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| Nº 550 - 7 de abril de 2003 |
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Apuntarse
a un bombardeo
Apuntarse
a un bombardeo es una expresión que da cuenta del estado limite
en que algunos pueden llegar a encontrarse y define con toda exactitud
hasta dónde ha llegado el presidente del Gobierno José María
Aznar. Es doloroso escucharle en sus intervenciones parlamentarias empeñado
como está en arrogarse el monopolio de la razón y en dejar
a todos los demás portavoces en las tinieblas exteriores de la
irresponsabilidad y el radicalismo sin sentido. Así volvió
a hacerlo el miércoles 2 en la sesión de control al Gobierno
en cada una de sus respuestas al socialista José Luis Rodríguez
Zapatero y al peneuvista Iñaki Anasagasti. Nuestro Aznar se ha
apuntado a un bombardeo y sólo tiene insolencia y descalificaciones
para quienes se resisten a acompañarle. Se muestra incapaz de advertir que en el juego de la política es fundamental que los demás pidan cartas para que se celebre la partida. Se ha quedado con toda la baraja y sigue entregándose complacido a la práctica del solitario sin rehusar cuando llega el caso a hacerse trampas a sí mismo. Este comportamiento obsesivo pone en riesgo el principal de los logros adquirídos en 25 años de democracia compartida, abre la sima de la incomprensión, del disenso desesperanzado. Cuánta razón tenía un banquero ejemplar cuando interrogado en estos días sobre las consecuencias políticas para nosotros de la guerra de Iraq advertía del grave riesgo de abrir la quiebra social del país, de romper la base de la cohesión cívica, valor clave para continuar el progreso, mucho más decisivo que cualquier ensoñación de Bush y sus fundamentalistas. Por eso, qué diferencia del Aznar de ahora mismo con el mejor Adolfo Suárez, aquel que se andaba empeñado en la pedagogía de la moderación. Qué fácil lo tuvo a corto plazo cuando Felipe González pretendió que el PSOE renunciara a su definición marxista y fue dejado en minoría por el Congreso del Partido de 1979. Hubiera podido entonces alentar a los radicales de Francisco Bustelo para que tomaran el control. Cuánto más difícil hubiera sido que los maximalistas le disputaran el poder. En esas condiciones, el horizonte de la permanencia de la UCD en el Gobierno se habría prolongado con el resultado nefasto de eliminar la imprescindible alternativa y dañar el propio sistema. Aquel presidente Suárez que terminó en la abominación para ser después entronizado en los altares supo entonces echar por delante los intereses generales. Cerró filas en el apoyo a su antagonista González que en poco tiempo pudo disputarle la silla y ganársela. Los socialistas vieron que acampar dentro del sistema era bueno y no quedaron extramuros como en la Restauración de 1876 que al series vedada quedó aquejada de invalidez. Pero volvamos
a la tribuna de Prensa del Congreso, donde siguen tomando asiento de modo
indebido los asesores del presidente y de los ministros coartando con
su presencia a los periodistas en ejercicio. Aznar insistía en
situar a Zapatero fuera de toda órbita y después de haber
tildado de lo peor durante meses a Francia y Alemania hacía una
pirueta y presentaba la contribución de esos países como
más importante y numerosa que la enviada por España a Iraq.
Sí es así, señor Aznar, explíquenos cuanto
antes por qué es España la que figura alineada con la guerra
mientras Chirac y Schröder son reconocidos como contribuyentes al
bando de la paz. Y además, ¿no hubiera sido mejor alegrarse
de que Anasagasti invocara el amparo de la Constitución en su pregunta
en vez de regodearse en excluirle de ella? |