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Nº
580
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1/12/2003
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Iñaki Gabilondo, en la entrega del Premio Cerecedo de Periodismo En defensa del periodismo comprometido y valiente El conocido periodista Iñaki Gabilondo, director del programa Hoy por Hoy de la Cadena Ser, recibió la pasada semana el premio Francisco Cerecedo de Periodismo, uno de los más prestigiosos de la profesión en nuestro país. Su discurso tras recoger el galardón de manos del Príncipe Felipe resultó un auténtico alegato contra el “periodismo basura”, el “periodismo anestesiado” y el “periodismo veneno”, como él mismo los definió. Por su indudable interés El Siglo ofrece a sus lectores sus palabras íntegras. Alteza, amigos, buenas noches. Quiero agradecer al jurado muy sinceramente, no sólo el premio, que me honra, sino el catálogo de virtudes que se supone que lo justifican, que me abruma, como es natural. Y, por otro lado, quiero expresar mi emoción por estar reconocido en nombre de Francisco Cerecedo, Cuco Cerecedo, que es un nombre que pronunciamos con un respeto, es una bandera de libertad, el lobo solitario con talento extraordinario, defensor de causas perdidas, y símbolo de tantas causas para nosotros. En fin... muchísimas gracias por este premio que además es concedido por un grupo de colegas en los cuales me reconozco mucho porque forma parte de la generación que se crió en la ilusión del periodismo, la ilusión de la política y la ilusión de la democracia. De manera que cuando ahora observo que, yo ya tengo hijos que tienen casi la edad que tenía Cuco Cerecedo cuando murió, porque, aunque nos parezca mentira, nos vamos haciendo mayores y Cuco siempre estará joven, pero se murió a los 37 años, la edad que todavía no tiene el Príncipe, la edad que todavía no tienen mis hijos, pero no les falta mucho, y a los que vemos como hombres con un inmenso camino por recorrer. Sin embargo, Cuco nos saluda al final desde el final del camino que él recorrió a esa misma edad, nos recuerda que teníamos nosotros esa misma edad cuando teníamos esa ilusión del oficio y esa ilusión de la democracia que después, cuando llegaron los tiempos de los fervores caídos y de las banderas arriadas, terminó poniéndonos a todos una cierta máscara de cinismo que, ciertamente, yo quisiera pedir esta noche que nos la quitáramos por un ratito, aunque sólo sea para que vean nuestro verdadero rostro las jóvenes generaciones. Como consecuencia de algunos desengaños, como consecuencia del paso del tiempo, como consecuencia de... bueno, como consecuencia de la vida que va, terminamos creciendo en el escepticismo y nos pareció muy internacional y, como digo, terminamos todos por dormirnos en la cáscara del cinismo. Pero a mí no me vais a engañar. Yo os conozco y sé que moriréis con las botas puestas de la ilusión por el oficio y de la ilusión por la democracia. Y creo que es bueno que nos lo digamos porque, entre nosotros, vale ese juego más o menos tramposo de cinismo, que sabemos que es una pequeña finta para que nadie parezca más débil que los demás, pero tenemos la obligación de decirle a las generaciones más jóvenes qué creíamos que era este oficio y qué no nos gusta que está pasando en este oficio. Y, para eso, os invito y me invito a que hagamos de nuevo un ejercicio en nombre de Cuco Cerecedo de regresar a nuestros treinta y tantos años y reafirmar ahora lo que entonces creíamos, y lo que yo sé que seguimos creyendo: que este es un oficio que sólo tiene sentido si tiene una responsabilidad en la sociedad. Nosotros entonces no hubiéramos aceptado lo que ahora mucha gente joven cree; mucha gente joven cree ahora que periodismo es una manera de definir muchas cosas muy diferentes, y que lo que verdaderamente resulta sustantivo es ser periodista de PRISA, o de la COPE, o de Vocento, porque es tan diferente que nada los pone en común, que es diferente ser periodista de lo público que de lo privado, y que todo trabajo periodístico tiene un objetivo que lo legitima todo que es el éxito. Vosotros sabéis que nosotros nunca lo veíamos así y vosotros sabéis que nos moriremos sin verlo así. Nosotros nos moriremos creyendo que un periodista es un ser humano comprometido con la sociedad en la que vive, y que lo de trabajar en una empresa o en otra es un adjetivo que lo matiza, pero que no lo conecta directamente con su almendra. La mejor actividad que yo puedo desarrollar, para ser leal con la empresa para la que trabajo, es ser leal al oyente que me oye y el periodista que escribe, de ser leal al lector que le lee, y no una manera de ser leal a la empresa en la que uno trabaja siendo desleal al oyente que le oye. De manera que dejémonos de tonterías. Nuestro trabajo