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Nº 670 - 14 de noviembre de 2005

Sofía y su reloj

En la plaza de la capital búlgara, Sofía, un gran reloj digital marca los días que' faltan para la entrada de este país en la UE, prevista para el 1 de enero del 2007.

Una buena muestra de cómo el país entero está pendiente del buen término de un proceso que todavía tiene que superar importantes dificultades para culminar en esa fecha.

El último informe de la Comisión señala las reformas pendientes, especialmente en los sistemas judicial y policial, las políticas ambientales y de la competencia. También se hace hincapié en los problemas de corrupción y de criminalidad organizada.

La fecha de adhesión podría retrasarse un año si la UE considera que esos problemas no han sido resueltos para entonces. Pero tanto para Bulgaria, como para Rumanía, la fecha de enero de 2007 es una cita con la Historia que no están dispuestos a perder.

El Parlamento búlgaro no ha cerrado este verano para seguir produciendo las leyes necesarias para adaptar el país al acervo comunitario. Pero las realidades sociales y administrativas son más resistentes al cambio que los textos legislativos y algunos de los problemas que la Comisión señala tienen un carácter endémico heredado de las circunstancias históricas que esos países han vivido.

También ha cambiado la percepción de la ampliación en los antiguos miembros. El entusiasmo de la reunificación europea después de la caída del muro de Berlín ha cedido el paso a un escepticismo que puede haber sido influenciado por los resultados de los referendos en Francia y Holanda.

Pero un retraso, aunque sólo fuese de un año, tendría un impacto muy negativo, tanto en términos psicológicos como económicos, sobre el país. Probablemente no estarían mejor preparados un año más tarde, cuando, según los Tratados, ya no sería posible retrasar más su adhesión.

Algunos de los temores que produce la perspectiva de la ampliación no tienen demasiada justificación. En particular, los relacionados con la emigración. Los países del Este no van a ser las reservas de mano de obra que la vieja Europa necesita para cubrir su bache demográfico. Durante mi reciente visita oficial a Bulgaria conocía de primera mano cómo, por ejemplo, este país tiene la tasa de natalidad más baja y la pro-porción de población mayor de 65 años más alta de la UE.

Otra cosa son las diferencias de renta, de sistemas sociales y su posicionamiento relativo en los deba-tes políticos en el seno del Consejo, que pueden sin duda cambiar el equilibrio de fuerzas en torno a cuestiones cruciales para el futuro de Europa, como se puso de manifiesto en la reciente cumbre de Hampton Court.

Los nuevos miembros, y los que están por llegar, como Bulgaria y Rumanía rechazan cualquier armonización fiscal o el establecimiento de normas sociales mínimas, medidas que consideran una dificultad para su competitividad y su capacidad de atracción de capital extranjero.

También es clara su posición en política exterior, que ve en los EE UU una garantía para su seguridad. Lo prueba la evidente presencia de la bandera de la OTAN junto con la del país y la de la UE en todos los despachos oficiales.

También aquí la Historia desempeña su papel. Aunque esa historia nos sea bastante desconocida desde España.

Bulgaria luchó junto con Alemania en las dos guerras mundiales. Pero nunca combatió contra Rusia. Durante la II Guerra Mundial mantuvo incluso relaciones diplomáticas con Moscú y los judíos búlgaros fueron los únicos de toda la Europa ocupada, o aliada de la Alemania nazi, que no fueron deportados ni asesinados.

Para Bulgaria, Rusia no ha sido una amenaza, sino una liberación. Fueron los ejércitos rusos del zar los que los liberaron de los turcos en 1878, después de 500 años de dominación otomana. Frente al reloj de Sofía, la estatua ecuestre del zar libertador contempla cómo los días van pasando camino de esa cita con la Historia, probablemente la más importante desde la que él protagonizó hace 127 años.

Una cita que ya es demasiado tarde para que esté en el interés de nadie intentar retrasar. Y que no será todavía el último paso en la reunificación de Europa, porque las negociaciones con Croacia están ya lanzadas y no hay razones para creer que puedan tardar demasiado en fructificar.

De esta manera va cambiando la dimensión de nuestra Unión, y con ella también cambia la naturaleza de ese proyecto y su capacidad de actuar en un mundo globalizado, del que Europa es una réplica en miniatura.

Bulgaria vive pendiente del buen término del proceso de integración en la UE, prevista para el 1 de ene-ro de 2007, que todavía tiene que superar importantes dificultades.

* Presidente del Parlamento Europeo

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