Nº 518 - 22 de julio de 2002

Europa y su agricultura

Al acabar la II Guerra Mundial, Europa era un continente destruido y hambriento. Como E. O'Hara, la heroína del sur en Lo que el viento se llevó juraba al cielo que nunca más volvería a pasar hambre, los europeos decidieron garantizar su seguridad alimentaria. Así nació la Política Agrícola Común, más conocida como la paca en España.

El objetivo que hace 45 años se fijaron los padres fundadores de la Unión Europea ha sido plenamente conseguido. A golpe de subvenciones, Europa se ha convertido en una potencia agrícola, autosuficiente y exportadora de excedentes. Pero los tiempos han cambiado y la razón de ser de la PAC está en pleno debate.

El problema de la PAC no es solamente su coste. Además, entra en contradicción con las reglas de la Organización Mundial del Comercio. Su aplicación a la Europa ampliada al este es prácticamente imposible sin profundas reformas. Su lógica conduce a una concentración de las explotaciones agrícolas en vez de ayudar a la supervivencia de las más pequeñas. No induce la emergencia de una agricultura de alto valor añadido que combine la calidad de  los productos con la protección del me­dio ambiente. Y finalmente, aunque no lo menos importante, las sub­venciones masivas a la producción dificultan gravemente a la agricultu­ra, menos productiva, de los países del sur.

Este último problema lo causa también la protección de los EE UU a sus agricultores, que Bush ha aumentado recientemente. Entre la UE y los EE UU han conseguido que la actividad más subvencionada de¡ mundo sea la agricultura de los países industrial izados, que recibe 300.000 millones de dólares, o de euros, en ayudas directas. Y aún así, estas astronómicas cantidades no son suficientes para asegurar una vida digna al conjunto de los agricultores.

Por todas estas razones, la Comisión ha presentado un proyecto de reforma orientado a que las ayudas a los agricultores sean independientes de la producción, sin reducir el importe total de las subvenciones.

Con ello ha empezado un nuevo conflicto entre Francia y Alemania, con importantes consecuencias para España, de cuya solución depende críticamente que la ampliación sea posible en las fechas previstas.

Desde una perspectiva global que vaya más allá de los intereses a corto plazo de los agricultores de algunos países europeos, la reforma debería limitar las cantidades producidas gracias a fuertes subvenciones para ser exportadas por debajo de sus coste. Como dice J. E. Stiglitz en su tan comentado libro sobre los efectos perversos de la mundialización económica, "..las subvenciones de los países ricos a su agricultura son superiores al PIB de toda la África Subsahariana. En esas condiciones, la agricultura de los países pobres no tiene ninguna oportunidad de ser competitiva...'.

los europeos que ya hemos olvidado los años de la penuria, y sobre todo las jóvenes generaciones que no la han conocido, hemos de ser conscientes de que no son las exportaciones de una agricultura sobreproductiva lo que salvará del hambre a los pobres del mundo, sino el desarrollo de su agricultura local suficientemente retribuidora. las ayudas americanas a la producción del algodón han hundido los precios internacionales y arruinado a miles de agricultores de Mal¡ o Burkina-Fasso. Y, en África, cada agricultor que desaparece genera diez personas condenadas a la desnutrición y al éxodo rural.

Esos empleos que desaparecen no tienen, de momento, sustitución posible en otros sectores. Por ello, la alimentación no puede considerarse una mercancía más que se intercambie en el comercio mundial según el criterio de los costes comparativos. Una agricultura abandonada a las reglas de mercado es un riesgo de catástrofe ecológica y social. Pero, como la experiencia europea prueba, tampoco puede ignorarlas completamente porque la catástrofe sería entonces económica sin evitar los demás riesgos. A todos ellos tiene que hacer frente, conjuntamente, la reforma de la agricultura en Europa.

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