Nº 516 - 8 de julio de 2002

Emigración en la puerta, fascismo en casa

Hablamos mucho del auge de los partidos de la extrema derecha en Europa. Sobre todo desde el éxito electoral de le Pen en las presidenciales francesas, pero también en Austria, Holanda y Dinamarca adivinamos la sombra del viejo fascismo tras las actitudes xenófobas y racistas que se nutren del temor que la emigración provoca.

Y, sin embargo, ninguno de esos partidos apoyan ni practican la violencia de una forma permanente y consistente como lo hace en el Páís Vasco los partidarios de un nacionalismo excluyente cuyas raíces son profundamente xenófobas. ¿Qué pasaría en Austria si ocurriese lo que acaba de pasar en Lasarte, donde una alcaldesa democráticamente elegida no puede salir al balcón del Ayuntarniento? ¿Cuál sería nuestra preocupación por el fascismo que percibimos en nuestros vecinos si grupos violentos, electoralmente minoritarios, usaran la fuerza bruta para colocar en el balcón de las instituciones a sus representantes en vez de los que ha elegido la mayoría?

El fascismo que vemos en los demás lo tenemos en casa de forma más dramática. Sirvan estas líneas para expresar mi solidaridad con Ana Urchueguia, alcaldesa socialista de Lasarte, y para compartir su rabia y frustración al ver cómo ninguna autoridad ni ninguna reacción ciudadana evitan ese atropello. Ciertamente ese fascismo que gangrena el País Vasco se presenta vestido de nacionalismo, pero es fascismo en estado puro. Son verdugos disfrazados de víctimas que no entiendo por qué no reciben la misma condena que recibirían los que, desde la violencia, pretendieran cambiar las bases constitucionales de la nación española y volver a un Estado centralizado.

En el País Vasco aflora una xenofobia (“español, fuera de aquí”) tanto o más grave que la de Le Pen contra los emigrantes africanos. Sí, en España tenemos el fascismo en casa, aunque algunos no quieran verlo, y tenemos a los emigrantes en la puerta de la Europa rica de la que formamos parte. Una emigración sobre la que inciden todos los problemas ambientales económicos y geopolíticos de nuestro mundo globalizado.

Hasta la Cumbre de Sevilla habrá llegado el eco de las palabras del presidente de Niger: "ninguna muralla, ningún ejército podrá evitar que los que sufren miseria y hambre sin esperanza invadan los países de la abundancia". El dirigente africano sabe de lo que habla, puesto que en su país, uno de los más pobres de la Tierra, la sequía ha vuelto a provocar un éxodo masivo de cuya gravedad nos advierte el secretario general de la ONU al estimar que 60 millones de subsaharianos deberán abandonar sus tierras en los próximos 20 años si no se frena el proceso de desertificación en el Sahel.

Ninguna muralla, ni la de China, ha contenido la esperanza de una vida mejor. Por el lo es inútil intentar encontrar una solución a los problemas de la emigración sin tener en cuenta las causas que la producen.

La inmigración clandestina es el resultado de la desintegración y la pauperización de sociedades cuyos miembros escogen el periplo hacia nuestro El Dorado para huir de la inseguridad y la pobreza.

Es también el resultado de la atracción que ejercen nuestras sociedades prósperas que necesitan mano de obra barata para mantener en funcionamiento sectores enteros de sus economías y renovar una población que envejece. El continente europeo necesitará, en la primera mitad de este siglo, unos 45 millones de inmigrantes para mantener una relación mínimamente estable entre población activa y población dependiente.

Sería imprescindible tomar clara conciencia de esta realidad para afrontar seriamente las raíces del problema. Pero los dirigentes europeos parecen reaccionar movidos por la urgencia de la respuesta inmediata al empuje de los movimientos populistas. Afortunadamente, en Sevilla la UE ha evitado la tentación de adoptar represalias contra los países de donde provienen los nuevos bárbaros. Pero, después del 11 de septiembre, los EE UU parecen preferir la amenaza de su indiscutible supremacía militar a la lógica de la negociación.

Los gobiernos europeos, especialmente los socialdemócratas, han subestimado durante demasiado tiempo las tensiones sociales inducidas por la emigración. Ahora sobrerreaccionan hablando de sanciones, expulsiones y despliegue de las marinas de guerra en el Mediterráneo. Pero el mundo rico no puede cerrar a la vez sus fronteras, sus mercados y sus talonarios de cheques.

Empeorar La situación de los países origen de la emigración no es la mejor manera de incitar a sus ciudadanos a quedarse allí. Sólo atacando las raíces del mal, como la explotación de los clandestinos por empleadores sin escrúpulos, las mafias que organizan el tráfico de seres humanos y la falta de una política europea de emigración coherente, podrá Europa garantizar su seguridad y hacer frente a los fascismos de distinto pelaje que crecen en su seno.

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