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| Nº 589 - 9 de febrero de 2004 |
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Boca
Ratón
Este fin de semana se ha reunido en Boca Ratón, Florida, el G-7, o mejor el G-8, la cumbre de los seis países occidentales más industrial izados más Japón y Rusia. Sería bueno que las conclusiones de este nuevo encuentro reflejen mejor el análisis europeo de la situación monetaria mundial o, al menos, que no se repita el comunicado de Dubai, en septiembre pasado, que dejaba entender que la UE se acomodaría bien con una bajada del dólar. No es así y, por el contrario, crece la opinión de que la revalorización del euro agrava su déficit de crecimiento, el mayor mal de la economía europea, del que se derivan los puntos débiles de la eurozona, elevada tasa de paro y mala salud de las finanzas públicas. Si una revalorización del 10% del euro nos cuesta un punto de crecimiento y no esperamos crecer más de un 2% este año, ell tipo de cambio se convierte en una variable crucial para la economía europea, cuya situación no le permite apreciar las virtudes de una moneda sobrevaluada como pudo hacer EE UU a finales de los noventa. En realidad, la inquietud creada por la escalada del euro con respecto al dólar se manifiesta ya en los comunicados de] Eurogrupo y en el cambio de tono del nuevo presidente del BCE. El Consejo, la Comision y el BCE han dejado de hablar de un "euro fuerte" para poner el énfasis en la estabilidad y preocuparse por los movimientos "excesivos" del tipo de cambio. Pero su capacidad de oponerse a ellos es muy limitada y sólo en Boca Ratón se podrían haber alcanzado acuerdos que influyeran sobre la relación euro/dólar. En Boca Ratón las condiciones han sido las mismas que en junio pasado, cuando el G-7 se reunia en Evian y Bush se reencontraba con la Vieja Europa. Los países europeos allí reunidos apenas podían lucir un 1 % de crecimiento en media anual. Entonces como ahora, para salir de la paradoja de un euro que aumenta su paridad con el dólar mientras las perspectivas de crecimiento en Europa bajan, harían falta medidas de carácter monetario y las del BCE, que siguen haciéndose esperar, no serán sufi~ cientes sin una estrategia coordinada con Estados Unidos. Pero, a menos de un año de las elecciones presidenciales no es seguro que modifique una situación que sustenta el crecimiento y favorece a los sectores industriales que apoyan a los republicanos. Sólo lo harían si considerasen que, para evitar un incremento excesivo de sus tipos de interés, no les conviene dejar caer demasiado el dólar. Por eso, lo más probable es que Boca Ratón no produzca medidas concretas para relanzar la economía mundial ni responder a las demandas de ayuda al desarrollo. En realidad, con el paso del tiempo, las reuniones del G-7, que se iniciaron en 1975 como un encuentro alejado del mundanal ruido, se han convertido en un gran show mediático al que a veces sólo se asiste algunas horas, como hizo Bush en Evian saltando entre San Petesburgo y Maba. Su propia denominación, "países más industrial izados", es un anacronismo en un mundo postindustrial. Es difícil reflexionar sobre la regulación de la economía mundial, que fue el objetivo fundador del G-7, sin contar con los pesos pesados emergentes de China, india y Brasil. Desde esta perspectiva, conviene no olvidar que la bajada continua deldólar no es sólo un problema entre EE UU y Europa. Refleja también, y de esto se habla mucho menos, una interdependencia económica y financiera cada vez más estrecha entre EE UU y China. EE UU será pronto uno de los países más endeudados del mundo. Y China, que tiene un superávit comercial de 100.000 millones de dólares con EE UU, se está convirtiendo en su principal acreedor. Está tomando así el papel que tenía Japón en los años 80. Pero con una gran diferencia. Japón es un aliado estratégico y China estaba considerada como un adversario de EE UU . Quizá
ya no lo sea, cambiando las relaciones de fuerza económicas y políticas
del mundo, mientras los europeos seguimos entretenidos en nuestras pequeñas
querellas familiares. |