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Nº
553
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28/4/2003
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Batalla entre El Correo, Prisa y El Mundo por las muertes de Anguita Parrado y Couso GUERRA FEROZ ENTRE PERIÓDICOS Las muertes de los periodistas Julio Anguita Parrado y José Couso en Iraq han generado una fuerte crispación entre las principales empresas periodísticas. El debate sobre las condiciones laborales en las que ambos profesionales desarrollaban su labor ha derivado en una guerra mediática en la que se suceden los ataques cruzados. El Grupo Correo y Prisa responsabilizan a Pedro J. Ramírez de la precariedad que sufría desde hace años Julio Anguita Parrado, y el director de El Mundo se defiende acusando a ambos grupos de utilizar datos falsos para atacarle. La lucha ha sido tan violenta que Julio Anguita padre ha declarado que las guerras mediáticas son las únicas en las que ni siquiera se aplica la Convención de Ginebra. Por Fermín Núñez Les he dicho a todos que, si me muero, no dejen que Pedro J. venga a mi entierro y se cuelgue medallas a costa mía. Esta última voluntad atribuida a Julio Anguita Parrado por la corresponsal de El Correo, Mercedes Gallego, junto a otras confesiones sobre su precaria situación laboral en El Mundo, ha desatado un agrio conflicto entre los principales grupos mediáticos del país. El Grupo Prisa tradicional adversario de El Mundo y El Grupo Correo cuyo máximo responsable, José María Bergareche, se ha caracterizado siempre por mantener una estrategia empresarial cordial con sus competidores se han hecho eco de estas imputaciones a través de destacados articulistas de medios como El País, ABC, El Correo Español o Telecinco. Por su parte, Pedro J. Ramírez ha reaccionado con rapidez y dureza al ataque, acusando a sus competidores de falta de ética periodística y de utilizar datos falsos para intentar desprestigiarle. Unas réplicas y contrarréplicas que se han visto agravadas por las alusiones veladas y las indirectas en que muchas de ellas se han sustentado. Los acontecimientos se desencadenan justo en las vísperas de la ocupación del centro de Bagdad por las tropas estadounidenses y británicas. El pasado día 7 de abril saltaba a los medios la noticia de la muerte del corresponsal de El Mundo Julio Anguita Parrado, causada por el impacto de un misil sobre un centro de operaciones de la Tercera División de Infantería norteamericana en la que había conseguido un puesto de privilegiado observador del conflicto. Pero no fue hasta el día siguiente el mismo en que también fallecía el cámara de Telecinco José Couso a manos de la artillería americana cuando se inició el conflicto mediático. Mercedes Gallego, otro de los corresponsales que había obtenido una plaza en primera línea de fuego, destapaba la caja de los truenos al desvelar ante las cámaras de Telecinco, que Julio Anguita había manifestado expresamente su deseo de que Pedro J. Ramírez no acudiera a su funeral. ¿Por qué?: en su crónica de aquel mismo día para El Correo, Gallego ponía en boca de su compañero y amigo diversas confesiones sobre su precariedad laboral y su temor a perder su puesto de corresponsal de El Mundo en Nueva York, responsabilizando de todo ello al director de la publicación. El texto, difundido a las 20:29h. de aquel día por la agencia Colpisa (perteneciente al Grupo Correo) bajo el título Un negro presentimiento, comenzaba relatando las peripecias que llevaron a ambos a ser elegidos como acompañantes del ejército norteamericano en la guerra, para más adelante afirmar que a Anguita Parrado: El Mundo le había dado pocas satisfacciones recientes. La presencia de la hija de Pedro J. Ramírez y su novio en Nueva York le hacía temer por su puesto de trabajo [...] Julio consideró una traición que Carlos [Fresneda, corresponsal jefe del periódico en Nueva York] le sustituyese temporalmente con la pareja que amenazaba su puesto, mientras se iba a Iraq. También afirma que antes de viajar a tierras iraquíes Anguita pasó por España para ver a su familia y amigos, apostillando: a quien le costó trabajo ver fue a Pedro J. Ramírez, que sólo le dedicó unos minutos. Fue para negarle en redondo que fuese a darle la plaza de plantilla en Nueva York por la que había estado luchando durante tantos años. Sin embargo, estas dos alusiones directas a Ramírez fueron recortadas en una nueva versión con la que dos horas y media después, a las 23:11h. la agencia Colpisa sustituía la crónica inicial. De esta manera, la versión que publicaban al día siguiente los diarios del grupo (ABC y El Correo principalmente), no tenía alusiones directas a Pedro J. Ramírez. ¿A qué se debió esta amputación de los párrafos que mencionaban al director de El Mundo? Fuentes cercanas al El Correo aseguran que, en la carta de pésame que el grupo vasco envió a Ramírez por la muerte de su empleado, le ofreció al director la posibilidad de