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| Nº 536 - 23 de diciembre de 2002 |
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Navidad en casa Treinta años después de la caída del muro de Berlín y del fin de la guerra fría la Unión Europea ha oficializado la admisión de diez nuevos Estados miembros, ocho de los cuales han formado parte durante 40 años del difunto bloque soviético. Con ello, 75 millones de europeos vuelven a casa por Navidad. Porque es evidente que Praga, Varsovia, Budapest, etc. son parte integrante de la casa europea de la que fueron excluidos por los acuerdos de Yalta de 1945. Con la ampliación, la UE se enfrenta a nuevos desafíos económicos, democráticos e institucionales cuya importancia no puede ser enmascarada por el mercadeo de última hora. Pára culminar el proceso han sido necesarios diez años de laboriosas negociaciones que han exigido a los países candidatos importantes esfuerzos. Esta larga espera les ha parecido a veces superflua y humillante, pero el atractivo de libertad y progreso que representaba la Unión ha sido más fuerte que todas las peripecias del recorrido. Visto desde el Oeste, la ampliación era un deber histórico, una exigencia a la que era imposible escapar si realmente queríamos acabar con la herencia de Hitler y Stalin. Los acuerdos de Copenhague se han producido en el aniversario de una fecha histórica: fue también un 13 de diciembre cuando, en 1981, se decretó la ley marcial en Polonia frente a las protestas populares que acabarían derribando el imperio soviético. Y los alemanes saben muy bien que sin la lucha de Solidaridad en Pbionia o la Revolución de terciopelo de Praga su país no se habría reunificado. Pero la conciencia de inevitabilidad histórica del proceso no evita en los actuales miembros de la Unión un confuso sentimiento de temor sobre las consecuencias de un proceso que será tan difícil de asimilar como lo ha sido de pactar. El primer riesgo que ahora se abre es el del proceso de ratificación de los acuerdos de Copenhague. Algunos países, y entre ellos todos los nuevos miembros, celebrarán referendos. Otros no se atreverán a hacerlo porque el resultado sería muy incierto. Pero los precedentes danés e irlandés recuerdan cuán aleatorio es este proceso. Un segundo riesgo es el del coste para el presupuesto comunitario. El acuerdo de Copenhague sólo llega hasta 2006 y durante este corto periodo la solidaridad europea con los primos del Este será más bien reducida, equivalente al 0,1 M PIB de los 15 o 25 euros por habitante y año. Los presupuestos para el periodo 2007‑2013 obligarán a revisar las políticas agrícolas y regionales. la disparidad de la Unión después de la reunificación europea será mucho mayor y exigirá transferencias financieras más importantes que en el pasado. Si no se quiere aumentar el 1 % del PIB que representan actualmente los recursos comunitarios, la batalla promete ser cruenta. Y eso conduce a plantearse seriamente el tercer riesgo,,que es el del bloqueo institucional. Los acuerdos que exigen la unanimidad serán mucho más difíciles de alcanzar con 25 países. Y ello obligará a cambiar las reglas y procesos de tomas de decisiones tal como se está planteando en la Convención Europea. Copenhague ha cerrado el ciclo histórico que se inició en Yalta, pero la historia de la unificación europea real no ha hecho sino empezar. Europa se ha reunificado, pero está por ver si eso no impedirá profundizar en su integración política o será, como algunos esperan, un insalvable obstáculo para conseguirlo. |