es como creíamos que era cuando teníamos treinta años, no de es otra manera, es así. Es una actividad libre, pero noble y necesaria, es una actividad que está comprometida con la sociedad, es una actividad que no puede permitir las cosas que están pasando haciendo como que no importa y que nuestro cinismo nos permite verlo como quien observa con displicencia cómo se van desviando las cosas. No, nuestro oficio es como decíamos que era. Nuestro oficio se juega en serio y se juega en lo público o en lo privado, en una empresa u otra, siendo de la ideología que sea la empresa, con decencia o con indecencia, como siempre fue y como siempre será. Y no nos auto-justifiquemos de otra manera. Pensamiento único, decimos. En los últimos tiempos, como siempre que se da la mayoría absoluta. Pensamiento único en el sentido más literal de la palabra: único, de uno, que termina siendo pensamiento de prácticamente todos los demás. Nosotros crecimos prácticamente en la cultura de un pensamiento, no digo de ese grado, digo de esa particularidad, como único. Nosotros sabemos que eso no es así. Por tanto, atrevámonos a decir que nos sigue pareciendo que este oficio sólo se justifica porque tenga sentido para la sociedad, y que, aunque las banderas se arriaron, nuestro corazón se sigue inflamando cuando creemos que hay un oyente que nos oye y que nos cree, y cuando hay un lector que nos lee y que nos cree, y hay un espectador que nos oye y que nos cree, y estamos saludando un mundo interior de convicciones, en función de puntos de vista que nosotros expresamos. Y que no podemos aceptar la televisión basura porque eso es una auténtica degradación, pero, dicho lo cual, hemos de añadir que no es la única degradación. Casi diría que ni la más grave, porque el periodismo basura es un auténtico escándalo, que nosotros deberíamos alzarnos para neutralizar, pero luego está el periodismo veneno, y el periodismo veneno está ahí, activando y agriando verdaderamente las relaciones en nuestro país, y está el periodismo anestesiado, que anestesia y es anestesiado, y todos esos periodismos están conviviendo con nosotros y parecería que forman parte del mundo desarrollado, lejano ya de aquellos tiempos ingenuos en los que creíamos que eso no se podía permitir. Yo creo que hemos de condenarlo, que hemos de protestar por eso, y que hemos de afirmar nuestras propias convicciones como si volviéramos a tener 30 años puesto que nos convoca aquí Cuco Cerecedo. De manera, amigos, que, denunciemos esas prácticas que cometen y cometemos, y no vamos al juego de jugar a quien mira desde el balcón los pecados ajenos, sino quien observa desde el interior de una sociedad los pecados de esa sociedad, y los pecados de una actividad que es la nuestra, y de una profesión que es la que estamos desarrollando. Quería decir también que nosotros nos tenemos que alzar, puesto que creímos en la democracia y luchamos por ella cuando creemos que la democracia se debilita, se desmuscula, cuando, de repente, descubrimos que la discrepancia se descalifica. Cuando, de pronto, la discrepancia se descalifica muy seriamente, no es que se desdeñe la discrepancia, es que la discrepancia puede ser calificada de antipatriótica, puede ser calificada de cómplice de los asesinos, puede ser descalificada diciendo cosas como que una oposición puede estar deseando que vuelvan muertos de los frentes de batalla. Cuidado con descalificar la discrepancia, y muchísimo cuidado además con descalificar la discrepancia y con adormecer el debate en la sociedad. Porque, eso que parece un buen negocio en algún momento para según quiénes es un negocio fatal para la sociedad. Si maldecimos a los discrepantes y si reducimos, achicando espacios, los territorios del debate, ¿qué haremos cuando tengamos necesidad de toda la energía social para afrontar problemas en serio? ¿Han pensado ustedes, o habéis pensado, alguna vez que si a la muerte de Franco las posiciones respecto a la discrepancia estuvieran marcadas como están marcadas ahora, y el territorio y el debate estuviera neutralizado como está neutralizado ahora no se hubiera legalizado nunca el Partido Comunista y no se hubiera hecho nunca la Constitución? ¿Os imagináis que si llega un día en que nuestra sociedad necesita de todas sus energías para afrontar cuestiones extremadamente delicadas y necesita las conexiones de las discrepancias para articular soluciones a problemas concretos habremos perdido la costumbre de discrepar y debatir? ¿A qué parece esto extremadamente serio? Daos cuenta de que la discrepancia, la más dura que pueda existir, y la expresada de una manera más radical, el debate más agudo, es una apuesta en común, un debate es siempre una puesta en común. Hasta el debate más agrio es una puesta en común, en común. ¿Qué estamos