancos y empresas a publicar en sus memorias cuánto cobran los administradores. Pero hay trampa: salvo excepciones, casi todos publican los emolumentos conjuntos de todo el consejo, no pormenorizado.

Si hablamos de ejecutivos, el asunto se vuelve mucho más peliagudo. En plata: en España no existe la menor tradición sobre transparencia en los sueldos de los altos directivos.

Además, la norma es de difícil aplicación: existen muchas maneras, entre ellos los pagos en especie, para burlar la norma.  

El presidente de Caja Madrid, Miguel Blesa, dice que no cree en los códigos de buen gobierno, a los que califica como catecismos empresariales. Tiene razón. El catecismo propone, pero cuando a los poderosos como Blesa les tocas el bolsillo, se hace necesario imponer las reglas: es decir, el Boletín Oficial del Estado. A ver si Rodrigo Rato se atreve con ello. Es su oportunidad para demostrar que gobierna sobre los empresarios y poderosos, no con ellos.

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