Entrevista / Alvaro Nadal Tiempos de hoy

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 Nº 1294. 17 de mayo de 2019

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Entrevista / Virginia Miranda

Álvaro Nadal, exministro y autor de ‘Lo que no son cuentas son cuentos’

“Nadie ha hablado en las elecciones de competitividad”

Antes de retomar la vida ‘civil’ como jefe de la Oficina Económica y Comercial española en Reino Unido, Álvaro Nadal presenta este miércoles ‘Lo que no son cuentas son cuentos’ (Deusto). Dice que el suyo no es un libro de memorias ni de Gobierno. Se trata de hecho de una deconstrucción de la economía española para facilitar su comprensión desde una férrea defensa de las aptitudes del país para situarse en el pelotón de cabeza de los que más crecen. Pero ha sido jefe de la Oficina Económica de Moncloa y ministro, y eso se nota. En su texto y en esta entrevista, donde explica el porqué de algunas de las reformas del Ejecutivo del que formó parte y la importancia de sentirse respaldado por el aparato político aunque lleven aparejadas un elevado coste. A él le pasó con Mariano Rajoy, que lo acompañará en unos días en el acto de presentación.

Fotos:ÁLEX PUYOL

“Eludimos consciente o inconscientemente, en la política pero también en los medios de comunicación, la idea de que necesitamos mantener un progreso y avanzar”

 

“Gestionar el periodo de tensión entre la crítica política y el resultado económico es complejo. Y es una de las cosas más difíciles que tiene que hacer un presidente del Gobierno”

Fueron famosas las palabras de Jordi Sevilla diciéndole a José Luis Rodríguez Zapatero que le enseñaba economía en dos tardes, aunque luego explicaría que se refería a un debate presupuestario. ¿Cuánto tardó usted en enseñar economía a Rajoy? ¿La vocación didáctica de su libro la practicó con el expresidente?
Él fue introduciéndose en los temas económicos desde el comienzo de su etapa de oposición. En 2008 me llaman para preguntarme si me quiero encargar de la secretaría de Economía del PP con la idea también de reforzar la asesoría del presidente, que se intensifica a medida que se ve claro que España va a entrar en una crisis además durísima. El presidente es una persona tremendamente despierta, escucha mucho, estudia mucho y busca siempre muchos pareceres entre gente que él considera que le puede aportar antes de tomar una decisión.

Otra vocación del libro es identificar los logros y los desafíos económicos de España. ¿El país supo resolver el desafío que se le planteó con la crisis financiera que usted mismo vivió o quedó algún fleco por resolver?
En España compramos más de lo que vendemos y la diferencia la cubrimos con deuda. Cuando esa deuda es muy grande, tenemos una crisis. De competitividad y financiera. Por tanto ni fue sólo financiera ni fue tan nueva. Lo nuevo fue su intensidad y los instrumentos para actuar en política económica, porque antes se recurría a la devaluación de la peseta. ¿Fue problemático? En términos metafóricos teníamos simultáneamente un infarto y un cáncer. Y el cáncer estaba provocando el infarto. En la parte financiera se trataba de evitar morir de infarto. Y eso se hizo con el ajuste de los bancos, con la necesidad de dar sostenibilidad a la deuda pública y con ajustes presupuestarios muy fuertes en 2011 y 2012. Al mismo tiempo había que actuar con reformas estructurales de mucho calado porque nos habíamos vuelto un país caro al que le costaba vender. El elemento fundamental que describe el pensamiento económico que aparece tras el libro es que un país es rico si tiene bienes y servicios que el resto del mundo quiere comprar. España es un país rico, pero no tanto como los países más avanzados de Europa. Una parte también importante de este libro es qué tenemos que hacer. No hablo tanto de las crisis y los ciclos, que también, como de la tendencia para que generacionalmente, en el futuro igual que hicimos en el pasado, la economía española permita que los ciudadanos vivamos cada vez mejor respecto a otros países que viven mejor que nosotros.

