Nº 514 - 24 de junio de 2002

Al este por la derecha

A la historia de Europa parecen gustarle los aniversarios.

En 1989, cuando estábamos celebrando el bicentenario de la Revolución Francesa, los pueblos del este derribaron sus dictaduras comunistas y optaron por la democracia, la economía de mercado y su integración en la Unión Europea. En octubre de 2000, diez años después de la reunificación alemana, los serbios hacían su revolución y acababan con las guerras de la ex Yugoslavia

Ahora, las elecciones en la Europa del Oeste marcan el retroceso permanente de la socialdemocracia mientras, en vísperas de la Cumbre de Sevilla que cierra la Presidencia española, la ampliación al este parece embarrancar.

Hace cuatro años, con la victoria del SPD en Alemania, los socialdemócratas participábamos en 11 de los 15 gobiernos de la Unión Europea. Hoy sólo resistimos en cuatro: Reino Unido, Grecia, Suecia y Alemania. Y aún así, las encuestas no son muy favorables a la izquierda en Grecia y Alemania.

Mientras regresamos de Rumania, se confirma la amplia mayoría absoluta de la derecha francesa aglutinada en torno a Chirac... Así la cohabitación, especie de bicefalia institucional entre un presidente de la República y un primer ministro enfrentados ideológicamente, pasa al baúl de los trastos viejos.

En Bucarest hemos constatado que la preocupación de los países ex comunistas por su integración en la UE no es independiente de la actitud que reflejan con su voto los europeos del oeste. El que la ampliación al este de la Unión se haga por gobiernos de la derecha conservadora tendrá grandes consecuencias sobre un proceso que se considera, con razón, como el principal acontecimiento geopolítico de este principio de siglo.

También en la Europa Central y Orienta¡ se produce un auge de la derecha que despierta los viejos fantasmas de las minorías especialmente de las húngaras y rumanas situadas fuera de su país, y de las compensaciones a los refugiados de la Segunda Guerra Mundial, a lo que son muy sensibles la derecha austriaca de He¡der y la democracia cristiana alemana de Stolber.

Los encuentros que hemos mantenido en Bucarest con las comisiones parlamentarias para la integración europea de Rumania y Bulgaria nos muestran hasta qué punto esos países desean formar parte del proyecto político europeo y, más aún si cabe, de la OTAN. Su historia, triste, en el terrible siglo XX lo justifica.

Hemos celebrado encuentros en el Palacio de Ceaucescu, convertido en sede del Congreso y el Senado rumanos. La realidad de ese edificio supera cualquier descripción. Se trata del segundo mayor edificio del mundo, después del Pentágono, en términos de superficie construida. Sus 350.000 metros cuadrado están cubiertos por 25 hectáreas de alfombras de extraordinaria calidad. Sus paredes y suelos son de mármol y maderas perfectamente trabajados. Si consideramos su volumen, se califica el segundo en el ranking mundial, por delante de la pirámide de Keops.

En su construcción trabajaron durante diez años 25.000 artesanos rumanos llamados a filas a tal efecto. Es decir, trabajo obligatorio y no retribuido. Como símbolo de la autarquía que impuso el dictador, todos los materiales empleados eran de origen nacional. Para más escarnio, lo llamó Palacio del Pueblo, probablemente para distinguirlo de otros palacios que se hizo construir, para su uso personal , en los bosques de abetos de los Cárpatos, superando con creces los de la monarquía que gobernó su país, de forma prácticamente feudal, hasta que llegó el Ejército Rojo.

Mientras, el país carecía de todo. Aún hoy, doce años después de la caída de Ceacescu, su renta per cápita es el 30% de la media de la UE. la agricultura se desarrolla prácticamente sin mecanizar. Tiene la mitad de la superficie de España, pero apenas 100 kilómetros de autovías. El salario medio ronda lo! 180 euros mensuales, pero la diferencia de su nivel de precios con los nuestros no es tan baja como la de los salarios.

En estas condiciones, no es de extrañar que haya una tendencia a la emigración hacia la U E de la que tanto esperan. Pero los gobiernos conservadores del oeste de Europa con los que tendrán que negociar su adhesión no están dispuestos a dar muchas facilidades a una política migratoria compatible con sus deseos.

El endurecimiento de la política inmigratoria de la UE es ya más que patente en Austria y Dinamarca y así la va a plantear Aznar, con ¡a' ayuda de Blair en Sevilla. ¿Qué pasará si en Alemania y Grecia, situadas en la primera fila de la vista al este, también gobierna la derecha?

La gran perdedora del escenario en el que nos adentramos puede ser la Europa social. Y también aquí la ampliación al este complica las cosas, porque afecta a las políticas agrícolas y a los fondos estructurales. Todo dependerá del proyecto político que se acabe decantando en los trabajos de la Convención Europea

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