Entrevista / Fernando Jáuregui Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1291. 26  de abril   de 2019

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Entrevista / Luis Eduardo Siles


Fernando Jáuregui, autor de ‘Los abogados que cambiaron España’

“Estamos en una segunda Transición, tan importante como la primera”

Es uno de esos veteranos que vive el periodismo con idéntica pasión que el día en el que terminó la carrera. Fernando Jáuregui (Santander, 69 años) ha publicado además unos 30 libros en colaboración con otros, y doce en solitario. Acaba de llegar a las librerías ‘Los abogados que cambiaron España. 80 años de historia de los letrados y juristas que contribuyeron a la democracia (1939-2019)’, editado por Almuzara, un volumen de 424 páginas en el que Jáuregui subraya que el colectivo de abogados y juristas ha encabezado la marcha hacia la democracia en este país.


“El colectivo de juristas y abogados es el que ha encabezado la marcha hacia la democracia en este país”

“La primera víctima de las guerras es la verdad; y la segunda, el Derecho”


Escribe usted en el libro que “ésta –la de los abogados– es una historia que había que contar”. ¿Por qué motivo esencial?
Porque se ha contado la historia de España de los últimos 80 años, incluyendo hasta ahora mismo, se ha contado desde muchas ópticas, desde muchos prismas, desde muchos puntos de vista, pero no desde el punto de vista del carácter jurídico o no jurídico de todo este proceso. Porque no se le ha concedido el protagonismo a un colectivo, el de los juristas y el de los abogados, que es, en realidad, el que ha encabezado la marcha hacia la democracia en este país. Lenta, complicada, los primeros 40 años fueron terribles en este sentido, pero la lucha de los abogados es muy significativa. Se trata del colectivo que estuvo al frente de la oposición al franquismo, junto al de los periodistas, dicho sea de paso. Y yo consideré que esa historia, la del antifranquismo y la democratización emprendida por los abogados, merecía ser contada. 

Insiste usted en el libro en que “la actual democracia española debe mucho, y ya es hora de estudiarlo desde esta perspectiva, a los abogados”. ¿Hasta qué punto han sido importantes en la política española?
Los abogados, ya en el denominado ‘siglo de oro de la abogacía española’, que abarca entre 1812, cuando se promulga la primera Constitución democrática, hasta 1936, tienen un protagonismo importante. No tan benéfico como el de los abogados posteriores, pero aquellos abogados tuvieron un protagonismo importante, y el callejero de Madrid está lleno de nombres de abogados de la época. Y luego, en los años de la barbarie, que son los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil, de 1939 a 1945, básicamente, los abogados tienen un papel menor, entre otras cosas porque ellos no participan en los procesos. En los procesos militares, a los pobres procesados de la época los defendían militares. Y ¡ay! del militar de turno si se excedía en la defensa de su patrocinado. Es decir, aquellos fueron unos años terribles en los que se fusiló a un número indeterminado de gente. Y otro número indeterminado de personas murió de hambre en las cárceles. De Miguel Hernández, por ejemplo, dijeron que había muerto de tuberculosis. No: Miguel Hernández murió de hambre. Fueron años terribles, repito. La primera víctima de las guerras es la verdad; y la segunda es el Derecho. Y hasta que se restablece el Derecho, que poco a poco se va restableciendo, pasan los años. Pero es verdad que cuando empieza a funcionar a finales de los años 40 la representatividad de los abogados, son los abogados los únicos que tienen elecciones libres en España, empieza una lucha dentro de los Colegios de Abogados, y también en los Congresos anuales de la Abogacía, contra las atrocidades jurídicas de un régimen que fue una iniquidad permanente. Y esa lucha es la que yo pretendo contar en el libro. Por cierto, este mes de abril se cumple el 80 aniversario del final de la Guerra Civil, que es donde arranca mi libro, que se extiende hasta ahora mismo, hasta el próximo Congreso de la Abogacía que se celebrará en mayo. 

