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El
honor del Ejército
Las
sociedades han avanzado sobre el principio de la división del trabajo.
Aquellos tiempos de la Reconquista referidos en el Poema del Mío
Cid en que con una mano se sostenía el arado y con la otra la espada
han dado paso a la especialización. Otra cosa es que, en esta edad
de hierro en la que aún estamos, la plena ciudadanía haya
estado ligada a la plena capacitación para el uso de las armas,
sin la cual quedaban establecidas dos categorías incomunicables
de señores y siervos. Por eso la institución del servicio
militar obligatorio derivado de la revolución francesa, aquella
de libertad, igualdad, fraternidad. Enseguida conviene advertir de que
siendo los depositarios de las armas que la sociedad les confía
para su defensa, los militares no están constreñidos por
la fuerza y quedan sometidos por el empeño de su palabra, es decir,
que el honor es la llave de su sometimiento al poder constitucional. Así
que en este terreno debe andarse con cuidado fuera de bromas. Porque si
cualquier otro estamento de la Administración se insubordina cabe
recurrir a la policía y si ésta también desobedece
queda el Ejército, pero frente a las Fuerzas Armadas sólo
queda la apelación al honor comprometido.
Luego, en aras de efectismos electorales, durante un viaje en el AVE de
Jotapedro y Ánsar mirando de reojo quedar bien con Convergencia
i Unió cuyos votos para la investidura de 1996 eran muy necesarios,
sobrevino la abolición del servicio militar y se proclamaron las
virtudes de la profesional ización de las Fuerzas Armadas sin ejercicio
alguno de reflexión sobre plazos y conveniencias. Ahora nos desayunamos
con realidades insatisfactorias a propósito del contingente establecido
de 120.000 efectivos que en la práctica ha quedado por debajo de
los 80.000.
Cuando las Fuerzas Armadas han dejado de formar parte de la "arnenaza
nacional" -recordemos al general Franquísimo lanzando aquella
maldición de "todo quedará atado y bien atado bajo
la guardia fiel de nuestro Ejército", con la que pretendía
secuestrar el libre ejercicio de la soberanía del pueblo español-,
cuando se han convertido en un instrumento al servicio del país
y de su política exterior, cuando están cumpliendo de manera
ejemplar misiones internacionales en América, en África
y en Europa, cuando se han ganado el reconocimiento de la opinión
pública y se han reconciliado con la sociedad a la que sirven,
sucede que las cifras de reclutamiento están por debajo del 35%
de las necesidades previstas.
Y así llegamos a la presencia de nuestras tropas en Iraq en las
bases de Diwaniya y Nayaf, enviadas unilateralmente por el Gobierno Aznar,
sin aval parlamentario ni consenso con las fuerzas políticas, para
labores de sostenimiento de la estabilidad y la reconstrucción
del país conforme a un compromiso inicial que expira el 30 de junio.
Cuando esta decisión se adoptó el entonces líder
de la oposición, José Luis Rodríguez Zapatero, advirtió
de su propósito de retirar ese contingente a menos que las Naciones
Unidas tomara el control de la situación en Iraq. Un propósito
anunciado en el Pleno del Congreso de los Diputados y convertido en promesa
del programa electoral, cuando nada sabíamos de la que Al Qaeda
estaba preparando en Atocha, para los últimos comicios.
Entonces aparecen los defensores del vínculo como Serafín
Fanjul, preboste de FAES, y otros que no citaré para decir que
nuestros soldados volverían de Iraq en el deshonor y se impone
deshacer esta falacia. Allí han cumplido su misión y han
tenido nuestro respaldo y cuando vuelvan, si han de volver, lo harán
en cumplimiento de órdenes legítimas que en absoluto suponen
deshonra. Continuará.
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