Nº 527 - 21 de octubre de 2002

Fuera de Colón

La plaza de Colón es el mejor compendio de todos los desastres urbanísticos de la villa de Madrid. Allí se perpetraron las torres gemelas en su lamentable versión casera rematadas después con unas cofias de factura vergonzosa, luego se consumó el derribo del palacio de Medinaceli para servir de solar a las penosas edificaciones de Rumasa de infeliz memoria y antes se había procedido a la eliminación de los jareños y de la antigua Fábrica de la Moneda para montar un concurso y adjudicar a Ramón Tamames y otros connotados urbanistas el proyecto de una plaza desgraciada, la llamada del descubrimiento donde se ha plantado el mástil de la polémica, con un centro cultural del Ayuntamiento de trazo espeso y activación imposible pero útil como tapadera del negocio de aparcamiento subterráneo, que es a lo que íbamos. En esa plaza deforme de cuyo eje central se desplazó al almirante de la Mar Océana todo resulta desairado más aún con la ayuda de las dos fuentes semielípticas carentes de gracia alguna.

Por todo eso y muchas cosas más, la tribuna Real bajo la cual pasa el desfile militar, que ahora parece adosado a la celebración del 12 de octubre como Fiesta Nacional, debe abandonar ese infortunado emplazamiento desde ahora mismo, sea lo que fuere de la reforma urbanística que alientan para el Salón del Prado y Recoletos Álvaro Siza y Manuel Hernández de León. Recupérese el emplazamiento anterior en la confluencia de las calles de Lista y Marqués del Riscal o vuélvase mejor a la plaza de la Lealtad delante del obelisco. Pero además deben cuidarse otros detalles adicionales. Arquitectos tiene el Pátrimonio Nacional para diseñar otras tribunas al Rey y a su Real Familia, al Gobierno y a los representantes de las altas instituciones del Estado con estilo adecuado sin esos cortinones arrebujados que todo lo quieren tapar.

En cuanto a la megafonía dispuesta para el acto digamos que es manifiestamente mejorable y además que está de sobra el penoso speaker con el que se obsequia a los asistentes. Primero, porque un desfile se explica por sí mismo a quienes lo están presenciando como invitados más aun si se les ha provisto del adecuado programa. Segundo, porque quienes desearan escuchar una narración más o menos encendida pueden llevarse de casa los correspondientes radio transistores, eso sí con auriculares para evitar molestias colaterales a los espectadores adyacentes. Tercero, porque los fervorines y ripios lanzados por el micrófono desmerecen los honores militares rendidos a la bandera y a nuestros muertos, que se acompasan mucho mejor con los toques de corneta, las marchas, las voces de mando y los movimientos al unísono de las unidades en formación de orden cerrado.

Ahora habría que entrar en un análisis del lujoso folleto de 40 páginas preparado por la Subdirección general de Relaciones Sociales y Comunicación del Ministerio de Defensa sobre el "Desfile aéreo y terrestre". La declaración institucional que lo abre parece la suma de disculpas y redundancias impropias sin ese mínimo de tersura literaria exigible. Es increíble que las fotos a todo color carezcan del pie explicativo que indique de qué unidad, vehículo, carro, cañón, sistema de armas, helicóptero o aeronave se trata en cada caso. En cuanto a los epígrafes dedicados a las unidades aéreas y terrestres, son casi siempre una mera sucesión de fechas en las que se fundaron o cambiaron de emplazamiento o de nombre y sólo en ocasiones se da cuenta de los efectivos de que se componen. Es decir, inútiles así como las banderitas que aparecían en los asientos. Mejoremos el desfile aunque para ello deba recuperarse al inolvidable Lluis Reverter.

Hemeroteca
Esta semana
Lista Tribuna