Nº 580 - 1 de diciembre de 2003
De Constitución a Constitución

Pocos acontecimientos merecen tanto repensar cómo la arena ha ido cayendo por el reloj como el 25 aniversario de nuestra Constitución.

¡25 años ya!, podemos decir desde la nostalgia y el recuerdo de aquellos folletos que ya eran de color sepia antes que un cuarto de siglo les diera la pátina del tiempo. Los buzoneamos esperando que los ciudadanos leyeran lo que iban a votar. Para casi todos fueron el símbolo de una nueva era que apoyaron en las urnas.

Hoy podemos reconocer que nos ha servido para lo fundamental, aunque haya cogido alguna arruga y muchas de sus promesas no se hayan cumplido.

Nuestra Constitución celebra su cumpleaños en medio de una intensa polémica sobre la necesidad de cambiar el reparto territorial del poder que estableció de forma un tanto ambigua. Pero no parece preocuparnos tanto el cumplimiento efectivo de los derechos que proclamó: el acceso a una vivienda digna, el empleo para todos, un medio ambiente respetado, la apropiación colectiva de los beneficios que genera la especulación urbanística, un sistema fiscal efectivamente progresivo...

Es legítimo preguntarse, como ha hecho algún dirigente autonómico socialista, si ésta es realmente la prioridad de los ciudadanos o si estos reclaman de su Constitución, sobre todo, mejoras en aquello que conforma su vida cotidiana: la escuela, el trabajo, la vivienda, la pensión, el hospital, el transporte, etc. Pueden no ser cosas alternativas ni incompatibles, como lo demuestra el contenido profundamente social de la campaña de Maragall en Cataluña. La más socialdemócrata que se haya hecho nunca, aunque no lo hayan apreciado así los electores, En todo caso, 25 años después sigue abierto el debate sobre lo que los españoles queremos hacer juntos y lo que preferimos que haga cada CC AA.

Y si los españoles nos planteamos esta trascendental cuestión, no es extraño que los europeos, más diferentes entre sí, no se pongan de acuerdo sobre qué quieren hacer juntos en Europa y qué cada uno desde sus viejos Estados-nación. A ello trata de responder la otra Constitución de nuestras vidas, la Constitución europea que se discute en Roma. Lógico es que, si la de 1978 la aprobamos en referéndum, hagamos lo mismo con una Ley fundamental que estará por encima en la jerarquía normativa. Así, en el próximo mes de junio, si todo va bien, celebraremos de nuevo un referéndum, el tercero de nuestra democracia. El primero dio vida a la Constitución que hoy celebramos, el segundo nos dejó en la OTAN y el tercero esperamos que nos haga más europeos.

De Constitución española a Constitución europea hemos recorrido un largo camino en poco tiempo. Los asuntos de Europa ya son asuntos internos de nuestro país, y por ello la Constitución que viene será tan importante como lo fue la que nos trajo la libertad. La Constitución europea abre también el camino a importantes avances democráticos. Integra ¡a Carta de Derechos Fundamentales, que consagra nuestros valores comunes, como el pilar básico de la Unión.

Por primera vez aparece en un Tratado europeo el concepto de pleno empleo y de economía social de mercado. Y el Parlamento Europeo acrecienta considerablemente su poder legislativo y se convertirá en la primera institución de la Unión. Se habría podido soñar con un compromiso constitucional más ambicioso, más claro, que definiera mejor la esencia federal de la Europa unida. Pero lo conseguido permite que la UE escape de la deriva intergubernamental y, aumentando su dimensión democrática, pueda avanzar en la original construcción que le ha dado su fuerza.

Habrá que seguir luchando pari que Europa pueda dotarse de una política ambiciosa a favor del crecimiento y el empleo. Para ello necesitará una mayor coordinación de las políticas económicas, de decisiones por mayoría cualificada en materia social y fiscal, y la capacidad de invertir más en su futuro a través de infraestructuras y conocimiento. Pero hay que esperar a que acaben los trabajos de la Conferencia Intergubernamental. Ojalá que la CIG no represente ningún retroceso con relación al texto de la Convención, permita nuevos progresos en el gobierno económico y social y nuevos avances hacia una democracia supranacional europea, capaz de aportar paz y justicia a un mundo globalizado.

En este mundo, la historia de nuestra Constitución y la de la Unión Europea son la historia de un éxito. El éxito de un proyecto que ha pacificado el continente, integrado su economía y ayudado a recuperar el retraso de los que, como nosotros, cogimos el tren en marcha.

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