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 Nº 1304. 26 de julio de 2019

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Política / Manuel Capilla

Sánchez e Iglesias rompen y acercan el país a nuevas elecciones

Decepción histórica

Consumada la ruptura, quién sabe si Pedro Sánchez y Pablo Iglesias han perdido una oportunidad histórica. Cierto es que queda tiempo hasta el 23 de septiembre, antes de que las Cortes se disuelvan y se convoquen elecciones, pero queda claro que las dos partes parecen más interesadas en cargarse de razones para la ruptura que en llegar a un acuerdo. Moncloa asume que una repetición electoral les favorece y confía, en todo caso, en que la presión mediática y las encuestas terminen rindiendo no sólo a Unidas Podemos, sino también a Ciudadanos y al PP. Mientras, los ‘morados’ se quejan de que Sánchez les ha faltado al respeto  y consideran que a Iglesias se le dan muy bien las campañas electorales.   

Sánchez Iglesias

Sánchez e Iglesias han estado más preocupados de cargarse de razones para la ruptura que de llegar a un acuerdo. / EUROPA PRESS


Los cruces de acusaciones y filtraciones están muy lejos del ambiente de confianza y lealtad que debe regir un gobierno de coalición.   En Moncloa miran las encuestas y no se asustan por ir de nuevo a las urnas, pero muchos socialistas se tientan la ropa.


“Una negociación que no termina de madrugada no es una negociación”. Quienes han conocido duras negociaciones, ya sea en la Unión Europea, o entre patronal, sindicatos y Gobierno, por ejemplo, explican que a los acuerdos se llega, normalmente, después de conversaciones maratonianas que terminan tras noches sin dormir. No ha sido el caso de las negociaciones entre el PSOE y Unidas Podemos, que se han quedado en unos pocos y breves encuentros entre Sánchez e Iglesias y unos contactos fugaces que se iniciaron el pasado fin de semana y que terminaron el miércoles, cuando Moncloa filtraba el documento inicial que les había remitido Unidas Podemos y daba el pistoletazo de salida para la “batalla por el relato”, como se llama ahora.

Una batalla por el relato que ha durado hasta el mismo debate del jueves, cuando Sánchez le sacaba el capote a Iglesias con una intervención muy dura y el líder de Podemos, en lugar de embestir, sorprendía con una oferta de ultimísima hora: habría acuerdo si el Gobierno cedía las políticas activas de empleo. Según explicó Iglesias desde la tribuna, la idea se la había transmitido una figura de referencia del PSOE -¿José Luis Rodríguez Zapatero?-. Pocos visos de fructificar tenía esa propuesta, más allá de ser otro intento de colocar a Sánchez en la intransigencia, en la misma medida que lo había intentado el presidente en su turno. 

Quedan dos meses todavía hasta el 23 de septiembre, hay tiempo. Pero estas últimas semanas han dejado heridas profundas que va a costar curar. Lo resumía en un tuit Alberto Garzón, probablemente quien ha trabajado hasta el último segundo y con más ahínco por cerrar un acuerdo: “Es decepcionante y frustrante. Pero no es una opción tirar la toalla: las heridas tienen que cicatrizar y debemos poner toda la energía en llegar a un acuerdo progresista. De lo contrario aquellas palabras de Estanislao Figueras resonarán en nuestra cabeza de forma imperdonable”. ¿Qué palabras? Las que pronunció el que fuera presidente de la I República antes de presentar su dimisión: “Estoy hasta los cojones de todos nosotros”.

Alberto GarzónAlberto Garzón ha sido uno de los que más ha trabajado por llegar a un entendimiento hasta el último momento. / EP

Garzón llegó a solicitar a la presidenta de la Cámara, Meritxell Batet, un receso antes de la votación, en un último intento de encauzar la situación. Sin embargo, tras escuchar a Adriana Lastra, los de IU también se rendían. La portavoz socialista acusaba a Iglesias de mentir  -“Lo que usted decía de cara al público no se correspondía con lo que le decía al presidente”- y desacreditaba la última propuesta de Iglesias acusándole de querer “dirigir el Ministerio de Trabajo sin saber usted cuáles son sus competencias”, porque “quiere usted conducir un coche sin saber dónde está el volante. En eso se resume todo, señor Iglesias”.

