|
|
|
||
|
Nº
535
|
16/12/2000
|
||
|
Las peleas entre medios agreden el derecho a la información Censura: marea negra Tengo para mí que fue Adolfo Marsillach el primero en soltar la piedra contra la libertad de expresión cuando mandó recoger hace lo menos 15 años un periodiquillo del Festival de teatro de Almagro porque las críticas hacia su trabajo no eran como deseaba. Pero, de esa china al pedrusco que contra la libertad de crítica ha arrastrado desde las profundidades, no del Atlántico, sino del ominoso pasado en que el cazador Manuel Fraga nos dictaba lo que podíamos publicar o tragarnos, el caso del Prestige, el camino ha estado sembrado de manchas negras, de chapapote, de la merda de la censura, en sus más diversas formas y con los más variopintos protagonistas, entre ellos los propios periodistas. Por Mauro Armiño Que los medios públicos tuvieran prohibido pronunciar palabras como marea negra y catástrofe en los primeros días del desastre del Prestige no es más que una anécdota: por debajo, la sociedad de la comunicación tiene hilillos que sueltan toneladas de censura. Un libro reciente de Arcadi Espada, Diarios (Espasa) abre una tímida ventana al cilicio con puntas de acero con que, desde todas partes: poder, empresas, intereses y conciencia propia, latigamos a la libertad de información hasta dejarla bañada en chapapote. Casos sangrantes como el de El Siglo, a quien una juez condena a indemnización multimillonaria por las pérdidas económicas que un artículo podría ocasionar a un director general del PP que es funcionario público cuando se retire de la política, pueden dejar sentada una jurisprudencia infernal. No abundaré en el caso de El Siglo, del que supongo enterado al lector por esta y otras publicaciones. Pero sí en otros en los que la mordaza adquiere un cariz esperpéntico si sus secuelas sólo fueran la risa: si puede parecer chusco y menor que Lucía Echevarría denuncie a una publicación por haberla llamado plagiaria en su poemario hay más de un centenar de versos, previamente escritos por Antonio Colinas y otros, sin comillas ni adjudicación de autoría, más grave es que un periódico como El País calle tras la retahíla de abogados, leyes y honor que mencionaba en su réplica al día siguiente el secretario de Estado de Cultura, de quien ese diario aseguraba que había plagiado más de dos tercios de una conferencia de 13 páginas. Miserias de currinches. No es sólo el poder político el que hace los nudos de la mordaza. Las relaciones de enemistad y competencia entre periódicos dibuja un paisaje de infantilismo que nos insulta a todos. Citaré sólo periódicos madrileños, pero el lector podrá descubrir tres cuartos de lo mismo en otras partes: si El País es capaz de mentar a la madre de Francisco Umbral colaborador de El Mundo, en uno de los artículos más repulsivos de los últimos años, El Mundo tampoco se para en barras. (Entre paréntesis, pocos esfuerzos tan vanos como los de El País contra Umbral, por más que se aduzcan agravios y ofensas: es sólo un escritor que, con una excelente prosa heredada de los escritores falangistas, escribe bien para no decir nada, adornar tonterías, jalear al PP que le premia y fingir que está en los cerros de Úbeda. Habrían bastado las dos palabras con que Arcadi Espada lo despacha: Pobre hombre). Respuesta pareja de El Mundo: el pasado agosto, Eduardo Haro, Lorenzo Silva, Jesús Ferrero y Méndez Leite fueron invitados, tras una mesa redonda en El Escorial, a salir a la terraza para la pertinente foto: puestos los cuatro en hilera, el fotógrafo se acercó a Haro para decirle que no podía salir en la foto; uno de los otros tres dijo: ¡Ah!, eres de El Mundo. ¡Bien conocía el percal! Al día siguiente, la foto estaba amputada, y en el artículo que lo acompañaba la redactora, coherente, había eliminado la presencia en la mesa redonda de Eduardo Haro. Con ser un ejemplo irrisorio de censura, lo es, y grave, de infamia el hecho de que los otros tres participantes posasen risueños ante la cámara: Por una