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Derechos
humanos, ¿a la baja?
No
cabe duda que el 11-S (en EE UU) y el 7-J (en Gran Bretaña) han
supuesto algo más que molestar a los pasajeros en los aeropuertos.
A veces, el perjuicio para los derechos se ha producido en conexión
directa con la psicosis antiterrorista (por ejemplo, el brasileño
ajusticiado en el metro de Londres por "llevar una chaqueta sospechosa
y/o hacer movimientos sospechosos"). A veces, sin estricta conexión
con ellos, por ejemplo el asesinato del líder independentista puertorriqueño,
Filiberto Ojeda, por el FBI, dejándole desangrarse.
Todos los países tienen su propia cuota de incumplimientos en este
terreno, ciertamente también nosotros, a pesar de que comparativamente
el 11-M haya sido mejor asumido -creo- que las tragedias a las que antes
me refería. Quiero decir, no ha provocado una histeria xenófoba
generalizada, ni ha significado una propuesta de reducción de garantías
procesales o de endurecimiento de los i métodos policiales. No
obstante, corremos el riesgo -en general, los países occidentales-
de relajar la defensa de derechos fundamentales. Por supuesto ha habido
críticas pero, a mi juicio, insuficientes hacia las dos muertes
que comentaba al principio.Y, desde luego, casi ninguna crítica
procedente de responsables gubernamentales y demasiado pocas procedentes
de la sociedad civil, y, éstas, con poco eco mediático.
Pero, puestos a distinguir, aún me parece más grave lo que
implica la muerte del líder independentista puertorriqueño.
Me explico. En el caso del joven brasileño en el metro de Londres,
tras las torpes excusas de Scotland Yard se abrió paso la idea
de que tales hechos eran un error lamentable y había que intentar
que no volviera a suceder. Se vio claro - parece- la gravedad de la generalización
de tales procedimientos. Se actuó mal y se reconoce. Pues bien,
nada de esto sucede con el otro tema. Ni hubo, ni hay propósito
de enmienda, sino la máxima desfachatez en el FBI y las autoridades
norteamericanas al explicar el hecho, la indiferencia de los gobiernos
amigos - pero no súbditos, como tantas veces se ha dicho- y el
silencio casi generalizado en los medios de comunicación. Con criticar
"lo más gordo", la intervención en Iraq, por ejemplo,
ya vale. Pues bien, sostengo que el asesinato de Filiberto Ojeda es, por
la mentalidad que demuestra, porque ni siquiera se produce el "homenaje
que el vicio realiza a la virtud" (es decir, el reconocimiento de
que es un procedimiento indefendible), por lo que supone de la probable
utilización de procedimientos expeditivos similares de los que
no nos enteramos, porque llueve sobre mojado (Guantánamo, ambigüedad
en la utilización de la tortura, subcontrata de la tortura en otros
países...), por proceder de la primera potencia de la Tierra, por
la mencionada escasa respuesta, un hecho de una enorme gravedad. No descuidemos
la guardia. Hay que defender los derechos humanos en Melilla, por supuesto,
pero también en Londres o en Puerto Rico.
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