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Sofía
y su reloj
En
la plaza de la capital búlgara, Sofía, un gran reloj digital
marca los días que' faltan para la entrada de este país
en la UE, prevista para el 1 de enero del 2007.
Una buena muestra de cómo el país entero está pendiente
del buen término de un proceso que todavía tiene que superar
importantes dificultades para culminar en esa fecha.
El último informe de la Comisión señala las reformas
pendientes, especialmente en los sistemas judicial y policial, las políticas
ambientales y de la competencia. También se hace hincapié
en los problemas de corrupción y de criminalidad organizada.
La fecha de adhesión podría retrasarse un año si
la UE considera que esos problemas no han sido resueltos para entonces.
Pero tanto para Bulgaria, como para Rumanía, la fecha de enero
de 2007 es una cita con la Historia que no están dispuestos a perder.
El Parlamento búlgaro no ha cerrado este verano para seguir produciendo
las leyes necesarias para adaptar el país al acervo comunitario.
Pero las realidades sociales y administrativas son más resistentes
al cambio que los textos legislativos y algunos de los problemas que la
Comisión señala tienen un carácter endémico
heredado de las circunstancias históricas que esos países
han vivido.
También ha cambiado la percepción de la ampliación
en los antiguos miembros. El entusiasmo de la reunificación europea
después de la caída del muro de Berlín ha cedido
el paso a un escepticismo que puede haber sido influenciado por los resultados
de los referendos en Francia y Holanda.
Pero un retraso, aunque sólo fuese de un año, tendría
un impacto muy negativo, tanto en términos psicológicos
como económicos, sobre el país. Probablemente no estarían
mejor preparados un año más tarde, cuando, según
los Tratados, ya no sería posible retrasar más su adhesión.
Algunos de los temores que produce la perspectiva de la ampliación
no tienen demasiada justificación. En particular, los relacionados
con la emigración. Los países del Este no van a ser las
reservas de mano de obra que la vieja Europa necesita para cubrir su bache
demográfico. Durante mi reciente visita oficial a Bulgaria conocía
de primera mano cómo, por ejemplo, este país tiene la tasa
de natalidad más baja y la pro-porción de población
mayor de 65 años más alta de la UE.
Otra cosa son las diferencias de renta, de sistemas sociales y su posicionamiento
relativo en los deba-tes políticos en el seno del Consejo, que
pueden sin duda cambiar el equilibrio de fuerzas en torno a cuestiones
cruciales para el futuro de Europa, como se puso de manifiesto en la reciente
cumbre de Hampton Court.
Los nuevos miembros, y los que están por llegar, como Bulgaria
y Rumanía rechazan cualquier armonización fiscal o el establecimiento
de normas sociales mínimas, medidas que consideran una dificultad
para su competitividad y su capacidad de atracción de capital extranjero.
También es clara su posición en política exterior,
que ve en los EE UU una garantía para su seguridad. Lo prueba la
evidente presencia de la bandera de la OTAN junto con la del país
y la de la UE en todos los despachos oficiales.
También aquí la Historia desempeña su papel. Aunque
esa historia nos sea bastante desconocida desde España.
Bulgaria luchó junto con Alemania en las dos guerras mundiales.
Pero nunca combatió contra Rusia. Durante la II Guerra Mundial
mantuvo incluso relaciones diplomáticas con Moscú y los
judíos búlgaros fueron los únicos de toda la Europa
ocupada, o aliada de la Alemania nazi, que no fueron deportados ni asesinados.
Para Bulgaria, Rusia no ha sido una amenaza, sino una liberación.
Fueron los ejércitos rusos del zar los que los liberaron de los
turcos en 1878, después de 500 años de dominación
otomana. Frente al reloj de Sofía, la estatua ecuestre del zar
libertador contempla cómo los días van pasando camino de
esa cita con la Historia, probablemente la más importante desde
la que él protagonizó hace 127 años.
Una cita que ya es demasiado tarde para que esté en el interés
de nadie intentar retrasar. Y que no será todavía el último
paso en la reunificación de Europa, porque las negociaciones con
Croacia están ya lanzadas y no hay razones para creer que puedan
tardar demasiado en fructificar.
De esta manera va cambiando la dimensión de nuestra Unión,
y con ella también cambia la naturaleza de ese proyecto y su capacidad
de actuar en un mundo globalizado, del que Europa es una réplica
en miniatura.
Bulgaria vive pendiente del buen término del proceso de integración
en la UE, prevista para el 1 de ene-ro de 2007, que todavía tiene
que superar importantes dificultades.
* Presidente
del Parlamento Europeo
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