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Anson
salvado por la campana
La
Comunidad Autónoma de Cantabria ha regalado al Príncipe
de Asturías por su boda una campana de tamaño catedrabcio.
Nada de campanilla para llamar al servicio desde la mesa del comedor.
El presidente cántabro se ha estirado enviando un auténtico
campanazo de fundición, en la mejor tradición de las ferrerías
de antaño. Pues parece que uno de esos toques de campana, un gong
que se dice en el argot de¡ boxeo, como muy bien sabe Eduardo Arroyo,
habría salvado de la aniquilación al diario La Razón
fundado por el príncipe de los periodistas, el incombustible
Luis María Anson.
En una de sus columnas amparadas por el título genérico
de "Canela fina" Anson da cuenta de la persecución encarnizada
a la que fue sometido por el Partido Popular y su Gobierno, empeñados
en el cierre de ese nuevo diario que nacía para dar expresión
a un poderoso venero de la opinión pública. El mismo que
venía siguiendo con devoción al ABC auténtico,
que ahora se habría desvirtuado tras su absorción por el
grupo Vocento. Aquel ABC del que decía el inolvidable Francisco
Cerecedo que venía tan rico en abeceína.
Así que Anson, del que algún desorientado hubiera podido
pensar que competía codo a codo con El mundo de Jota Pedro para
mejor parecer al Gobierno; Anson, que escribía las zalemas más
diestras a José María Aznar, a Ana Botella, a Juan Villalonga,
a su esposa Adriana, a Gustavo Cisneros, a José Manuel Lara o a
quien pudiera ser susceptible de prestar contribuciones útiles
a sus propósitos editoriales; Anson, que mejoraba la definición
trazada por Ramón Pérez de Ayala de su coetáneo el
inspector de alcantarillas Ernesto Jiménez Caballero, cuyo afán
consistía en instalarse en el ciego del hombre poderoso para halagarle
el recto con caricias inéditas; Anson ha estado padeciendo persecución
por la justicia y se considera un bienaventurado con la victoria electoral
del Partido Socialista.
Celebremos todos que, en el último momento, le haya salvado la
campana de las urnas y que se haya evitado así la consumación
de una amenaza que hubiera mermado gravemente el pluralismo de la opinión
pública y la libertad de expresión. Celebremos que puedan
seguir adelante secciones tan leídas como las caras de la noticia,
verdadero sistema de extorsión manejado al alimón con el
ubicuo Rafanson, al que tantos y tan destacados personajes de la vida
española se someten de manera tan gustosa. Celebremos que tenga
nuevas oportunidades el portadista especializado en plasmar insidias de
encargo.
Celebremos que las páginas del colega puedan mostrar un gozo indescriptible
por la supuesta denegación del apoyo americano al repliegue de
las tropas españolas en Iraq. Celebremos la maestría en
lanzar la insidia y reprobarla al mismo tiempo como si hubiera aparecido
en la abominada competencia. Celebremos las ingles celestes, la palabra
albriciada, el fruto sano que se zocatea enseguida si no se le separa
a tiempo del que está cedizo y lamentemos la situación de
aquellos a los que nos se les embravece el bálano ni ante las mismas
huríes de[ profeta, por decirlo en los términos que merecieron
su elección como académico de número de la Lengua.
Que Anson se vea libre de las asechanzas que ha padecido es un gran alivio
para todos.
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