Nº 553 - 28 de abril de 2003
Del SIDA al SARS

Hace 20 años que se descubrió el virus del SIDA, una nueva y desconocida enfermedad en Occidente que empezó manifestándose en los ambientes homosexuales de California. Desde entonces ha causado millones de muertos, sobre todo en África, donde ha dejado 50 millones de huérfanos.

Después vino el virus Ébola, y ahora se cumplen diez años de las primeras víctimas humanas de la enfermedad de las vacas locas, primer caso en que el contagio salta la barrera de las especies y se trasmite desde un animal a un humano.

Como si la arena del reloj quisiera celebrar estos trágicos aniversarios, hoy aparece una nueva enfermedad infecciosa, la neumonía atípica asiática, o síndrome respiratorio agudo grave, SARS, que sustituye al síndrome de inmunodeficiencia adquirido, SIDA, en la preocupación mundial por las epidemias.

Así, el viejo combate entre el universo real conocido de los microorganismos patógenos y la especie humana vuelve a estar de actualidad y ocupa el espacio que los medios dedicaban a la carga del séptimo de caballería sobre Bagdad.

Pero no deberíamos extrañarnos de lo que ocurre en China. Desde 1996, la OMS nos advierte que estamos en vísperas de una crisis mundial en lo que se refiere a las enfermedades infecciosas y que ningún país puede considerarse a salvo. En efecto, la tercera parte de los fallecimientos que se producen cada año se deben a enfermedades infecciosas, y éstas causan del 90% de las muertes de niños menores de cinco años.

Esta situación está provocada por ciertas formas de vida en los países industrial izados y la falta de sistemas sanitarios en los paises en desarrollo; por excesivas concentraciones urbanas, la búsqueda exacerbada M productivismo agrícola y la pérdida de eficacia de los antibióticos; por la multiplicación de las trashumancias humanas y animales y el intercambio de gérmenes que implica; por la promiscuidad y las condiciones sanitarias deplorables generadas por un crecimiento urbano que extiende sus bidonvilles y favelas sobre zonas insalubres.

La revolución sanitaria nos ha hecho ganar grandes batallas contra el dolor y la muerte, pero más de 1000 millones de personas permanecen al margen de este proceso y su esperanza de vida disminuye. Hoy, el futuro radiante inaugurado hace 100 años por la Revolución M Dr. Pásteur y los progresos de la higiene se enfrentan a los problemas que surgen de la interacción entre enfermedad, pobreza y medio ambiente

Por una parte, el modo de vida occidental produce nuevas enfermedades y, por otra, el foso que separa la situación sanitaria de países ricos y pobres se agranda. En los países ricos, los agentes infecciosos se hacen resistentes a los tratamientos y no se generan incentivos para que los grandes laboratorios inviertan en enfermedades desconocidas en el mundo desarrollado.

Pero sería necio ignorar en el siglo XXI que el mundo es realmente una aldea en la que toda enfermedad contagiosa puede transmitirse, todo nuevo virus se propaga y la muerte se puede exportar, en pocas horas, de un extremo a otro del planeta, El desequilibrio sanitario mundial puede actuar como un gran boomerang, como lo muestra el que se empiecen a detectar en los países ricos algunas enfermedades endémicas que hasta ahora afectaban sólo a los países pobres.

El problema no son sólo las nuevas enfermedades infecciosas sino las viejas que habían sido erradicadas como el cólera o las meningitis, y que están reapareciendo, o las que se han hecho resistentes a los tratamientos, como la malaria y la tuberculosis. El interés se concentra en la novedad y esto explica que no prestemos demasiada atención a los tres millones de víctimas anuales de la tuberculosis, o al programa de urgencia lanzado para evitar la muerte prematura de diez millones de personas por el bacilo de Koch, o los más de 300 millones de enfermos de malaria de los que cada año mueren entre 1,5 y 2,7 millones, el 90% de ellos africanos.

La mediatización mundial de la gran operación de limpieza de Hong Kong, con ministro de Hacienda incluido barriendo las calles, es un trágicómico recordatorio del papel que juegan la pobreza y la falta de higiene en una situación crónica que olvidamos o desconocemos

La globalización de los virus hará cada vez más dificil que nadie pueda creerse ajeno a las viejas y nuevas enfermedades de los demás.

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