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Sida:
la pandemia
Recientemente
se celebraba el Día Mundial de la Lucha contra el Sida. Des-de
1988 esta fecha se ha' convertido en una de las conmemoraciones más
celebradas del mundo, pero, a pesar de casi 20 años de lucha, el
sida sigue progresando fatídicamente.
De 35 millones de infectados en el 2001 hemos pasado a 40 millones hoy.
De ellos, la mitad son mujeres y 2,3 millones son niños menores
de 15 años. A lo largo de 2005, más de tres millones de
personas, de las cuales 500.000 son niños, han muerto como consecuencia
del sida. Cada día 1.400 niños mueren a causa de este virus.
Esas cifras demuestran que el sida se ha convertido en la enfermedad más
devastadora en la historia de la humanidad, la verdadera pandemia del
s. XXI.
La tragedia del VIH no distingue entre seres humanos, pero frente al sida
las desigualdades son notorias. El sida se ceba en las poblaciones de
los países menos desarrollados, especialmente en mujeres y niños.
Durante un tiempo el sida fue la principal causa de muerte entre los jóvenes
del mundo occidental. Pero el progreso terapéutico ha reducido
la mortalidad hasta en un 70%. No ha sido así en los países
pobres.
África subsahariana es la región del mundo que ha corrido
peor suerte y la enfermedad parece un obstáculo invencible para
su desarrollo.
Esta parte del mundo representa el 10 por ciento de la población
mundial, pero alberga a más del 60 por ciento de las personas,
casi 28 millones, portadoras del virus. Y de ellas, sólo el 7 por
ciento tiene acceso a asistencia sanitaria.
En países como Botswana existeun 90 por ciento de probabilidades
de que una persona muera de sida en los próximos 15 años.
Sin embargo, más que repetir la cruel y fría realidad de
las cifras, deberíamos aprovechar para reflexionar sobre las posibles
soluciones.
En primer lugar, está el problema del acceso a los tratamientos.
Los existentes en la actualidad han permitido evitar muchas muertes, pero
son muy costosos y, a menudo, los efectos secundarios impiden seguir el
tratamiento de forma adecuada.
La cruel realidad es que los países industrializados disponen de
medios para asistir, prevenir e investigar sobre la vacuna. Pero los países
en desarrollo no disponen de medios para hacer frente a la epidemia.
Debemos ayudarles más a prevenir, informar, comprender y a curar.
Es urgente una actuación mundial conjunta. Para Europa podría
ser una ocasión de comprometerse en una utopía realista,
una de las grandes causas de nuestro tiempo. Los gobiernos de los países
desarrollados deben establecer políticas comunes de lucha contra
esta enfermedad, no solamente para la prevención y atención
sanitaria, sino también para la investigación.
A partir de 1997, los laboratorios gubernamentales de algunos países
(Brasil, Tailandia) y de compañías privadas (India) se comprometieron
en la producción de versiones genéricas de antirretrovirales.
La aparición de estos tratamientos permitió dividir su precio
por diez. Pero el sida es implacable: el número de personas portadoras
de virus que se vuelven resistentes al tratamiento de primera línea
aumentó de manera pareja, haciendo ineficaces estos tratamientos.
Y un tratamiento antirretroviral de segunda línea vale entre 1.200
y 2.000dólares/año, un precio inaccesible para los países
pobres. Además, des-de el 1 de enero del 2005, todos los países
en desarrollo miembros de la OMC, a excepción de algunos países
menos avanzados, deben respetar los acuerdos sobre el derecho de propiedad
intelectual, por los cuales se comprometen a no producir o exportar genéricos
hasta después de veinte años de protección del medicamento
original.
Esta situación plantea serios problemas. Trece países, entre
los cuales se encuentran Brasil, India, Marruecos, Túnez y Turquía,
han tenido que dejar de producir medicamentos que hasta entonces no estaban
protegidos. Y en numerosos programas africanos de acceso a los tratamientos,
los productos genéricos indios representan entre un 50 por ciento
y un 75 por ciento de los medicamentos consumidos por los enfermos. La
puesta en cuestión del derecho de la India o Brasil a exportar
sus genéricos a África sería un desastre humanitario.
Pero el sida también es exclusión. Exclusión por
el temor irracional a contraer la enfermedad. Exclusión por la
condena de comportamientos en nombre de principios religiosos. Exclusión
por el rechazo y el aislamiento en el seno de las propias familias y en
los lugares de trabajo. También debemos luchar contra todo eso.
La lucha contra el sida debería ser una gran ambición para
Europa y para sus sistemas públicos de investigación en
un momento en que todo el mundo se acuerda de decir que ésa debe
ser la prioridad del próximo presupuesto plurianual 2007-2013,
del que sin duda seguiremos hablando la próxima semana.*
* Presidente
del Parlamento Europeo
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