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| Nº 550 - 7 de abril de 2003 |
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La
crisis vista desde el Este
La siembra de odió que EE UU está haciendo en Iraq anuncia los peores desenlaces de una guerra injustificada y agranda el foso que separa Occidente del pueblo árabe y del mundo musulmán. Por otra parte, la invocación permanente de Dios que hace Bush en su retórica belicista está presentando a las fuerzas angloamericanas cofflo los nuevos cruzados de un verdadero choque de civilizaciones que acabará siendo una profecía autocumplida. ¿Cómo pueden interpretarse sino esas reuniones del Gobierno americano que Bush exige que empiecen siempre por rezos dirigidos rotativamente por cada uno de sus ministros? Desde la Europa laica es difícil entender esa actitud. Afortunadamente, esa referencia a Dios contrasta con la firme oposición a la guerra de las jerarquías de las iglesias cristianas, empezando por el Papa. Su voz debe ser escuchada con más atención en su Polonia natal que en Washington, porque los países de la Europa central y oriental comienzan a revisar sus posiciones abiertamente proamericanas. Hasta aquí, en Bucarest, donde nos reunimos los miembros socialistas de la Convención Europea, se observa la inflexión de las posiciones de Rumania y Bulgaria, los dos aliados más fieles de EE UU en Europa oriental. Ambos se han negado a cerrar las embajadas de Iraq como les exigían los americanos, y las últimas encuestas señalan que el 801/o de la opinión se opone a la guerra. El nuevo presidente de la Republica V Klaus, ha declarado que 'los intentos de instaurar la democracia a bombazos son de otro mundo'. Claro contraste con el apoyo incondicional a los EE UU que dio el mítico presidente V. Havel antes de dejar el cargo. ¿No habría pues diferencia entre la "nueva" Europa a la que Rumsfeld llamaba a oponerse a la "vieja" Europa encarnada por Francia y Alemania? Ciertamente las hay, y muchas, en la percepción por sus gobiernos del vínculo transatlántico, pero no en el sentimiento de su población sobre la pertinencia de un ataque militar ¡legal e injustificado. En realidad, la famosa declaración de los diez deViinius (grupo de coordinación de los futuros nuevos miembros de la UE), que seguía a la carta de los ocho, publicada poco antes en el Wall Street1ournal, y que tanta irritación produjo en Francia y Alemania, era la lógica consecuencia de los largos esfuerzos de los EE UU para controlar el doble proceso de ampliación de la OTAN y la UE Washington siempre ha considerado que esas ampliaciones eran la mejor forma de reforzar su influencia sobre el continente europeo después de la Guerra Fría. la 'vieja' Europa, mientras tanto, había sacralizado la ampliación como una inevitable exigencia política, evitando preguntarse sobre los intereses divergentes que unos y otros podían tener a la hora de construir una política exteñor europea que no se alinearse permanentemente con las posiciones americanas. Los países bálticos son, quizá, el caso más claro de esa doble relación. Más necesitados de seguridad que los países centroeuropeos, su incorporación a la UE fue una segunda opción después de que los EE UU les negaran en 1996 su entrada en la OTAN para evitarse problemas con Rusia. Pero todos los futuros nuevos miembros de la UE comparten una mayor confianza hacia los EE UU que hacia una unidad europea que todavía es virtual como garántía de defensa. Para ellos, la Alianza Atlántica es una realidad y sus estructuras militares han demostrado su capacidad de intervenir en los Balcanes, pero la política europea de defensa no existe. El problema
va más allá de su integración económica en
el espacio europeo y se complica con los comportamientos que EE UU puede
adoptar en otros escenarios. Pero la crisis de Iraq demuestra que no se
construirá una Europa-potencia con 25 miembros y que, en consecuencia,
habrá que mirar de frente a las consideraciones geopolíticas
que se quisieron evitar en el proceso de ampliación de la UE al
Este. |