completar su cobertura de la guerra con las crónicas de Mercedes Gallego. Pero la aceptación inicial de esta oferta se tornó en ira cuando Ramírez comprobó el contenido de la primera de las crónicas, a lo que siguieron amenazas al director del diario El Correo, Ángel Arnedo, para que no la hiciese pública: Al no aceptar éste las presiones, Pedro J. se dirigió a los altos cargos del grupo con la amenaza de tomar la publicación de la crónica como un ataque empresarial que iniciaría una guerra mediática entre ambos grupos. Finalmente, los directivos de El Correo consiguieron que Arnedo sustituyera la nota por otra en la que, aplicando criterios estrictamente periodísticos se eliminasen las partes menos demostrables, es decir, las alusiones a las conversaciones de Anguita Parrado con Pedro J., que este ha negado que se desarrollasen en esos términos. No obstante, en esta rendición a las presiones, hay un hecho que no deja de resultar significativo: al cierre de esta edición y junto a la versión revisada, la primera crónica sin censuras sigue disponible en la agencia para todo aquel que la desee consultar. El Siglo ha intentado contrastar estas afirmaciones con Pedro J. Ramírez, pero no ha sido posible por encontrarse de viaje en Italia. A partir de la publicación de la crónica, y con los ánimos todavía calientes por las recientes muertes de los periodistas, muchos de sus colegas claman contra Pedro J. El jueves 10 de abril, un grupo de 69 amigos y compañeros de Anguita envía por fax y por correo ordinario una carta personal al director de El Mundo con el escueto párrafo: Le pedimos que no asista usted a su funeral. Él no quería que usted estuviera. Déjenos llorar en paz y no aumente nuestro dolor con su presencia. Él así lo habría querido y nosotros así lo queremos. Para entonces El País ya ha pasado a la carga. Ese mismo día, el columnista Eduardo Haro Tecglen denunciaba en su artículo El canon y la palabra la censura pedida por el subdirector de El Mundo Casimiro García Abadillo en una emisora [RNE] a la mencionada crónica de Mercedes Gallego. Y al día siguiente el también articulista Hermann Tertsch publicaba en el mismo diario un demoledor texto que bajo el metafórico título Periodistas en guerra, afirmaba: Hay periodistas que [...] temen menos a las bombas que a la precariedad laboral a la que han sido condenados. Son periodistas sin contrato fijo a los que sus directores los mandan a la guerra sin un miserable seguro y obligándoles a pagar de sus bolsillos el equipo mínimo de seguridad [...] Julio pidió que quien le despreció y maltrató en vida [Pedro J.] no se apunte medallas en su funeral, porque era testigo directo [...] del obsceno rapto y comercialización de que fue objeto otro Julio, éste apellidado Fuentes [corresponsal de El Mundo caído en la guerra de Afganistán] con su cadáver, su muerte y su biografía utilizados durante semanas para mayor gloria de quien no era precisamente su amigo [de nuevo Pero J.]. Tertsch alude sin duda a la estupefacción que causó entre muchos periodistas el excesivo protagonismo que Pedro J. Ramírez y algunos políticos del PP se cobraron en acto de entrega de los primeros premios Julio Fuentes y José Luis López de la Calle (periodista asesinado por ETA), celebrado el pasado 28 noviembre. Un protagonismo que, según Mercedes Gallego, Julio conocía y no quería que se repitiese con él. El artículo de Tertsch provocó una inmediata reacción en los despachos de la calle Pradillo: el mismo día de su publicación llegó a El País un desmentido firmado por Pedro J. Ramírez y once directivos más que decía textualmente: Al margen del desprecio moral que nos merece quien es capaz de escribir cosas así, todo lo que el señor Tertsch afirma es absolutamente falso [...]. Julio A. Parrado disponía de un chaleco de protección SI IIIA adquirido por nuestro periódico [...] Era titular de una póliza de seguros número 853017 suscrita a través de Willis Correduría de Seguros y Reaseguros, SA, por la que nuestro periódico venía pagando 6.508 euros de cuota semanal desde que comenzó el conflicto de Iraq. [Después se ha sabido que el ejército norteamericano obliga a todos los periodistas adheridos en sus filas a suscribir un seguro de vida]. El texto en el que Pedro J. afirmaba, además, que iba a hacer fijo a Julio A. Parrado el próximo 1 de mayo, finalizaba con una amenaza explícita de presentar una querella criminal si el periodista no rectificaba su artículo. Pero El País, de momento, se limitaba a publicarlo a la mañana siguiente como una Carta al Director. Desde entonces, El Mundo pasa al ataque: el día 13, su subdirector, Casimiro García Abadillo, publica el artículo La hora de las venganzas, en cuyo final afirma: el drama se ha convertido en campo abonado para la demagogia y la rapiña. Un grupo competidor [El Correo] utilizó una desquiciada crónica de una de las periodistas que vivieron sus últimos días con Julio para extender infundios y falsedades contra EL