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Un
señorito insolente
Algunos
amigos europeos me han expresado en ocasiones su extrañeza porque
en el mapa político español no exista un partido de extrema
derecha como el de Le Pen en Francia.- con alguna representación
parlamentaria, que reivindique el pasado franquista. En Italia lo hubo,
fue el Movimiento Social, autodeclarado continuador del pasado mussoliniano
que durante años vegetó con un reducidísimo grupo
de diputados.. Aparte, los conservadores italianos fueron capaces de poner
en pié un gran partido la Democracia Cristiana, que mantuvo una
línea antifascista y hegemonizó durante decenios la política
en aquel país. Personajes como Moro, Zacagnini, Fanfani, lo dirigieron
y has-ta fueron capaces de mantener un diálogo inteligente con
el gran Partido de la izquierda, el PCI..
En España al principio de la transición, pudo pensarse que
UCD cuando la dirigían personas como Adolfo Suárez,
Abril Martorell, Joaquín Garrigues, Landelino Lavilla...- podía
desempeñar un papel semejante al de la C.D. italiana; en un momento
dado era presumible que los reformistas que habían roto con los
ultras del franquismo para pactar con la izquierda la Constitución
de 1978, podrían llegar a ser el gran Partido de centro derecha
que contribuyera a consolidar la democracia.
Pero UCD desapareció pulverizada. Poderes fácticos tradicionales
de la finanza, la Iglesia y la milicia provocaron su estallido. Poco después,
su lugar fue ocupado por el Partido Popular, dirigido por personalidades
que en un momento mantuvieron una posición equívoca sobre
la Constitución: aunque una parte terminaron votándola dejaron
en suelaboración constancia de su oposición a alguna de
sus partes fundamentales, como el título 8°. Otros se manifestaron
inequívocamente contra su totalidad. Estos últimos han conseguido
ocupar la dirección del Partido Popular, en el que los elementos
más ultras han logrado la hegemonía. Con esta actitud, han
dejado el mapa político sin espacio para un pequeño partido
de extrema derecha; ese espacio lo ocupa el mismo PP, y los grupos que
como Falange hubieran podido ser ese partido de nostálgicos de
la dictadura, han quedado subsumidos en este magma que hoy es el PP, con
el que se confunden.
La retirada de José María Aznar y el ascenso de Mariano
Rajoy hizo concebir a algunos la esperanza de un cambio de orientación
más democrática. Rajoy era gallego, registrador de la propiedad.
Su aire, sus características personales parecían las de
un hombre más centrado, un conservador, más inteligente,
másabierto. Desgraciadamente ha resultado ser un hombre sin carácter,
que da la impresión de reflejar el de los que le rodean más
de cerca. Ahora en vez de un líder de centro derecha, parece mucho
más un señorito gallego, indolente, acomodaticio, que ha
llegado por casualidad a la política y baila al gusto de quien,
a dedo, le ha colocado en el puesto que ocupa. Tiene a veces la brillantez
del señorito cuya preocupación primordial es quedar por
ingenioso en su tertulia. El ingenio del señorito consiste en mostrar
su gracia denostando y menospreciando a los que no lo son. Ha llegado
al extremo de injuriar de la manera más baja al Gobernante elegido
por la mayoría de los españoles. Con ello no ha hecho otra
cosa que mostrarse como un señorito insolente. Me imagino que a
estas horas las gentes moderadas, los conservadores inteligente, esperan
todavía la aparición de un verdadero líder de centro
derecha, digno de encabezarles.
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