Opinión Carles Campuzano Tiempos de hoy

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 Nº 1299. 21 de junio de 2019

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Opinión José Luis Centella

Tribuna / Carles Campuzano

Elección directa de los alcaldes

Congreso de los diputadosEuropa Press

El sistema a doble vuelta tiene la virtud de que refuerza la legitimidad democrática de los alcaldes por la vía de la necesidad de alcanzar grandes mayorías para acceder a la alcaldía

De nuevo los pactos para elegir las alcaldías se han resuelto con imágenes insólitas y sorprendentes que han dejado perpleja a la opinión pública. Enemigos acérrimos durante la campaña, que se habían negado el pan y la sal sin compasión, cierran acuerdos que sus electores nunca habrían imaginado. Candidatos que ganan las elecciones con rotundidad en votos son desalojados del poder por coaliciones estrambóticas que sólo comparten la aspiración de expulsar de la alcaldía al ganador en las urnas. Y todo ello, además, sin que un color político en especial protagonice dichas escenas. Los ejemplos abarcan todo el espectro electoral. Tampoco es novedad, claro. Ha ocurrido en otras convocatorias electorales municipales. Quizás ahora es más notorio en la medida en que las mayorías absolutas escasean y la fragmentación de la representación partidista ha aumentado, circunstancias todos ellas que facilitan esta dinámica.

El problema de todo ello no está en el hecho de que duros adversarios electorales puedan acordar entre ellos la elección de un alcalde. Faltaría más. Las líneas rojas para el pacto en democracia deben de ser pocas y bien justificadas. Ni tampoco el problema está en que a menudo se trata de pactos entre ‘perdedores’. No olvidemos que el régimen electoral consagra un sistema que determina que para alcanzar la alcaldía en primera vuelta se necesita el apoyo de la mayoría absoluta de los concejales del consistorio. Ganar las elecciones no es garantía para conseguir la alcaldía, sino que debe hacer falta tener una mayoría en el plenario, al menos en esa primera votación. Tampoco se trata de denunciar los pactos de despacho. Todos los pactos en democracia son en despachos, o en restaurantes, o en domicilios particulares. El pacto exige confianza, tranquilidad y un clima favorable al diálogo. Y un teórico pacto en la plaza o en la calle, (con todo el ruido que conllevaría) tampoco va a ser a más democrático, sino quizás todo lo contrario. Y el problema tampoco está en el que los pactos rompan los rígidos e inamovibles bloques ideológicos que en estos tiempos ordenan nuestras trincheras políticas. Por ejemplo, en Catalunya es tan nocivo para la democracia construir mayorías “republicanas e independentistas”, con un único y principal argumento, confrontadas a los denominados “partidos del 155”, en referencia a los grupos que apoyaron la intervención de las instituciones catalanas y el cese de su gobierno en aquel otoño del 2017, como mayorías “constitucionalistas” que sólo se basan en impedir que alcaldes independentistas lleguen al poder.

El principal problema reside en la opacidad del sistema y la incapacidad de los electores de saber cómo su voto  va a ser utilizado por el partido al que vota y qué candidato será finalmente  va a hacer alcalde. El votante va a ciegas y los partidos extienden, durante la campaña, un velo para no terminar de aclarar su  política de pactos. El elector puede terminar sintiéndose frustrado o engañado.

En nuestro entorno europeo, los sistemas electorales han permitido por la vía de la votación directa de los alcaldes introducir mayor legitimidad y transparencia en el sistema de elección. Se trata de sistemas electorales a dos vueltas, con la elección directa del alcalde en primera vuelta si supera el 50% de los votos, y, en el caso que ningún candidato alcance esa mayoría, con una segunda vuelta en la que sólo concurren aquellos candidato que hayan superado un determinado porcentaje de votos en la primera ronda o los dos candidatos que en primer vuelta hayan obtenido más apoyos. Se trata de un sistema que tiene la virtud de que refuerza la legitimidad democrática de los alcaldes por la vía de la necesidad de alcanzar grandes mayorías para acceder a la alcaldía, da transparencia a los acuerdos entre candidaturas durante la segunda vuelta y evita que nadie puede argumentar que su alcaldía ha sido 'robada' por un pacto de perdedores o perpetrado al margen de los electores.

Ésta es un reforma pendiente que, junto el alargamiento de los mandatos municipales, la reducción racional del número de municipios, el impulso a las áreas metropolitanas y el reforzamiento de la financiación municipal constituyen tareas pendientes para una mejor democracia local y una política de proximidad más eficaz y para los ciudadanos.

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Colaboradores

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José García
Abad

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Miguel Ángel
Aguilar
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Inmaculada
Sánchez
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Cristina
Narbona

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Belén
Hoyo

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Idoia
Villanueva

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Sergio
del Campo

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Carles
Campuzano

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Cristina
Antoñanzas
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Elena
Blasco
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Miguel Ángel
Paniagua

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Bruno
Estrada

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José Antonio
Pérez Tapias

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José Luis
Centella

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Joan
Navarro
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José M. Benítez
de Lugo
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Carlos
Berzosa

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Graciano
Palomo

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Julio Rodríguez
López

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Mauro
Armiño

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Pere
Navarro

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Julius
G. Castle

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Carmen
Calvo
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Joan
Tardà

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Ignacio
Aguado

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Julio Rodríguez
Fernández
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Pablo
Bustinduy

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Jesús
Lizcano

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Sergi
Miquel

 

 

Firma

Licenciado en Derecho, trabajó entre 1986 y 1992 en el Departament de la Presidencia de la Generalitat de Catalunya. Ha sido secretario general (1989-1994) y presidente (1994-1996) de la Joventut Nacionalista de Catalunya, concejal del Ayuntamiento de Vilanova i la Geltrú (1987-1991), diputado en el Parlament de Catalunya (1992-1995) y diputado en el Congreso desde 1996 hasta 2019, además de miembro del Consell Nacional de Convergència Democrática de Catalunya hasta que se refundó en el Partit Demòcrata Europeu Català (PdeCat).

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