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Nº 615 - 13 de septiembre de 2004

Bush y el terrorismo

La apoteosis triunfal del presidente Bush en la Convención republicana de Nueva York ha dejado muy intranquilos a los supervivientes de mi generación. Desde el fin de la segunda guerra mundial no habíamos asistido a ningún espectáculo parecido. Ningún líder político democrático había aparecido en público rodeado de semejante parafernalia, de tan incondicionales adhesiones. Mi amigo Pere Portabella ha hablado de cierta relación con una emisión televisada de Gran Hermano. En mí evoca más bien las grandes paradas en honor de un dictador, allá por los años treinta, paradas que preludiaban la gran catástrofe humana que vivimos después. Hay quienes se niegan a admitir que algo así puede repetirse en el país de la Declaración de Independencia, los Estados Unidos, con tan fuertes tradiciones de libertad. Pero olvidan que a partir de finales del siglo XIX, las tradiciones de este país incluyen también acciones de imperialismo brutal cuyas consecuencias sufrió en su Íempo España. Marx ha escrito que la historia no se repite y cuando lo hace es transformando en farsa lo que originalmente fue tragedia. Y en efecto, tomado en sí mismo el personajillo Bush, da más bien las proporciones de¡ protagonista de una farsa. Por más que se estire, bombee el torso y ahueque la voz, no da la talla de un héroe de tragedia. Pero, atención, al grupo de ultracluiecha que pare encabezar y que seguramente lo manipula como a un fantoche de guiñol, no es posible tomarlo en broma. Es el mismo complejo militar-industrial que ya denunció Eisenhower como un peligro y que ha estado luchando por monopolizar el poder y por el momento lo ha conseguido tras la trampa de las pasadas elecciones presidenciales. Y no es posible tomar ese grupo a broma. De momento se ha apoderado de la dirección de un país que posee las mayores riquezas y las armas más sofisticadas y más poderosas del planeta y que ha demostrado no tener escrúpulos morales en utilizarlas. Si ese grupo logra ganar las próximas elecciones, después de que Bush ha dicho que librará la guerra contra el terrorismo en el exterior" para que no afecte al territorio norteamericano, podremos presenciar una agravación del belicismo, una huida hacia delante tras el fracaso de Iraq y Afganistán.

La utilización de la tortura con os prisioneros y del derecho a asesinar recuperado por la CIA; la reducción creciente de los derechos civiles en los mismos EE UU y la campaña presentando a Bush como un salvador, son partes de una misma política y no actos aislados de algunas personas. Es el grupo de extrema derecha que rodeó a Bush y que se mantiene compacto sin que ninguna dimisión haya seguido a las repetidas denuncias de desafueros y latrocinios que afectan a sus principales cabezas. Si ese grupo se mantiene en el poder, las consecuencias para la democracia y la paz pueden ser nefastas. Y podemos asistir a un recrudecimiento del terrorismo: el de algunos Estados que lo practican y el de los oprimidos que han encontrado un arma frente a la que es difícil luchar, la de sacrificar su vida para golpear al adversario.

Por eso el mundo sigue hoy atentamente la campaña electoral en Norteamérica, contemplando con admiración la valiente acción de masas e individual de los demócratas que se manifiestan para que Bush salga de la Casa Blanca.

Al mismo tiempo, en Europa y otros países muchos responsables se plantean una reflexión más profunda sobre el problema del terrorismo y, estando contra la guerra preventiva, se interrogan sobre si las necesarias medidas de colaboración policial entre Estados son una solución si no van acompañadas de un ahondamiento sobre el contexto nacional, ideológico y económico que rodea en esta época el problema del terrorismo mundial. Si no es preciso acudir más a la política y al diálogo.

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