foto, ¡qué se yo que te diera por una foto!, que habría dicho Bécquer. Empresas a la greña. Corría en mi juventud una anécdota, no sé si cierta o ben trovata: en el diario Pueblo, y durante algún tiempo, sólo formaron la alineación del Real Madrid diez jugadores, porque un tal Gento, jugador famoso, habría birlado una novia al director del periódico. Esto que parece ben trovato es real, sin embargo, hoy mismo: en ABC, pese a que Luis María Anson, director de La Razón, participe en numerosos jurados, entre ellos el del premio Príncipe de Asturias, su nombre no figura nunca cuando dan la alineación de los miembros que deciden el premio. No puede quejarse el maestro Anson de que sus discípulos no hayan aprendido alguna, por lo menos, de sus múltiples añagazas. Todos conocemos los nombres con bola negra en unos periódicos y en otros, y la forma que adopta la guerra empresarial: en el cultural de El País, Babelia, por ejemplo, de los 70 libros publicados hasta ahora por La Esfera, editorial de El Mundo, sólo se ha reseñado uno. En este punto, El Mundo parece jugar con alguna mayor limpieza, pues no renuncia a reseñar libros de Alfaguara, El País/Aguilar, etc. La reciente edición, en el mismo mes, de sendos libros de Fernando Savater en editoras de esos dos grupos mediáticos nos ha regalado una muestra de la peregrina imparcialidad de ambos: las entrevistas con Savater en cada uno de esos periódicos sólo se referían al libro editado por la editorial propia. Pero si estas son miserias de currinches, maniobras de cabo primera para tener contento al capitán, el mes de noviembre ha dado un salto cualitativo: las denuncias realizadas por El Mundo contra César Alierta, a quien el PP nombró para dirigir la empresa desprivatizada de Telefónica tras el fiasco de Villalonga, no sólo han expulsado al director de ese periódico, Pedro Jota, de la mesa de la tertulia El primer café, de Antena 3, dirigida por Isabel San Sebastián, sino que a la semana rodaba la cabeza de ésta periodista por haber refunfuñado ante la expulsión. Alguien ha hecho valer el paquete de acciones de Telefónica en la cadena para bautizar a la censura como decisión empresarial, mientras ínclitos periodistas de raza tal Jesús Hermida y Sáez de Buruaga, acólitos del PP, miraban hacia otra parte; en señal de su desacuerdo, nos hemos negado a firmar el despido, como si así la piedra no terminase cayendo al precipicio. Curiosa profesión ésta, a la que desde luego no se puede tachar de gremialismo: ese gesto caciquil que propina una puñalada a la libertad, a nadie parece haber irritado demasiado: por enemiguismo, por diferencias ideológicas, por competencia empresarial, por enemistad personal, porque sea una práctica corriente, aunque con formas no tan soeces, de la mayoría de las empresas mediáticas, o porque se piense que no está mal que Pedro Jota y San Sebastián prueben el ricino que también ellos han debido aplicar a otros, lo cierto es que la casa está sin barrer y la libertad de expresión en el cubo de la basura: ABC se ha interesado levemente en el tema, irritado entre otras cosas por la ley del Gobierno sobre localias y televisiones; El País se ha dado por enterado del evento en media columna sin mencionar las causas Alierta y Telefónica por eso de su fusión con la cadena digital de Alierta, y la Asociación de la Prensa, en cuya fachada ondea una pancarta con el lema Libertad de expresión: ETA no, no ha dicho esta boca es mía: la libertad sólo parece aplicarse a casos que interesan al Gobierno, no a los periodistas como individuos. Y no es cosa sólo de Antena 3: también Telecinco debería explicar el repentino paso a mejor vida de Caiga quien caiga, el único programa con cierto sentido crítico de toda la televisión española; porque, aunque Luis María Anson, maestro de periodistas, escriba: las empresas tienen sus motivos para quitar y poner los programas, y no voy a entrar en la decisión de Telecinco, (3 de diciembre), si esos motivos con censorios, a otros periodistas sí importan. |