MUNDO [...] Lo que se perseguía era hacer daño [...] Al utilizar la muerte de un compañero como arma en esta asquerosa lucha entre medios, los que lo han hecho han caído en el nivel más bajo y miserable. Han insultado a la profesión periodística y a todo por lo que gente como Julio y otros han luchado y dado sus vidas. El miércoles 16 de abril se celebra el finalmente el funeral de Parrado sin la presencia de Pedro J. Ramírez ni de ningún otro miembro de la dirección de El Mundo, aunque sí asisten algunos compañeros de la víctima en la redacción. Ese mismo día El Mundo, al igual que otros periódicos, publica una carta de agradecimiento de los padres del periodista (el ex coordinador de Izquierda Unida, Julio Anguita, y la concejal del Ayuntamiento de Córdoba, Antonia Parrado), sin ninguna alusión a Pedro J. ni a la polémica. ¿Qué opina el padre del fallecido de la misma?: el antiguo líder político mantiene desde hace tiempo una relación cordial con el director del diario y el día anterior al funeral cuando éste viajó a Córdoba para dar el pésame a la familia Anguita y Parrado le pidieron que estuviese presente en el funeral. Así al menos lo publicó El Mundo el 17, junto con la explicación de la ausencia del director, que respondía al deseo de evitar que el homenaje a Julio quedara empañado por ninguna polémica o incidente fruto de rencillas periodísticas o guerras mediáticas. Sin embargo, la guerra no había terminado. El lunes 21, Ramírez, en un editorial titulado El deterioro de la ética periodística en España, arremetía de forma indirecta contra todos sus críticos, empezando por la enviada especial [Mercedes Gallego] de uno de nuestros principales competidores [el diario El Correo], quien tras describir a la víctima como un depresivo que tenía fe ciega en ella, [...] se declaró depositaria de la supuesta última voluntad del finado. Las alusiones veladas prosiguen con la cadena de televisión [Telecinco], la agencia de noticias [Colpisa] y todos los diarios [ABC y El Correo] controlados por ese competidor [el Grupo Correo], que difundieron esa película, adobándola con más o menos detalles tan morbosos como falsos, e inventando un nuevo género de periodismo testamentario en el que a falta de prueba documental alguna la indefensión del agredido es absoluta, pues la supuesta fuente habla desde el más allá. Por último, arremete contra nuestro otro gran adversario periodístico [El País], que nos deparó la publicación de un texto de uno de sus periodistas habituales [Hermann Tertsch] en el que se afirmaba categóricamente que Anguita Parrado no tenía seguro y había tenido que comprarse por su cuenta un chaleco deficiente, para pasar luego a criticar la supuesta actitud de un grupo de periodistas cordobeses [los 69 amigos y compañeros de Anguita Parrado, no exclusivamente cordobeses, que firmaron la petición para que no asistiera al entierro], a quienes acusa de organizar los piquetes de la mediocridad para que al final se violentara la voluntad de la familia y se desvirtuaran las honras fúnebres de nuestro compañero, haciendo imposible la asistencia a ellas de ningún miembro del equipo directivo de EL MUNDO. La periodista Mercedes Gallego ha replicado a requerimiento de El Siglo las imputaciones de este editorial, afirmando que en ningún momento calificó a su amigo de depresivo, que la escueta carta del grupo de periodistas no contenía ningún tipo de amenaza, y que lo verdaderamente importante de la polémica es que se ponga de relieve la precaria situación profesional en la que muchos periodistas desarrollan su trabajo, más allá del caso puntual de los corresponsales de guerra. Dos días después del editorial, El País publicaba, bajo el título de Rectificación, un nuevo artículo de Hermann Tertsch en el que se excusa de las falsedades vertidas respecto al chaleco antibalas y al seguro de Julio A. Parrado, pero mantiene su postura respecto a la obscena precariedad en la profesión, que espera sirva para que ciertas personas [Pedro J.] no vuelvan a tener la osadía de hablar de deontología profesional. La réplica de El Mundo, al día siguiente, da por buena la rectificación y deja zanjado el asunto no sin antes calificar sus argumentos a medio camino entre lo patético y lo cómico. Para terminar, Telecinco también se ha visto envuelto, aunque en mucha menor medida, en el debate sobre las condiciones laborales en las que José Couso, cámara que trabajaba como autónomo para la agencia de noticias de la cadena (Atlas), desarrollaba su labor. Aunque fuentes bien informadas afirman que la inmensa mayoría de los cámaras de la empresa gozan de las mismas condiciones que la víctima, ya que les son más favorables económicamente, esto no ha impedido que entre algunos compañeros se levanten suspicacias en torno a la idoneidad de estas condiciones. Al igual que Anguita Parrado, Couso gozaba de chaleco antibalas (protección IV) y de un seguro de vida por valor de 30.000 euros pagado por la cadena. |