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¿Se derrumbará la ampliación? La ampliación corre riesgo tras el apoyo de los Estados candidatos a Estados Unidos frente a las tesis de la mayor parte de los Estados miembros y la posición común adoptada en enero. Tres de ellos -Polonia, República Checa y Hungría- se sumaban a la Banda de los Ocho firmando la carta del día 30 junto a cinco Estados miembros, entre ellos España. A ellos se les unía el grupo Winius 10 -Eslovaquia, Lituania, Letonia, Estonia, Bulgaria, Rumania, Eslovenia, Albania, Croacia y Macedonia- que en otra carta manifestaban su apoyo a una intervención armada y su disposición a participar en una coalición junto a EE UU. De ellos, siete son candidatos a ingresar en la Unión, cinco ingresarán en mayo de 2004. De los tres restantes, Croacia acaba de solicitar su ingreso. Las adhesiones de los candidatos europeos a EE UU han molestado especialmente a la vieja Europa, como muestra el veto de Francia, Alemania y Bélgica a que participaran en el Consejo Europeo de 17 de febrero, pese a la invitación inicial de la Presidencia griega. Al contrario de las anteriores Cumbres, se han tenido que conformar con ser recibidos al día siguiente por la Troika y ser invitados a firmar las conclusiones del Consejo Europeo de la víspera. Estos acontecimientos llevan a pensar que la división de Europa entre europeos y atlantístas y la adscripción de los candidatos al segundo grupo puede tener serias repercusiones en el proceso de ampliación ahora a punto de culminar. En la rueda de prensa posterior a la Cumbre, el presidente Chirac dirigía un rapapolvo a los candidatos, a los que calificaba de irresponsables por no tener consideración hacia las decisiones de la UE. la respuesta del primer ministro rumano no se hacía esperar, replicando a Chirac que exigir lealtad a los candidatos es "como pedir a la amante más fidelidad que a la esposa", haciendo referencia a los cinco Estados miembros atlantistas que habían promovido la primera carta. La pregunta del millón de euros es si es compatible la ampliación con el atiantismo radical de los candidatos, esto es, si la Unión Europea puede arriesgarse a abrir la puerta a un caballo de Troya que haga que la Unión, que trata de redactar en estos días su Declaración de Independencia, se arrodille ante EE UU. ¿Podemos incluir en nuestro club a miembros que puedan desmontarlo y arruinar lo conseguido en 50 años de esfuerzos? Se ha visto en la advertencia de Chirac un recuerdo velado a la capacidad de veto que aún tienen los Estados miembros en la ratificación de los Tratados de adhesión. Derecho de veto que, forzoso es recordar, ya ejerciera por la misma razón otro presidente francés ‑De Gaulle‑ contra el ingreso del Reino Unido en la Comunidad Europea en 1963. El 17 de enero, en una entrevista a Líbération, el eurodiputado Daniel Cohn Bendit recordaba que la obligación moral de Europa occidental de tender la mano a sus hermanos del Este ya podía considerarse cumplida y que no tenía nada que ver con la decisión libre de éstos de no someterse a las obligaciones que supone su condición de Estado miembro de la Unión. No puede exigirse, decía, solidaridad a los alemanes o belgas y que paguen de sus impuestos la ampliación y que éstos no correspondan con su solidaridad en el respeto de las decisiones de la Unión. Por todo ello, hay que exigir ‑el actual Tratado de la Unión Europea exige en su artículo 11 ‑ fidelidad y lealtad tanto a la amante ‑los candidatos‑ como a la esposa ‑los miembros‑. La pertenencia a una organización política como la Unión no sólo supone derechos y beneficios sino también obligaciones, que parece que a veces se olvidan. *Catedrático de Reíaciones internacionales,
Cátedra Jean Monnet, |