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| Nº 618 - 4 de octubre de 2004 |
Turquía y la Unión Europea
Pero conviene aclarar exactamente de qué estamos hablando. Turquía ya es un país candidato y lo que ahora se está decidiendo es si se inician las negociaciones para su adhesión y el método que se seguirá. La Comisión va a hacer público un informe al respecto el día 6 de octubre y el Consejo deberá decidir antes de fin de año. La decisión efectiva sobre la adhesión vendría al final de un proceso que se adivina largo diez, quince o más años incluso, pero de cuyo resultado ¡mal depende la esencia, la naturaleza y los objetivos del proyecto europeo En las últimas fechas estas decisiones han venido acompañadas del interés mediatico levantado por la supuesta intención del Gobierno turco de incluir en su reforma del Código penal el delito de adulterio. Recientemente, en el Parlamento Europeo (PE), el cual me honro en estos momentos en presidir, hemos recibido en sesión extraordinaria de la Conferencia de Presidentes de Grupos Políticos al primer ministro de Turquía, Sr. Erdogan. Según las explicaciones que ofreció, estábamos ante una falsa alarma o una exageración mediática, puesto que nunca había sido ésa la intención de las autoridades turcas y nunca había existido un proyecto de Ley al respecto. Para probarlo, el Parlamento turco se ha reunido en sesión extraordinaria, aprobando una reforma del Código Penal donde no aparece esa penalización que tanto nos había alarmado. Así pues, ese obstáculo ha desaparecido. Ello ha permitido a los partidarios de la adhesión, asegurar que ya no hay mas problemas en el horizonte, pero también ha estimulado las energías de todos aquellos que se oponen. El debate está servido. Con frecuencia se suele decir que Europa es el resultado del encuentro de una geografía con unos valores, catalizado por unas circunstancias. Es una hermosa frase. Pero, ¿cuál es esa geografía?, o en otras palabras, ¿cuáles son los límites de Europa? Aquellos que se muestran contrarios a su adhesión, señalan que Turquía significa una demografía explosiva, una agricultura desmesurada, fronteras peligrosas, un sistema Político no consolidado, una identidad cultural diferente, una cuestión nacional, la kurda, en carne viva, un potencial fundamentalista preocupinte, y una relación privilegiada con EE UU. Y que, además, con Turquía tenemos el único muro que subsiste en Europa: el que divide la isla de Chipre. Desde esa perspectiva, en las actuales circunstancias de falta de un proyecto político definido para la Unión, con una Constitución por ratificar, la ampliación al Este por digerir y las relaciones transatlánticas revueltas, se, pueden apreciar las dificultades que plantearía hoy una nueva ampliación a un país de la talla y la especificidad de Turquía. Sin embargo, cuando hablamos de esta cuestión lo estamos haciendo sobre perspectivas a largo plazo y de opciones estratégicas que, aunque no sean inmediatamente para mañana, hay que pensarlas desde hoy. Al abordar la cuestión turca hay que ser bien conscientes de que el reto más importante que tiene planteado la Europa del futuro es su relación con el mundo islámico. Esa relación pasa por encontrar soluciones a los conflictos de Iraq, Afganistán y Palestina, pero también pasa por la integración de la emigración en las barriadas de nuestras ciudades. En Europa viven ya 14 millones de musulmanes. En el mundo hay mil millones y en rápido aumento. Europa tiene el máximo interés en demostrar que no traza sus fronteras según el choque de civilizaciones que algunos parecen empeñados en provocar. Un ejemplo es el partenariado euromediterráneo, al que no hemos dado demasiado contenido desde Barcelona 95, y el cual impulsa el PE con la puesta en marcha estos días de la Asamblea Parlamentaria Euromediterránea. Desde Europa debemos ayudar a consolidar en Turquía un islamismo democrático, igual que, permítanme la hipérbole, hemos pasado nosotros de la intolerancia de la Inquisición a los partidos demócrata-cristianos. Esta consolidación es evidente que se favorece con las perspectivas de la adhesión. Ofrecer una negativa incluso antes del inicio de negociaciones pondría en peligro ese proceso. Ahora bien, es importante que ante un problema de esta envergadura se sopesen cuidadosamente las razones a favor y en contra. Que cada cual defina las suyas, pero todos deberíamos evitar trazar la línea fronteriza desde una perspectiva religiosa, porque Europa no es ni debe ser un club cristiano y Turquía puede ser rechazada finalmente por múltiples razones, pero nunca porque la mayoría de su población sea musulmana. En todo caso, decisiones como ésta justifican la existencia de un Parlamento Europeo donde se abra el debate ciudadano, reflejando las distintas opiniones que el asunto provoca y que no siempre coinciden con las posiciones de los gobiernos, Si bien el PE no tiene formalmente competencias sobre la decisión de abrir o no las negociaciones de adhesión y su opinión no es determinante, es importante que se oiga su voz ya que, al final del camino, la adhesión efectiva requeriría su acuerdo, y sin él Turquía no podría ser miembro de la UE, por mucho que así lo quisieran sus gobiernos. Por ello, no tendría sentido que ahora permaneciéramos callados. Es una excelente ocasión pira que el Parlamento Europeo se convierta en un verdadero actor en la escena europea.
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