Nº 599 - 19 de abril de 2004
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El honor del Ejército

Las sociedades han avanzado sobre el principio de la división del trabajo. Aquellos tiempos de la Reconquista referidos en el Poema del Mío Cid en que con una mano se sostenía el arado y con la otra la espada han dado paso a la especialización. Otra cosa es que, en esta edad de hierro en la que aún estamos, la plena ciudadanía haya estado ligada a la plena capacitación para el uso de las armas, sin la cual quedaban establecidas dos categorías incomunicables de señores y siervos. Por eso la institución del servicio militar obligatorio derivado de la revolución francesa, aquella de libertad, igualdad, fraternidad. Enseguida conviene advertir de que siendo los depositarios de las armas que la sociedad les confía para su defensa, los militares no están constreñidos por la fuerza y quedan sometidos por el empeño de su palabra, es decir, que el honor es la llave de su sometimiento al poder constitucional. Así que en este terreno debe andarse con cuidado fuera de bromas. Porque si cualquier otro estamento de la Administración se insubordina cabe recurrir a la policía y si ésta también desobedece queda el Ejército, pero frente a las Fuerzas Armadas sólo queda la apelación al honor comprometido.

Luego, en aras de efectismos electorales, durante un viaje en el AVE de Jotapedro y Ánsar mirando de reojo quedar bien con Convergencia i Unió cuyos votos para la investidura de 1996 eran muy necesarios, sobrevino la abolición del servicio militar y se proclamaron las virtudes de la profesional ización de las Fuerzas Armadas sin ejercicio alguno de reflexión sobre plazos y conveniencias. Ahora nos desayunamos con realidades insatisfactorias a propósito del contingente establecido de 120.000 efectivos que en la práctica ha quedado por debajo de los 80.000.

Cuando las Fuerzas Armadas han dejado de formar parte de la "arnenaza nacional" -recordemos al general Franquísimo lanzando aquella maldición de "todo quedará atado y bien atado bajo la guardia fiel de nuestro Ejército", con la que pretendía secuestrar el libre ejercicio de la soberanía del pueblo español-, cuando se han convertido en un instrumento al servicio del país y de su política exterior, cuando están cumpliendo de manera ejemplar misiones internacionales en América, en África y en Europa, cuando se han ganado el reconocimiento de la opinión pública y se han reconciliado con la sociedad a la que sirven, sucede que las cifras de reclutamiento están por debajo del 35% de las necesidades previstas.

Y así llegamos a la presencia de nuestras tropas en Iraq en las bases de Diwaniya y Nayaf, enviadas unilateralmente por el Gobierno Aznar, sin aval parlamentario ni consenso con las fuerzas políticas, para labores de sostenimiento de la estabilidad y la reconstrucción del país conforme a un compromiso inicial que expira el 30 de junio. Cuando esta decisión se adoptó el entonces líder de la oposición, José Luis Rodríguez Zapatero, advirtió de su propósito de retirar ese contingente a menos que las Naciones Unidas tomara el control de la situación en Iraq. Un propósito anunciado en el Pleno del Congreso de los Diputados y convertido en promesa del programa electoral, cuando nada sabíamos de la que Al Qaeda estaba preparando en Atocha, para los últimos comicios.

Entonces aparecen los defensores del vínculo como Serafín Fanjul, preboste de FAES, y otros que no citaré para decir que nuestros soldados volverían de Iraq en el deshonor y se impone deshacer esta falacia. Allí han cumplido su misión y han tenido nuestro respaldo y cuando vuelvan, si han de volver, lo harán en cumplimiento de órdenes legítimas que en absoluto suponen deshonra. Continuará.

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