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Alemania
como síntoma
Que
Alemania es, junto con Francia, esencial para el futuro de la Unión
Europea es una obviedad. Por lo tanto, sea cual sea el nuevo gobierno
alemán, sería positivo que abordase con fuerza las reformas
necesarias para tirar del conjunto de Europa y modernizar el modelo
social manteniendo lo esencial del mismo.
Pues bien, las conversaciones para formar gobierno arrojan hasta ahora
un resultado preocupante: la única expectativa razonable parece
ser un gobierno de gran coalición con probable canciller democristiano,
Angela Merkel u otro. Es decir, un gobierno para recortar al máximo
el Estado M bienestar con los socialdemócratas de coartada.
Y, sin embargo, estas elecciones las ha ganado la izquierda. En votos
y en escaños. A la espera de los resultados de Dresde (dos escaños
en juego), la ventaja de la CDU/CSU sobre los socialdemócratas
es de tres escaños. También es cierto que la suma de CDU/CSU
con los liberales es mayor que la suma de socialdemócratas y verdes.
Sin embargo, la irrupción del Partido de la Izquierda (54 escaños),
suma de los ex comunistas del PIDS y los escindidos socialdemócratas
de Oskar Lafontaine, hace que, al menos teóricamente, haya una
mayoría de izquierdas en el Bundestag. Pero nada resulta más
improbable. La enemistad entre Shröder y Lafontaine es antigua y
profunda y daría para analizar los principales hitos. La salida
de Lafontaine del SPD ha sido vivida tamb én como una traición
por la mayoría de los socialdemócratas. Lafontaine era uno
de los líderes más apreciados dentro del partido, ganador
en varios congresos del partido (frente a Rudolf Sharping, por ejemplo)
y formó tándem con Schröder después de¡
triunfo electoral del 98 que puso fin a 16 años de gobierno democristiano.
Pero el tándem no funcionó. Lafontaine no aguantó
ser número dos de un primer ministro que, a su juicio, escoraba
las reformas demasiado a la derecha ni su cargo, quizás, le permitió
jugar a condicionar esa política y constituir un posible recambio
desde dentro. En cualquier caso, la situación tiene algo de patético.
El Partido de la Izquierda ni siquiera ha sido objeto de posibles conversaciones,
juzgándosele un partido antisistema, y, casi, totalitario. Pues
bien, a mi juicio no es fácil que el malestar que expresa el éxito
de este partido se difumine fácilmente. Si, a pesar de la gran
campaña de Schröder, el resultado final es una derrota
dulce y el canciller no es él, poco a poco se impondrá
la idea de poner en valor esa mayoría de izquierdas en votos y
escaños. Si, al mismo tiempo el éxito del Pártido
de la Izquierda se mantiene y los resultados siguen muy por encima del
5% necesario para tener representación, serán necesarios
acuerdos, aunque sean de mínimos, con ese partido para alcanzar
la mayoría. Esto, al menos, sería lo racional.
El problema es que esta situación (mayoría de izquierdas,
pero rentabilización de los resultados por la derecha como consecuencia
de la desunión de la izquierda) no es privativa de Alemania.
Si cogemos la situación en Francia, el síntoma fue la eliminación
de Lionel Jospin en 2002 como consecuencia de la división del voto
de la izquierda. ¿Será capaz el PSF de salir unido del Congreso
de Mans en noviembre de este año? ¿Habrá candidato
apoyado por toda la izquierda -y por tanto con posibilidad de ganar- en
la segunda vuelta de las presidenciales de 2007? Estas son las incógnitas
que la izquierda francesa debe despejar.
Pero, mientras tanto, Europa sigue en el impasse. Ni perspectivas
financieras a la vista ni, mucho menos aún, algún impulso
constitucional. En mi opinión está claro que el gobierno
de Rodríguez Zapatero debe afrontar alguna iniciativa en estas
cuestiones que permita al menos una cierta esperanza de que no todo esté
parado por la falta de empuje del eje franco-alemán.
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