Nº 599 - 19 de abril de 2004

Hoy respiramos mejor


Cuando este número de EL SIGLO llegue a sus manos, lector, en España tendremos otro Gobierno. Aznar ya no será presidente. ¡Qué peso nos hemos quitado de encima! Aznar se había comportado como el líder de la extrema derecha y, lo que es más grave, había conseguido situar a su partido colectivamente en ese terreno. De hecho, el Parlamento había dejado de ser el lugar de debate y decisión de los grandes problemas políticos. Aznar había participado en la declaración de guerra a Iraq con Bush y Blair desde las Azores por su decisión personal. Envio tropas a Iraq negándose a someterlo a un acuerdo parlamentario. Compartió la visión de Bush sobre la "guerra mundial contra el terrorismo" ignorando la opinión de la ciudadanía y de¡ resto de los grupos políticos del país. impedía la constitución y funcionamiento normal de las comisiones de investigación. Gobernaba el Estado de las autonomías como si fuera el viejo Estado centralista. Utilizó las privatizaciones para controlar políticamente las televisiones privadas y utilizó la radio y la televisión públicas como si fueran instrumentos de agit-pro del Partido Popular.

Por ello, en vísperas de las elecciones del 14 M, en amplios círculos de opinión, existía verdadero pánico a que el PP alcanzara otra vez la mayoría absoluta. Se temía, no sin razón, que en tal caso, el autoritarismo de Aznar, que su heredero Rajoy parecía dispuesto a continuar, llegase a extremos tales que afectasen irremediablemente al sistema político democrático que nos habíamos dado los españoles en la Transición.

Además, toda la propaganda política de Aznar, secundada irracionalmente por la dirección del PP, y por su grupo parlamentario, tendía a presentar al conjunto de la oposición como un conglomerado insolvente, incapaz, antipatriótico y débil ante el terrorismo, mientras que el PP era el único partido capaz de mantener la unidad de España y de luchar contra el terrorismo. El desprecio a la oposición y a sus diversos partidos y el menosprecio a las autonomías era tangible. En la práctica, era una propaganda a favor del partido único incompatible con el sistema constitucional. Hasta fue visible para muchos españoles el menosprecio a la función de los Reyes. Conozco gente que sospechaba que el sueño de Aznar era algo parecido a una República Falangista.

Es pues, comprensible la sensación de alivio con que muchos hemos recibido la derrota electoral del Partido Popular; el estado de ánimo de quienes sentimos como si nos hubiéramos quitado una losa de encima. Está aún demasiado próximo el pasado dictatorial para que los españoles no seamos ultrasensibles a la extraña atmósfera que se había creado en el país durante los últimos años del aznarismo.

Inauguramos nuevo Gobierno con la expectativa de cambiar tal atmósfera y tal política. La responsabilidad de los nuevos gobernantes es pues muy grande. Tendremos tiempo de escribir y de hablar de la nueva situación. Hoy por hoy, me importa insistir en un tema que me parece importante para el futuro de las libertades: la transición democrática española tiene aún una asignatura pendiente: la concreción de un partido conservador inequívocamente liberado de los fantasmas del pasado, que asuma el Estado de las autonomías y las libertades democráticas y que no levante los recelos que levantó Aznar. ¿0 esto es soñar con imposibles en España?

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