Nº 582 - 15 de diciembre de 2003
"Después de míl el diluvio..."

Hubo un rey francés, que refiriéndose a la suerte de su país, tras las calamidades de su reinado pronunció esta despreocupada frase: "Después de mí, el diluvio...".

La actitud que adopta cada vez más acusadamente el presidente Aznar es exactamente la misma. A medida que se acerca el momento de su abandono del cargo, resulta de toda evidencia que lo que pueda acaecer en España cuando él no esté ya al frente le importa un bledo. Durante algún tiempo, los que estamos habituados a pensar en términos políticos sospechamos que las promesas de no estar más allá de ocho años a la cabeza del Gobierno eran simplemente una estratagema para conseguir lo contrario. Pues no es frecuente que un político abandone el poder si puede conservarlo. Ahora parece claro que Aznar se va y no por generosidad y altruismo, ni por desapego a la autoridad y a las pompas del poder.

Y se va crispando la situación política al infinito. Después de abrir un enfrentamiento peligroso con las instituciones vascas, de romper toda relación con el nacionalismo democrático vasco, en el que se había apoyado cuando no tenía mayoría absoluta, monta por medio de los hermanos siameses Michavila y Acebes, sirviéndose de la mayoría parlamentaria absoluta, una panoplia de leyes represivas cuya aplicación amenaza con terminar en la suspensión de la autonomía vasca y con lo que en último término sería la ocupación de aquel territorio. Y le imagino feliz cuando ve a Xabier Arzalluz ~que también cesa ahora en su cargoentonar el hermoso canto con que los gudaris en la guerra civil defendieron la República y aceptar por anticipado el martirologio.

A la vez, aprovecha los últimos meses de presencia en el poder para tratar de encender un conflicto semejante en Cataluña e incluso amenaza al Gobierno autónomo de Andalucía por las decisiones que éste ha tomado a favor de los pensionistas más desfavorecídos.

Paralelamente, mantiene en Iraq la presencia más bien simbólica del Ejército español, por la que éste paga un precio de sangre, sin que ningún interés nacional lo justifique.

Todo ello acompañado de un desprecio olímpico a la oposición ante la que se comporta siguiendo el lema de Bush: "quien no está conmigo está contra mí'; es decir, como si la oposición democrática estuviera compuesta por irresponsables y hasta cómplices objetivos del terrorismo.

"Y ahí queda eso, el que venga detrás que arree". Ésa es la actitud de Aznar, secundado por un Gobierno, que empezando por el ministro de Defensa y terminando por la ministra de Exteriores, pasando por el señor Cascos, ha demostrado su incompetencia hasta la saciedad.

La fractura que Aznar ha provocado en este país y los conflictos que puede causar en adelante le importan un pito. Un comportamiento así conduce a muchos a preguntarse cuáles son los móviles que mueven a José María Aznar a dejar el país en esta situación. Yo les propongo una hipótesis, la única que se me ocurre ante su impávida indiferencia por el futuro: durante los próximos años no volverá a su puesto en el funcionariado del Estado; se dedicará a ganar millones y a asegurar su futuro personal.

Es el espíritu de la época; del moderno capitalismo neoliberal que afecta también a algunos políticos: hacerse rico a cualquier precio. No hay leyes contra esa conducta, no se trata de nada ¡legal. Pero sí de algo poco ético en la conducta de un hombre público.

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