Efectivamente, usted señala en el libro que el callejero de Madrid está copado con nombres de abogados ilustres, como Argüelles, Joaquín María López o Bravo Murillo.
Y Martínez de la Rosa. De todos modos, todos los políticos destacados han sido abogados. Y todos los presidentes del Gobierno ya en la democracia han sido abogados, menos Leopoldo Calvo-Sotelo, que ocupó el cargo durante un periodo muy breve, y el actual presidente, Pedro Sánchez, que no es abogado, pero está auxiliado, como lo estuvo Mariano Rajoy y como lo han estado todos los presidentes, por una serie de abogados del Estado, cuerpos de élite jurídicos que han hecho el diseño básico de lo que ha sido la reforma legislativa que nos ha llevado hasta aquí. Llenos de imperfecciones como estamos, pero nos ha llevado hasta aquí. Aunque tenemos que mejorar en la legislación democrática. Por ejemplo, en la legislación electoral o en la reforma de la Constitución. Tenemos mucho que mejorar todavía.

¿Cómo ve la salud democrática actual del país?
Estamos en unos momentos de inestabilidad máxima. No sabemos qué Gobierno vamos a tener. Yo lo digo claramente. Si tenemos un Gobierno llamado de centroderecha pero apoyado por la ultraderecha, las consecuencias van a ser unas, y si tenemos un Gobierno de centroizquierda, que yo creo que sería los más conveniente de acuerdo con las encuestas, las consecuencias serán otras. Pero este país ha involucionado notablemente. Quizás por la cuestión catalana. Tal vez ese asunto haya hecho involucionar socialmente a la gente. Y la libertad de expresión ha sufrido retrocesos indudables. Hay legislaciones, como la llamada ‘ley Mordaza’, que yo creo que es absolutamente inadecuada. En fin, hay cosas sobre las que deberíamos reflexionar un poco si este es el país paraíso de las libertades que nosotros quisimos. Yo creo que España ha perdido bastante crédito internacional en ese sentido por unas razones y por otras. Por ejemplo, judicializar el proceso catalán ha sido una de las barbaridades más grandes que hemos cometido en décadas.

Se refiere usted en el libro a lo que ahora “muchos consideran una Segunda Transición”. ¿Cree que estamos viviendo una Segunda Transición?
Absolutamente. Y tan importante como la primera. Desde que abdicó el rey Juan Carlos, que era un señor al que yo creo que muchos teníamos valorado quizás excesivamente a raíz de lo que luego se ha averiguado, desde que abdicó el rey Juan Carlos en su hijo Felipe VI, decía, es obvio que hemos entrado en una nueva época. Han aparecido partidos políticos nuevos, que son imprescindibles para la gobernabilidad del país, y hay muchas cosas nuevas. El mundo es diferente en estos momentos. Hay cosas con las que no contábamos. Hay una ultraderecha que va a tener mucho que decir lamentablemente en las elecciones europeas. Está Donald Trump, que desgraciadamente también tiene mucho que decir. Y ahí está también Bolsonaro, que está haciendo, entre otras cosas, que haya miles de gays que estén huyendo de Brasil y refugiándose en Portugal. El mundo está cambiando mucho. No estoy seguro que a mejor. Y, mientras tanto, la Unión Europea pierde peso. Con el ‘Brexit’. Pierde fuelle. El mundo es distinto a cómo era hace unos años. Y España, obviamente, también. No sé si cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero evidentemente cualquier tiempo presente es peor. 

Escribe usted: “España es incuestionablemente un país de abogados”
España tiene más abogados que Gran Bretaña. En el libro detallo que había más de 150.000 abogados a finales de 2013, y 144.212 en 2017, lo que se explica por varias razones, entre ellas el acaso ligero retroceso de estudiantes en la Facultad de Derecho. Es evidente que los estudios de Derecho han estado claramente inflacionados. La gente estudiaba Derecho porque era la carrera de moda. No lo sé… Yo estudié Derecho porque mi padre me lo propuso. Y yo no quería darle un disgusto a mi padre. Pero al mismo tiempo estudiaba Periodismo, terminaba Periodismo y comencé a ejercer el periodismo. Nunca pensé en llegar a ser abogado, la verdad. Ahora mismo los abogados españoles se encuentran entre los técnicamente mejor preparados de toda Europa. Aquí se han creado grandes y muy importantes bufetes que han especializado a los abogados en cosas que antes eran impensables, y tenemos una competencia internacional bastante sólida en estos momentos. A mí me gusta el ejercicio libre de la profesión, los abogados que se dedican al ejercicio libre de la profesión, más que los que están recluidos en grandes moles de cemento y cristal, en esos grandes bufetes que engloban a miles de letrados. Que de alguna manera los hacen más anónimos. Pero comprendo que la especialización resulta necesaria y que poco a poco iremos hacia un proceso de concentración de bufetes.