¿Puede España situarse en el pelotón de cabeza de los países más avanzados sin que aumente la brecha social y salarial en el país?
Cuanto más te acerques a los niveles de vida de los países más avanzados, menos brecha social y salarial habrá. Con ellos y entre nosotros. Eludimos consciente o inconscientemente, en la política pero también en los medios de comunicación, la idea de que necesitamos mantener un progreso y avanzar. En Asia es de esto de lo que están continuamente hablando. En los países del norte de Europa lo tienen implícitamente asumido. Los demás también corren, ¿cómo hacer para correr más? Lo hemos hecho bien muchas veces. Cuando la competitividad se ha convertido en elemento central no sólo de la política económica sino también de la discusión social y mediática, hemos tenido momentos de gran éxito en convergencia. Pero la palabra competitividad no ha existido en las pasadas elecciones generales. Nadie ha hablado de cómo ir avanzando en mercados, de cómo favorecer la exportación, de cómo mejorar el capital humano y la educación en nuestro país. Se ha hablado de cómo repartimos la caja del Estado, con más gasto o con menos impuestos. Pero es mucho más importante que esa caja sea más grande. Y sólo puede ser más grande si la economía es más grande. Lo hicimos en los años 50 siendo un país pobre y hoy en día estamos entre los más ricos del mundo. Entonces prácticamente lo único que vendíamos eran cítricos y algo de minería. Hoy tenemos muchos sectores líderes en el mundo en sus nichos de mercado.

Entiendo que defiende que España ha mejorado su competitividad con políticas liberales. ¿Y las socialdemócratas? Antes mencionaba como ejemplo el norte de Europa, donde la socialdemocracia ha dirigido la política económica durante muchos años.
Qué es ser liberal y qué es ser socialdemócrata da para tres libros más. Entiendo que gustan en el mundo mediático, pero en el mundo del pensamiento las etiquetas a veces son corsés demasiado estrictos para definir algo. De los mejores planteamientos, no de teoría económica sino política económica, es el liberalismo renano, el ordoliberalismo de la Escuela de Friburgo. Su pensamiento tiene tres elementos importantes. Primero, cuidado con la inflación. Alemania se arruinó con la inflación y eso inspira cómo funciona hoy en día el Banco Central Europeo. Segundo, el mercado tiene que funcionar. El sector público no puede ser pasivo asumiendo que todo lo privado es  bueno. Todo lo privado es bueno si tiene competencia. Y si no tiene competencia debe regularlo de forma adecuada  o forzar a que haya más competencia. Y tercero, la política social tiene que dejar al individuo desarrollarse en  la mejor posibilidad. Es decir, la igualdad tiene que ser una igualdad de oportunidades. Ahí es donde creo que se diferencia de la socialdemocracia. A  nivel teórico, la socialdemocracia busca la igualdad per se, frente al ordoliberalismo renano que habla de igualdad para que todos, en las mismas condiciones, puedan llegar tan lejos como su esfuerzo y su talento les permita. Las diferencias son sutiles. Por eso ha habido relativa facilidad en la Unión Europea para crear políticas e instituciones entre el centro derecha inspirado por Alemania, una de las partes de eje, y una socialdemocracia que también ha gobernado en muchos países. El nivel de impuestos que quiere un socialdemócrata es mayor que el que quiere un ordoliberal. Lo que no quiere decir que el ordoliberalismo no mantenga un gran conflicto con el tea party, que es la liquidación del Estado del Bienestar.

“El PP siempre ha sido un partido que ha sumado a todo aquél que estaba a la derecha del PSOE y ahora ha faltado amplitud de miras en personas y en sensibilidades”

¿Luis Garicano o Daniel Lacalle? ¿Con cuál de estos dos economistas liberales se queda?
Con Álvaro Nadal.

Creía que me iba a decir que con Alberto Nadal…
Con  mi hermano he tenido el sparring intelectual más duro que existe. Los dos somos economistas del Estado, contamos con una experiencia dilatada en labores de Gobierno y tenemos muy cercano el pensamiento a base de hablar mucho, discutir mucho y pulir mucho las ideas. Vuelvo al tema sobre qué es el liberalismo. En economía, lo que llamamos teorías o modelos son simplificaciones de una realidad compleja y hay que entender que el mero hecho de simplificar implica necesariamente que vas a cometer algún error. Pensar que estás en posesión de la verdad y el resto de los planteamientos son incorrectos es profundamente antiliberal. En este sentido creo que falta liberalismo político y de pensamiento en la política española. Cada vez que se hace una propuesta en política económica debería hablarse con suficiente honestidad y decir a qué se renuncia. Si se quieren subir las pensiones y alguien dice que eso genera problemas es porque piensa que a lo que se renuncia con la subida es más costoso que el beneficio de hacerla.

