Nº 584 - 5 de enero de 2004
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Por qué nos mintieron

Impresiona la lectura en el New Yorker correspondiente al 8 de diciembre del informe de John Cassidy titulado "The David Kelly AffaiC donde da cuenta de cómo la oficina del premier en Downing Street, con Alastair Campbell al frente, fue trabajando las sucesivas versiones del dossier que había de presentar Tony Blair ante la Cámara de los Comunes hasta lograr que adquiriera la graduación tóxica, el nivel de pregnancia, el atractivo suficiente, para impactar en la opinión pública y hacer indiscutible la necesidad de que el Reino Unido entrara inmediatamente en la guerra que los americanos ya habían decidido abrir contra el Iraq de Sadam Hussein.

Son 22 páginas donde puede seguirse a cámara lenta el esfuerzo por hacer que los servicios de Inteligencia digan o den a entender lo que los servicios de Inteligencia no habían dicho ni habían dado a entender, por transmutar las palabras para que en lugar de meras hipótesis basadas en una sola fuente sobre la que los servicios tomaban distancia el lector deduzca que se encuentra ante hechos incontrovertibles, que representaban amenazas inmediatas de la máxima gravedad. Las ¡das y vueltas del citado dossier, las modificaciones léxicas que fueron añadiéndose y el creciente interés porque constara como un hecho cierto el invento de muy dudosa procedencia de que Sadam Hussein tenía la capacidad de desplegar en 45 minutos armas químicas y biológicas letales amenazantes para los países de la región y para todos los demás.

La segunda parte del informe mencionado de John Cassidy permite repasar cómo trabajan los periodistas británicos, por ejemplo, de la BBC, pero no sólo de la BBC, sino también de diversos diarios londinenses. Cómo, incluso meses después de concluidas las operaciones bélicas sobre el terreno en las que habían participado más de 40.000 efectivos militares del Reino Unido, algunos periodistas seguían investigando para averiguar la forma en que se tomaron decisiones tan graves que comprometieron al país. Qué contraste con lo sucedido aquí, donde por cierto Aznar contó las mismas milongas de los 45 minutos pero además las contó de tercera mano, poniendo los ojos en blanco o cerrándolos para reclamar a la audiencia de Ernesto Sáenz de Buruaga aquello de "créanme que les digo la verdad". Otra cosa es que después nadie ha comparecido para pedir excusas por el engaño con el que fuimos a la guerra de Iraq y bajo el que aún siguen aún nuestras tropas.

Pero lo más envidiable del informe de Cassidy es la referencia destacada al modo en que los responsables editoriales de la BBC aguantaban los embates de ese aventajado doctor Spin, Alastair Campbell, empeñado en las tareas de amedrantamiento que entre nosotros han cumplido Miguel Ángel Rodríguez y sus estimados sucesores al cargo de la manipulación gubernamental. Aguantaban y al mismo tiempo respaldaban el proceder de los redactores que habían cumplido de manera impecable sus deberes informativos. Mentir en Londres era una necesidad para apabullar a la opinión pública. Aquí también lo era. Tony Blaír tiene ahora una factura pendiente a cuenta de sus mentiras, pero aquí las mentiras de Aznar siguen siendo gratis y Mariano Rajoy, el candidato del dedazo, subraya que carece de sentido debatir sobre lo que ya pasó, cuando por ejemplo se decidió en las Azores ir a la guerra con Mambrú, o llevar el Prestige al hundimiento. Autoamnistía se llama la figura.

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