poniendo ahora en común? Yo no creo que estemos poniendo en común casi nada y me temo que vamos a necesitar dentro de no mucho tener una cierta práctica de poner cosas en común. Ya resulta un poquito terrible que la palabra que marca la esencia misma de actividad democrática está en este momento proscrita: la palabra diálogo, porque resulta que se la asocia con un determinado tipo de diálogo y como un determinado tipo de diálogo es, yo lo comprendo, absolutamente imposible, ha quedado la palabra entera manchada, y el diálogo, que es el instrumento de la democracia, parece ser un instrumento a manejar de noche, en la oscuridad, y cuando no nos vean los guardias. Dicho lo cual, yo quería alertar del último peligro que yo observo a fecha, en este momento, en nuestra profesión, que es la deriva del periodismo hacia la propaganda. En parte, como consecuencia de la manera que tenemos de vivir, estamos viviendo a una velocidad extraordinaria, y de esa velocidad extraordinaria se deriva una prisa extraordinaria, de esa prisa extraordinaria se deriva una información resumida que se digiere a todo correr, que es la información del titular, del flash, la titulación al galope, en la que, como tantas veces digo yo, porque lo compruebo y lo padezco cada día, apenas cabe la complejidad. La realidad es cada día más compleja y, sin embargo, los medios de comunicación, porque así se vive, demandan una vacuización muy, muy contra la complejidad. Se reprocha a los medios de comunicación tal cosa, pero no es sólo los medios de comunicación. La sociedad vive así, reclama a los medios de comunicación brevedad, los medios de comunicación devuelven brevedad y, en un círculo que se cierra, influidos por la sociedad e influyendo en la sociedad vamos viendo una celebración enloquecida que convierte los temas más complejos en una frase, una respuesta, un apunte, un dardo, un disparo. ¿Dónde están los matices? Y, si no están los matices, ¿dónde está la verdad que decía Paul Verlaine, que es ahí donde se encuentra la verdad? Bien, pues si esa realidad de nuestra sociedad que conduce al lenguaje de la propaganda, de una manera natural, sin que nadie lo desee, como una pura deducción de nuestra propia manera de vivir. Si ya estamos circulando con el riesgo de acercarnos en la información al lenguaje de la propaganda, ¿no está notando alguien que alguien está manejando ya ese instrumento para convertir la información en propaganda? Pues, atención, porque podríamos encontrarnos dentro de poco con algunos problemas, no pequeños, como son necesidad de debatir en una sociedad que ha perdido la costumbre, necesidad de ponerse en contacto con los otros cuando casi todos los otros han sido proscritos, necesidad de articular la complejidad cuando nos hemos visto incapacitados de entenderla, y necesidad de conectar con la sociedad para hacerle entender la realidad de nuestros problemas cuando la sociedad solamente pide mensajes que llegan por los conductos de la propaganda, que, como saben ustedes, no es un directo a la razón, sino una especie de directo al hígado. En fin, puede que no resulte muy animoso el paisaje, pero, sin embargo, yo lo recojo lleno de ánimo porque lo recojo para recordar que creíamos cuando teníamos treinta años que las cosas eran aproximadamente así, y eran muchísimo más difíciles, pero nos parecía que nuestro oficio, que no era la solución de nada, podía jugar un papel interesante en esa línea, y nadie estaba preguntando en qué medio trabajaba cada cual, ni si era público o privado, o si era de este color o era del otro. Nuestra condición de periodistas nos comprometía de una manera natural con la realidad de nuestro país. ¿Me vais a decir que ya no creéis en eso? Pues no me lo voy a creer. Nos hemos disfrazado, pero seguimos creyendo en eso, y como seguimos creyendo en eso, yo quiero que esta noche nos atrevamos a decirlo, y que, a partir de ahora, se lo digamos a nuestros jóvenes compañeros. Yo no paro de decírselo, porque creo que es imprescindible que ellos sepan que no se han equivocado al elegir esta profesión, y que esta profesión es como Cuco quería que fuera. Alguien preguntó una vez qué hubiera hecho Cuco si tuviera ahora 58 años y ganas, ¿hubiera claudicado? Pues vete a saber. Lo mismo se había perdido en cualquiera de las causas perdidas por ahí en quién sabe qué nuevos Bolivias, o quizá no, quizá hubiera regresado aquí y hubiera estabilizado más o menos su vida, pero no tengo la más mínima duda de que, además de escribir como un auténtico dios, hubiera dicho esta noche que está de acuerdo con lo que yo estoy diciendo. Muchísimas gracias a todos, reitero mi emoción por el premio y mi agradecimiento a todos por él, y a su Alteza, por estar con nosotros, a la que por cierto, le deseo, nos deseo en él, mucha suerte. |