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Nº 676 - 26 de diciembre de 2005

Un señorito insolente

Algunos amigos europeos me han expresado en ocasiones su extrañeza porque en el mapa político español no exista un partido de extrema derecha — como el de Le Pen en Francia.- con alguna representación parlamentaria, que reivindique el pasado franquista. En Italia lo hubo, fue el Movimiento Social, autodeclarado continuador del pasado mussoliniano que durante años vegetó con un reducidísimo grupo de diputados.. Aparte, los conservadores italianos fueron capaces de poner en pié un gran partido la Democracia Cristiana, que mantuvo una línea antifascista y hegemonizó durante decenios la política en aquel país. Personajes como Moro, Zacagnini, Fanfani, lo dirigieron y has-ta fueron capaces de mantener un diálogo inteligente con el gran Partido de la izquierda, el PCI..
En España al principio de la transición, pudo pensarse que UCD —cuando la dirigían personas como Adolfo Suárez, Abril Martorell, Joaquín Garrigues, Landelino Lavilla...- podía desempeñar un papel semejante al de la C.D. italiana; en un momento dado era presumible que los reformistas que habían roto con los ultras del franquismo para pactar con la izquierda la Constitución de 1978, podrían llegar a ser el gran Partido de centro derecha que contribuyera a consolidar la democracia.

Pero UCD desapareció pulverizada. Poderes fácticos tradicionales de la finanza, la Iglesia y la milicia provocaron su estallido. Poco después, su lugar fue ocupado por el Partido Popular, dirigido por personalidades que en un momento mantuvieron una posición equívoca sobre la Constitución: aunque una parte terminaron votándola dejaron en suelaboración constancia de su oposición a alguna de sus partes fundamentales, como el título 8°. Otros se manifestaron inequívocamente contra su totalidad. Estos últimos han conseguido ocupar la dirección del Partido Popular, en el que los elementos más ultras han logrado la hegemonía. Con esta actitud, han dejado el mapa político sin espacio para un pequeño partido de extrema derecha; ese espacio lo ocupa el mismo PP, y los grupos que como Falange hubieran podido ser ese partido de nostálgicos de la dictadura, han quedado subsumidos en este magma que hoy es el PP, con el que se confunden.

La retirada de José María Aznar y el ascenso de Mariano Rajoy hizo concebir a algunos la esperanza de un cambio de orientación más democrática. Rajoy era gallego, registrador de la propiedad. Su aire, sus características personales parecían las de un hombre más centrado, un conservador, más inteligente, másabierto. Desgraciadamente ha resultado ser un hombre sin carácter, que da la impresión de reflejar el de los que le rodean más de cerca. Ahora en vez de un líder de centro derecha, parece mucho más un señorito gallego, indolente, acomodaticio, que ha llegado por casualidad a la política y baila al gusto de quien, a dedo, le ha colocado en el puesto que ocupa. Tiene a veces la brillantez del señorito cuya preocupación primordial es quedar por ingenioso en su tertulia. El ingenio del señorito consiste en mostrar su gracia denostando y menospreciando a los que no lo son. Ha llegado al extremo de injuriar de la manera más baja al Gobernante elegido por la mayoría de los españoles. Con ello no ha hecho otra cosa que mostrarse como un señorito insolente. Me imagino que a estas horas las gentes moderadas, los conservadores inteligente, esperan todavía la aparición de un verdadero líder de centro derecha, digno de encabezarles.

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