En Moncloa miran las encuestas y no se asustan por ir de nuevo a las urnas. Los sondeos de las últimas semanas coinciden en colocarles por encima del 30% de intención de voto, al menos dos puntos por encima de lo que lograron el 28 de abril. En el Madrid mediático empieza a circular que el próximo CIS va a ser especialmente duro con Ciudadanos; sobre esa erosión confían los socialistas en alzarse.

Sin embargo, no falta quien se tienta la ropa en las filas socialistas, porque unas elecciones no dejan de ser una moneda al aire. Y sobre las que vinieren en noviembre aún quedan muchas incógnitas. Por ejemplo: la abstención de un electorado de izquierdas hastiado y que ya no teme tanto al ‘efecto Vox’, una vez comprobado que su alcance es limitado. Otra: la posible alianza PP-Ciudadanos en las circunscripciones más pequeñas, al estilo de Navarra Suma, que podría alterar profundamente la distribución de escaños en el Congreso y, sobre todo, en el Senado. Y tres: el hecho de que las encuestas que maneja Moncloa se han hecho antes de que descarrilase la investidura. Según un sondeo elaborado por Metroscopia para el grupo Henneo, difundido el pasado miércoles, el PSOE sería el principal culpable de que no se forme gobierno. Así opina el 31% de los encuestados, frente al 20% que opina que es Ciudadanos y el 17% que considera que los responsables son Unidas Podemos.

Del lado de Unidas Podemos, las negociaciones han abierto algunas grietas. En el núcleo duro de IU hay cierto descontento por cómo ha llevado las negociaciones la cúpula de Podemos y por su negativa a la última oferta del Gobierno, que incluía una vicepresidencia de carácter social y tres ministerios: Vivienda y Economía Social, Igualdad y Sanidad y Consumo. De hecho, habrían sido los líderes de IU y los de los Comuns los que habrían terminado de decantar la balanza hacia la abstención en la votación, porque había quienes se inclinaban por el ‘no’. 
Va a tener difícil Iglesias explicar por qué ha rechazado esta oferta. Cierto es, como se quejan en Unidas Podemos, que Vivienda y Sanidad tienen la mayor parte de sus competencias transferidas a las comunidades y que Igualdad tampoco está entre los ministerios más potentes ni entre los más dotados presupuestariamente. Pero no va a encontrar aliados a la hora de sostener que Sánchez les ha faltado al respeto, como sostenía desde la tribuna. El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, lo definía como “una buena oferta”, y le instaba a aceptarla. El de Compromís, Joan Baldoví, explicaba a preguntas de los periodistas que si esa oferta le hubiera llegado a él la habría estudiado “seriamente”. 

BaldovíJoan Baldoví, de Compromís, ha asegurado que de haber recibido la última oferta que ha recibido Unidas Podemos la habría estudiado “seriamente”. / EP

En Unidas Podemos confían mucho en la capacidad de Pablo Iglesias para reflotar las expectativas electorales de los morados, en que gana cuando puede llegar a la opinión pública sin intervención mediática. Y se remiten a los debates electorales de la última campaña, con los que Iglesias consiguió invertir la tendencia a la baja en los sondeos. Pero no todos se han olvidado que la última vez que Podemos e IU no apoyaron la investidura de Sánchez, en 2016, perdieron un millón de votos cuando las urnas se volvieron a abrir.  

De momento, el primer asalto de la investidura se ha saldado con un nuevo fracaso para la izquierda y con unos cruces de acusaciones y de filtraciones que están muy lejos del ambiente de confianza y lealtad que debe regir un gobierno de coalición, pero habrá que ver cómo termina el pulso que están manteniendo Sánchez e Iglesias. La tarde del jueves El País adelantaba que Felipe VI no va a dar un respiro a los líderes políticos y que les va a convocar a una nueva ronda de consultas. A juzgar por lo que se conoce de las últimas ofertas y contraofertas, el acuerdo ha estado muy cerca. Y parece mentira que el nuevo gobierno pueda terminar descarrilando por algo como tener o no tener las competencias en políticas activas de empleo. Pero nunca hay que menospreciar la capacidad de autodestrucción de las izquierdas.