¿Existe entonces un problema de comunicación en el PP con las pensiones? Porque los pensionistas son un sector de la población con peso electoral muy movilizado que ya le torció el brazo al Gobierno de Rajoy en sus últimos Presupuestos, primero en la negociación con Ciudadanos y después con el PNV.
Para mejorar las pensiones tienes dos opciones. O que lo que vaya creciendo la economía también se utilice para que crezcan las pensiones, que es lo que nosotros hemos dicho siempre, o si queremos que aumenten por encima de lo que producimos los que trabajamos, que ganemos menos con unos impuestos que financien esas pensiones. Esto es aritmética, no es ideología. En esa tensión de intereses entre los que trabajan y los pensionistas creo que hay que actuar con justicia y eficiencia. ¿Pensamos que nuestra población mayor tiene un gran problema de pobreza respecto al resto? ¿Pensamos que tienen unas rentas fuertes, son los dueños del patrimonio y financiero porque han ahorrado toda su vida, y los problemas de bienestar aparecen en otras capas de la sociedad? A lo mejor hay determinados grupos de pensionistas que sí necesitan un impulso, pero creo que el debate no lo estamos planteando con estos niveles de racionalidad.

¿La mochila austríaca sería una solución? Porque se ha planteado en casi todos los partidos.
Pero no para el problema de las pensiones. Existe una tendencia a aumentar la seguridad según avanza la vida laboral. La pregunta es cuánta garantía tenemos que ofrecer frente a los que acaban de entrar en la empresa. Porque, a menos que aumentemos sustancialmente lo que producimos, no podemos mejorar los dos a la vez. ¿Qué intentamos nosotros en la reforma laboral? Que haya un poco más de equilibrio. Es la teoría de los insiders y los outsiders. Que en una negociación entre empresa y trabajadores también se tenga en cuenta a los empleados que llevan menos tiempo en la plantilla y son temporales y a los que ni siquiera lo son porque están parados. Es verdad que hay que premiar la experiencia y la antigüedad, pero hasta el punto de que sea el único criterio por el que se toman decisiones cuando una situación empresarial se vuelve complicada creo que es malo para el país y para el resto de trabajadores. Puestos a buscar flexibilidad, ¿que la tenga sólo una parte o que haya un poco más entre todos? Con la mochila austríaca te van pagando el coste del despido según trabajas, y si la empresa tiene que ajustar plantilla no toma la decisión en función del coste del despido del trabajador, sino en función de sus características.

Porque hay una mayoría de insiders, dice, es por lo que ha tenido un elevado coste electoral la reforma laboral.
No tanto. Una cosa que dijo Olivier Blanchard cuando yo estudié con él sobre la reforma de 1994 y que se ha cumplido a rajatabla en la actual es que cuando los insiders son minoría, es decir, cuando los outsiders parados y trabajadores en precario son mayoría, en España se han podido hacer las reformas laborales. Profundas ha habido dos. La de 1994 y la de 2012. Una con Gobierno socialista y otra con Gobierno popular. Cuando los insiders vuelven a ser mayoría hay un coste político elevado para hacerlas. Con lo cual es difícil que se pueda hacer una reforma laboral para equivaler las situaciones entre trabajadores. Ya veremos qué ocurre con la actual. También es verdad que la de 1994 no se derogó por ninguno de los gobiernos que hubo después, ni del PP ni del PSOE.

Pedro Sánchez dice ahora que no la va a derogar, que quiere un nuevo Estatuto de los Trabajadores para, entre otras cosas, contemplar el impacto tecnológico en la economía y el mercado laboral. ¿Qué opina de ello?
Está  bien, pero le corresponde al Gobierno hacer las propuestas. ¿Que ahora tenemos que hacer cambios ante la digitalización? Eso es evidente. Ya veremos lo que se hace y lo que no. Ya me gustaría a mí que, con todas las discusiones políticas, fuésemos construyendo de manera continua sobre los elementos correctos de gobiernos anteriores. El problema de la mala política económica no es tanto por el planteamiento de sus responsables sino por el respaldo político que han tenido a la hora de querer llevarlo a cabo. Más que valoración de equipos, porque he conocido a gente extraordinaria en gobiernos socialistas con altísima preparación técnica, creo que el éxito diferenciado que hemos tenido los gobiernos en España es cuánto de apoyo ha recibido el equipo económico por parte del aparato político. Gestionar ese periodo de tensión entre la crítica política y el resultado económico es complejo. Y es una de las cosas más difíciles que tiene que hacer un presidente del Gobierno.