“Judicializar el proceso catalán ha sido una de las barbaridades más grandes que hemos cometido en décadas”

“Este país ha involucionado notablemente”

 

Usted ubica a los abogados “ante un futuro cuando menos desconcertante”. ¿Por qué?
Todos tenemos actualmente un futuro desconcertante. El 60% de los jóvenes que están estudiando ahora, y que salen de las escuelas, de las facultades universitarias, o de los centros de Formación Profesional, van a realizar su labor en puestos de trabajo que todavía no se han inventado. Porque, ¿quién iba a imaginar hace cuatro años que se podría ser piloto de drones y que te iba a ir muy bien con eso? Y lo mismo sucede con el Derecho. El problema es que vivimos todavía con una concepción del Derecho propia de los años 50. Todavía en las facultades de Derecho se está instalado de alguna manera en los años 50. Y eso se tiene que acabar. Porque ahora un abogado que quiera dedicarse a temas económicos, tiene que ser un experto en finanzas de primer orden. Y no digo nada de los temas informáticos, que son fuente de una enorme cantidad de delitos. El abogado, ahora mismo, tiene que ser diferente. Y no lo es. Seguimos anclados a un positivismo jurídico que no es bueno. El Derecho anglosajón es mucho más creativo, mucho menos atado a la Ley y mucho más a la jurisprudencia, por ejemplo.

Victoria Ortega, presidenta del Consejo General de la Abogacía Española, escribe en el Prólogo de su libro: “La Abogacía no sólo es la profesión que mejor conoce la Justicia, sino una de las profesiones que mejor conoce los problemas de las personas”. ¿Está usted de acuerdo?
El abogado es como un sacerdote confesor. Tú, al abogado, le tienes que decir la verdad. Porque si no le dices la verdad, no te sirve de nada. Otra cosa es lo que el inculpado diga después en el juicio. Que tiene el derecho a mentir, en determinado tipo de procesos. Yo creo que ahora mismo más vale que el mundo se rija por los juristas que por los militares, por ejemplo. O por los economistas, que muchas veces son señores que explican muy bien a posteriori por qué se equivocaron en sus predicciones. Al final, una casta, digamos así, de abogados bien preparados y dispuestos a sacrificarse un poco por su patria, como ocurrió en la época de la UCD, con aquella pléyade maravillosa de abogados, desde Landelino Lavilla a Óscar Alzaga, pasando por Miguel Herrero de Miñón, y tantos otros, pues eso hace que progrese un país. Esa pléyade de juristas hizo progresar España. En poco tiempo, Adolfo Suárez y sus muchachos fueron capaces de dar la vuelta a todo como a un calcetín, como bien dice en uno de sus libros José García Abad.

Capilla ardiente de los abogados laboralistas asesinados en su despacho de la calle de Atocha, en Madrid, en una de las imágenes que incluye el libro.

Lágrimas por los asesinatos de Atocha

¿Cómo vivió usted el asesinato de los abogados laboralistas de la calle Atocha
Con muchas lágrimas en los ojos. Yo militaba entonces en el PCE, que era el partido en el que militaban aquellos muertos. Y recuerdo aquel día tristísimo. Un día de cielo gris, en la Plaza de Las Salesas, con la manifestación de dolor por los asesinatos, y yo, insisto, me recuerdo a mí mismo con lágrimas en los ojos. Entre otras cosas porque alguno de los asesinados era compañero mío de colegio. A alguno de nuestros muertos lo conocí bien. A Enrique Ruano, que no es de los de Atocha, pero… A Dolores González la conocí también un poco. Y por supuesto conocí a Sauquillo, a Pablo Benavides, y al propio Alejandro Ruiz Huerta, que es el único que sobrevive hoy en día de todo aquello, fue compañero mío de colegio. Lógicamente se trataba de gente que me era muy próxima. No sólo por mi militancia política, sino también por afinidades. Ser compañero de colegio une mucho. El día de aquellos asesinatos lo recuerdo como una pesadilla.      
     


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