Nº 668 - 31 de octubre de 2005
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Derechos humanos, ¿a la baja?

No cabe duda que el 11-S (en EE UU) y el 7-J (en Gran Bretaña) han supuesto algo más que molestar a los pasajeros en los aeropuertos. A veces, el perjuicio para los derechos se ha producido en conexión directa con la psicosis antiterrorista (por ejemplo, el brasileño ajusticiado en el metro de Londres por "llevar una chaqueta sospechosa y/o hacer movimientos sospechosos"). A veces, sin estricta conexión con ellos, por ejemplo el asesinato del líder independentista puertorriqueño, Filiberto Ojeda, por el FBI, dejándole desangrarse.

Todos los países tienen su propia cuota de incumplimientos en este terreno, ciertamente también nosotros, a pesar de que comparativamente el 11-M haya sido mejor asumido -creo- que las tragedias a las que antes me refería. Quiero decir, no ha provocado una histeria xenófoba generalizada, ni ha significado una propuesta de reducción de garantías procesales o de endurecimiento de los i métodos policiales. No obstante, corremos el riesgo -en general, los países occidentales- de relajar la defensa de derechos fundamentales. Por supuesto ha habido críticas pero, a mi juicio, insuficientes hacia las dos muertes que comentaba al principio.Y, desde luego, casi ninguna crítica procedente de responsables gubernamentales y demasiado pocas procedentes de la sociedad civil, y, éstas, con poco eco mediático. Pero, puestos a distinguir, aún me parece más grave lo que implica la muerte del líder independentista puertorriqueño. Me explico. En el caso del joven brasileño en el metro de Londres, tras las torpes excusas de Scotland Yard se abrió paso la idea de que tales hechos eran un error lamentable y había que intentar que no volviera a suceder. Se vio claro - parece- la gravedad de la generalización de tales procedimientos. Se actuó mal y se reconoce. Pues bien, nada de esto sucede con el otro tema. Ni hubo, ni hay propósito de enmienda, sino la máxima desfachatez en el FBI y las autoridades norteamericanas al explicar el hecho, la indiferencia de los gobiernos amigos - pero no súbditos, como tantas veces se ha dicho- y el silencio casi generalizado en los medios de comunicación. Con criticar "lo más gordo", la intervención en Iraq, por ejemplo, ya vale. Pues bien, sostengo que el asesinato de Filiberto Ojeda es, por la mentalidad que demuestra, porque ni siquiera se produce el "homenaje que el vicio realiza a la virtud" (es decir, el reconocimiento de que es un procedimiento indefendible), por lo que supone de la probable utilización de procedimientos expeditivos similares de los que no nos enteramos, porque llueve sobre mojado (Guantánamo, ambigüedad en la utilización de la tortura, subcontrata de la tortura en otros países...), por proceder de la primera potencia de la Tierra, por la mencionada escasa respuesta, un hecho de una enorme gravedad. No descuidemos la guardia. Hay que defender los derechos humanos en Melilla, por supuesto, pero también en Londres o en Puerto Rico.

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