Una política económica sin complejos

¿Está satisfecho con  el apoyo que recibió de Rajoy? Usted estaba en contra de pedir un rescate y él se resistió a hacerlo a pesar de las presiones internas y externas.
Como he dicho al principio de la entrevista, Mariano Rajoy es una persona que escucha mucho. Con su mentalidad pragmática siempre pensó que había que apoyar al equipo económico ante la crisis más dura que hayamos nunca conocido aguantando el desgaste político. Y eso es lo que hizo. Siempre pongo un ejemplo. A veces se habla de si unos tienen más complejos que otros, si unos son más liberales que otros. Hubo una reforma laboral en 2002, en época de Aznar, ni tan profunda, ni tan intensa, ni en tantos ámbitos como la que hubo en 2012. Llegó la huelga general y Juan Carlos Aparicio salió del Gobierno, entró Eduardo Zaplana e hizo una contrarreforma. Mariano Rajoy hace una reforma laboral diseñada por Fátima Bañez muy profunda, dos huelgas generales y ha sido la ministra de Trabajo más longeva de la democracia.

Su libro lo presenta en unos días Rajoy. ¿Van a reivindicar su legado, también en lo económico, después de la rápida y drástica regeneración del PP?
No lo hemos planteado en esos términos. Podría haber sido cualquiera de mis compañeros de Gobierno. Fátima Báñez, Cristóbal Montoro… Pero al primero al que se lo pedí inmediatamente dijo que sí y ha sido el jefe de todos nosotros. No es un libro de memorias, es un libro de economía. Y él le da relieve a esa presentación. Que el expresidente del Gobierno presente mi libro, que no lo hace con cualquiera, a mí me genera una satisfacción personal. Nuestra relación es muy buena. Yo le tengo muchísimo respeto. Como con cualquier jefe hay decisiones que he compartido más y otras menos. Pero con Rajoy siempre he entendido, incluso cuando ha discrepado, por qué lo ha hecho.

Se marcha a Londres como consejero económico y comercial jefe después de 25 años en política económica, 14 como secretario de Economía del PP y tras haber sido el jefe de la Oficina Económica de Moncloa. ¿Se le pasa a veces por la cabeza que podría haber llegado a ser incluso vicepresidente económico si Soraya Sáenz de Santamaría hubiese ganado las primarias del partido?
Desde el punto de vista personal y tras haber llegado al Consejo de Ministros, la ambición política está bastante bien cubierta. Yo siempre he hecho lo mismo, el estudio y análisis de la política económica. Ahora vuelvo a hacerlo en mi profesión. ¿Por qué le dije a Soraya que apoyaba su candidatura? Primero, porque me parecía la mejor. Y segundo, porque como decía no puedes hacer buena política económica si no tienes el respaldo del aparato político para seguir haciendo reformas. Reformas con un coste político, y para eso debes tener un alto grado de confianza con el número uno. Yo tengo una muy buena relación con el presidente, pero también con todo el equipo que formábamos el núcleo de la portavocía cuando Soraya fue portavoz en el Congreso y después en Moncloa. Habiendo hecho ya política económica y sabiendo que tocaban unos años de oposición, lo tenía claro, era más fácil con una persona que confía en ti.

Dice que pensaba que estarían en la oposición pero, ¿cree que el resultado del 28-A habría sido el mismo con Sáenz de Santamaría como candidata del PP sabiendo que ella no habría hecho el viaje
al aznarismo que ha hecho Pablo Casado y del que ahora se está arrepintiendo?

Una de las cosas más difíciles que hay en economía es hacer contrafactuales. Calcular, por ejemplo, lo que se habría recaudado sin una reforma fiscal lo tienes que hacer porque es como se evalúa su impacto, pero evidentemente te lo estás inventando. Hay metodologías, pero estos cálculos no son demasiado sólidos. Y si no lo son en economía, cómo los voy a poder hacer en política. Lo que sí digo, se lo he dicho a mucha gente y creo que no he sido el único, es que el PP siempre ha sido un partido que ha sumado a todo aquél que estaba a la derecha del PSOE. Con muchas sensibilidades y con muchos tipos diferentes de personas. Y ha faltado amplitud de miras en personas y en sensibilidades.