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| Nº 585 - 12 de enero de 2004 |
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La
escalada del euro
El año pasado, el de la guerra de Iraq, fue un buen año para la economía, a pesar de los negros pronósticos con los que empezó. Después de muchos sobresaltos, el crecimiento mundial se recupera. Japón, tras diez años de catalepsia, roza el 2%, y Rusia el 6%. Los EE U U, con el 4%, vuelven a crear empleo, gracias, en parte, al impulso a las exportaciones que implica una devaluación del dólar del 40% en dos años. A Eurolandia las cosas no le han ido tan bien. Alemania, Francia e Italia acaban 2003 con un crecimiento prácticamente nulo, un paro del 10%, un déficit del 4% y el Pacto de Estabilidad, incumplido e incumplible. Por fin parece que la Comisión se decide ahora a aplicarlo de forma flexible, tomando también en cuenta las exigencias del crecimiento y el empleo. A la fuerza ahorcan. Curiosamente, cuanto peor le ha ido a ese Pacto, concebido para defender la solvencia del euro, más se ha revalorizado con respecto al dólar. El euro celebró su quinto aniversario con un récord histórico, se revaluó un 22% en el año y ha seguido subiendo después. ¿Hasta cuándo y con qué consecuencias? Pocos dudan ya de que se alcance un cambio del 1,3% y el 1,5% no parece imposible. La arena de reloj ya vió, a finales de los setenta y los ochenta, ese tipo de camb¡o con respecto a las monedas que el euro ha sustituido. Lo que ocurra dependerá de las dificultades de financiación del déficit comercial americano y de lo que sus autoridades políticas y monetarias decidan que les conviene. Bush sigue proclamando su preferencia por un "dólar fuerte" con el mismo cinismo con el que utilizó las armas de destrucción masiva para justificar la invasión de Iraq, pero la devaluación del dólar ayuda al crecimiento económico que necesita para ganar las elecciones del próximo noviembre. En Europa seguimos asistiendo a la cacofonía del sistema de Bancos Centrales, pero, después de haber suspirado tanto por un euro fuerte, su actual escalada puede tener graves consecuencias para el crecimiento económico. Para el BCE, los efectos positivos del dinamismo de la economía mundial equilibran las crecientes dificultades de las exportaciones europeas, aunque tuviese que reconocer, a mediados del pasado diciembre, que disminuirían el 2%. Pero recordemos que al BCE sólo le pedimos que se preocupe por la inflación, y la devaluación del dólar le facilita el trabajo, porque disminuye el precio de los productos importados, especialmente el petróleo. Los ministros de Economía, en cambio, saben que una revalorización del 10% del euro le quita un punto de crecimiento a la eurozona. Por ello empiezan a preguntarse si no habría que intervenir en el mercado de cambios como en los buenos viejos tiempos. Pero para ello haría falta una intervención concertada de todas las partes, y se ve mal a los EE UU dispuestos a acudir en ayuda de Alemania y Francia en contra de sus propias necesidades coyunturales. Además, conviene recordar que el conjunto de las reservas de los Bancos Centrales es de dos billones de dólares, mientras que el volumen de operaciones en el mercado de cambios es de 1,2 billones ¡diarios! La desproporción entre esas magnitudes es evidente y ya sabemos cómo han acabado en el pasado esa clase de batallas. Pero el problema es sobre todo la debilidad de una hipotética alianza europeo-americana para mantener la relación euro-dólar en la banda de 0,9-1,1. Al menos a corto plazo, sobre todo después de que Bush haya tenido que renunciar a sus medidas proteccionistas sobre el acero. El dumpíng monetario le es ahora más necesario para favorecer a unas industrias exportadoras, y a unos territorios, que apoyan a los republicanos. Y tampoco en eso Europa estaría unida, porque la pérdida de competitividad que resulta de la escalada del euro afecta de forma diferente a los distintos países. Para definir el interés general europeo", en nombre del que actuar en materia tan compleja y sensible como la de los tipos de cambio, Europa debería existir políticamente. Y en Bruselas no quiso hacerlo. Veremos si este año la escalada de¡ euro, el mejor fruto de la Unión de los europeos, le obliga a hacerlo. |