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Sin
palabras
El
comienzo del período de sesiones del Congreso de los Diputados
ha traído novedades tecnológicas en cada uno de los escaños
y en las paredes del hemiciclo. En los pupitres de los electos se han
empotrado o ordenadores dores personales, de manera que los diputados
en adelante estarán en red, con acceso a la intranet del Congreso
y a otras facilidades de correo electrónico limitadas a las direcciones
electrónicas que cada uno tiene facilitadas por el Parlamento.
Además, a cada uno de los lados del frontal que hace de diámetro
del hemiciclo se han situado dos pantallas murales de plasma que recogen
la señal de, la televisión institucional.
Las novedades tecnológicas para la puesta al más alto nivel
de la sociedad de la información han sido presentadas por el presidente
Manuel Marín en esos términos siempre sospechosos de representar
un adelanto nunca visto hasta ahora en instituciones análogas.
Enseguida, han aparecido en los pasillos los cínicos de siempre
para declararse unamunianos y apuntarse al lema de "que inventen
ellos", convencidos de que los excesivos adelantos siempre se pagan.
Dicen los últimos viajeros llegados del palacio de la Carrera de
San Jerónimo que el presidente de la Cámara pretendía
con estas facilidades favorecer la presencia de los diputados en el salón
de Plenos pero el resultado es que quienes ocupan el asiento andan afanados
en tareas ajenas y no están en lo que allí se celebra. Además,
la multiplicación de los teléfonos, que antes estaban reservados
únicamente a los portavoces, ha traído como efecto colateral
una perturbación acústica adicional que dificulta aún
más la inteligibilidad de cuan~ to se dice por quienes ocupan sucesivamente
la tribuna de oradores, habida cuenta del ruido ambiente que suman las
conversaciones
sostenidas en los escaños de la vecindad con toda suerte de interlocutores.
Volvamos a las pantallas gigantes instaladas en los laterales del hemiciclo
para subrayar la interferencia visual que producen. Los diputados se desorientan
por el magnetismo que crean las imágenes virtuales. Unas imágenes
que, cualquiera que sea su decidida pretensión de neutralidad,
terminan por ofrecer una versión condicionada. Los realizadores
se atienen a una estricta economía de medios. Alternan el plano
corto, que ofrece el busto del orador en la tribuna, con el plano medio,
que incluye además la imagen del presidente de la Cámara,
pero de vez en cuando añaden otros encuadres con los supuestos
recipiendaríos de las diatribas de los oradores o incluyen gestos
o actitudes que adquieren así, al ser seleccionados sin previo
aviso y ofrecidos en las pantallas, una relevancia con la que no contaban
quienes de saberlo se las habrían ahorrado. La llamada señal
institucional termina en consecuencia desempeñando el papel de
una cámara indiscreta y acabará originando reclamaciones
de los afectados. Porque aunque el audio sólo recoja las palabras
pronunciadas por el diputado a quien el presidente concede el uso de la
palabra, hay otro lenguaje "sin palabras", como el de las viñetas
de los dibujantes de humor, que puede ser mucho más contundente.
En resumen, debería eliminarse la emisión de la señal
institucional de las pantallas del hemiciclo, en las que tendría
todo el sentido ofrecer gráficos que ayuden a la comprensión,
por ejemplo, cuando se presenten los Presupuestos Generales del Estado.
En adelante, los oradores podrían servirse del sistema de Power
Point y animar así los Plenos. Veremos.
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