Nº 590 - 16 de febrero de 2004
El fanatismo de los oprimidos

El fanatismo como instrumento de opresión ha sido, condenado siempre por las mentes libres. la Ilustración proclamó la voluntad de los mejores cerebros de desterrarle de las relaciones humanas. La humanidad había sufrido tiranías horribles, ejercidas en nombre de convicciones religiosas, con las que en definitiva se defendían los privilegios e iniquidades de regímenes sociales dominantes. La Inquisición católica cumplió ese papel en la sociedad feudal, durante siglos. Salas de tortura, hogueras de infieles, fueron en definitiva instrumentos de dominio de sociedades opresoras. Ese fanatismo subsiste aún con formas menos horribles en el mundo civilizado. El cardenal Ratzinger, un moderno inquisidor, es un exponente claro de ese fanatismo actual. Lo son igualmente esos obispos que aprueban una declaración en la que atribuyen la violencia de género a la revolución sexual, dignos sucesores de aquellos que proclamaron "Cruzada" a la sublevación de Franco.

Este tipo de fanatismo se ejerce desde la autoridad respetada y a veces opulenta. Me trae el recuerdo las caricaturas de los obispos bien cebados de los tiempos de Nakens. Es un fanatismo que no implica riesgos para quien lo practica, el fanatismo de los poderosos, de los que no arriesgan nada, de los que cimentan su bienestar y su poder sobre el mantenimiento de reglas morales obsoletas que sirven para dañar y acosar a gentes sencillas que aguerrían vivir tranquilas y libres.

Tales fanáticos siguen siendo res petados y hasta elegidos altos cargos de Estado en sociedades que se consideran muy civilizadas. Es el caso de] señor Bush en EE UU, sus discursos sobre temas morales son propios de un fanático; no hablemos de sus teorías sobre la guerra preventiva, o el papel de los EE UU en el mundo. Es un caso típico de fanatismo capaz de causar catástrofes en las que perecen millares de seres.

En lo que llaman "la guerra contra el terrorismo mundial" ha surgido un fenómeno impresionante, que políticos y medios de comunicación se han apresurado a calificar de "fanatismo religioso", el de los voluntarios que se inmolan para combatir a su enemigo. Se está produciendo en Palestina y en Iraq corrientemente. Antecedentes de esta conducta se citan entre los kamikazes japoneses o los bonzos vietnamitas que se inmolaban por el fuego. Seguramente en la historia se encontrarían otras analogías.

Pero este nuevo fenómeno tiene características propias, no se equipara fácilmente a otros ejemplos. Siempre ha habido personas dispuestas a sacrificar su vida por una causa considerada noble. Y esas personas han tenido méritos en el avance hacia la libertad. Pero lo que sucede ahora es distinto: se trata de hombres y mujeres que transforman su propia vida en un arma de lucha, de destrucción, de muerte. Entre ellas hay incluso madres de famil ia, que renuncian a sus hijos, que incluso saben que el enemigo derribará después la casa de sus familiares, dejándoles sin hogar. ¿Se trata simplemente de "fanatismo religioso"? Quizá haya en su actitud alguna influencia de este tipo. Pero el caso es que los fanáticos religiosos que conocemos en Occidente suelen estar más dispuestos a exterminar pecadores que a inmolarse ellos mismos. Me parece que en el juicio de estos fenómenos, que instintivamente me producen horror por un lado y respeto por otro, hay que tener en cuenta otros factores. Personas dispuestas a dar la vida por una causa que estimaban justa y noble he conocido muchas. Y me pregunto cómo reaccionarian personas así, teniendo que defender su patria o sus ideales frente a un enemigo al cual no pueden oponer ni ar mas parecidas a las que tiene, ni un ejército regular organizado y moderno, descubriendo que el arma absoluta que pueden oponerle, sin que pueda defenderse es el sacrificio de su propia vida. En todo caso, si ello es fanatismo, es el fanatismo de los oprimidos. Otra cosa que el de los opresores.

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